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PENÚLTIMA JORNADA DEL FESTIVAL DE CANNES

Porno emocional a por la Palma de Oro

La libanesa Nadine Kabaki se pasa la mayor parte del metraje de 'Capernaum' ofreciendo explícitas escenas de sufrimiento infantil

EL PERIÓDICO
18/05/2018

 

Desde que se dio a conocer con 'Caramel' (2007), la cineasta libanesa Nadine Labaki ha demostrado estar interesada sobre todo en emocionar al espectador, y en recurrir a métodos tan toscos como sea necesario para lograrlo. En ese sentido 'Capernaum', la película que acaba de presentar a concurso en el festival de Cannes, es un desvío: en ella Labaki apuesta menos por el sentimentalismo -aunque también- que por el miserabilismo.

Alegato contra las condiciones de vida que sufren los niños en los barrios pobres de Beirut, pasa la mayor parte de su metraje ofreciendo escenas cada vez más explícitas de sufrimiento infantil. Vemos a bebés encadenados, a niñas que son dadas en matrimonio a cambio de unas gallinas, a niños que se mueren de hambre y son toqueteados y golpeados y vendidos y revolcados en la mugre. Su inenarrable abuso de la pornografía emocional convierte 'Capernaum', a juicio de este cronista, en una de las peores películas proyectadas en Cannes en los últimos 15 años. Y lo más grave no es que aspire a la Palma de Oro sino que, según se viene rumoreando por la Croisette en las últimas horas, es una de las favoritas para ganarla. Nos hemos vuelto todos locos. 

También el objetivo de 'Ayka', segunda de las aspirantes a premio presentada este viernes, es describirnos con todo lujo de detalles qué mal lo pasan algunos. Mientras retrata a una joven que trata de salir adelante en las calles de Moscú, y que a punto está de morir desangrada o descuartizada por los criminales que le prestaron dinero, la película nos lleva de paseo por clínicas clandestinas, habitaciones oscuras donde se despluman pollos y sótanos donde los inmigrantes ilegales se hacinan. De ningún modo es una película sutil pero gana muchos enteros si se compara con 'Capernaum'. Al menos su director, el ruso Sergei Dvortsevoy, no trata a los espectadores de idiotas ni intenta tocarnos la fibra sensible a martillazos. 

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