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Testimonio de un extremeño desde el país asiático

«Si en China volvemos a la normalidad es porque se siguen las recomendaciones»

Miguel Ángel Naranjo, arquitecto en la ciudad china de Hangzhou e hijo del pintor extremeño Eduardo Naranjo, narra su vivencia frente a la pandemia en el foco de origen: «Hasta la cuarta semana de la cuarentena no se ha podido volver al trabajo»

 

Miguel Ángel Naranjo junto a su pareja en China. - el periódico

RAFAEL MOLINA - MONESTERIO
30/03/2020

«La guerra no ha acabado. Esta situación va a cambiar el mundo. Aún es una incógnita cómo será en unos meses, pero estoy seguro de que unirá a las gentes y hará que todos valoremos cosas más importantes que el dinero». Con esta frase, Miguel Ángel Naranjo Naranjo, arquitecto residente en la ciudad china de Hangzhou e hijo del pintor extremeño Eduardo Naranjo, reflexiona sobre todo lo que le ha tocado vivir en la extrema situación de emergencia que todavía sacude a aquel país asiático, y por la que atraviesa nuestra sociedad. Naranjo trabaja en una empresa china, donde dirige un equipo de diseño de edificios.

Justo ahora, cuando China intenta volver a la normalidad, nos invade un mar de dudas sobre cómo derrotar al coronavirus, cuánto tiempo nos queda de confinamiento, qué otras medidas serán necesarias para superar esta crisis sanitaria, si nuestros dirigentes políticos están actuando correctamente, o, si una vez superada la pandemia, todo volverá a ser como antes.

«Usar la lógica»

Más que consejos, Naranjo sostiene que ante la pandemia «hay que ser lógicos»; es decir, «mejorar los hábitos de higiene y controlar que la gente haga correctamente la cuarentena». «En China, a diferencia que en nuestro país, hay infinitos funcionarios y tecnología anti privacidad, imposibles en España».

Especialmente crítico se muestra Naranjo con quienes «se creen inmortales». «Esos jóvenes a quienes no les interesa nada que tenga que ver con el virus, pero sobre quienes hay que incidir para que no se conviertan en fuente de propagación». «En China se cometieron muchos errores, se ocultó información, hubo problemas…», advierte. Y si progresivamente se está recuperando la normalidad es porque «la población siguió a rajatabla las órdenes gubernamentales». «Aún recuerdo cuando se cerró Wuhan (epicentro de la infección); justo antes de las vacaciones del año nuevo Chino».

El día después de la celebración el gobierno comenzó a dar información y recomendaciones. «Las normas cambiaban a diario, se cometían errores y se intentaban solucionar. Se daban informaciones que se contradecían al día siguiente. Había recomendaciones generales del gobierno, normas de las provincias y las órdenes directas de las alcaldías. Se cerró todo menos los servicios básicos (hospitales, supermercados y farmacias). Se cerró el metro y se decretaron servicios mínimos de autobuses y taxis».

Controles policiales

En China, durante el periodo de cuarentena se instalaron controles policiales en las carreteras y se convirtió a los guardas de las comunidades de vecinos en «punto clave de control». «Se obligó el uso de mascarillas en todos los ámbitos, a controlar la temperatura en el acceso a cualquier recinto. Se dejaba salir a un solo miembro de la familia cada dos días para comprar, se prohibieron las visitas ajenas a otros edificios y se recomendó hacer todas las compras posibles on line».

Las empresas se prepararon para el teletrabajo, «y en caso de sentirse mal, no había que ir al hospital; se llamaba y venía una ambulancia».

Los hospitales se colapsaron de gente que no tenía el virus y solicitaban el test, «sin darse cuenta que corrían el riesgo de contagiarse, estando sanos». «También surgieron bulos sobre remedios tradicionales, medicinas milagrosas…», relata Naranjo.

Geolocalización y QR

Una semana después, recuerda, se incrementaron las medidas para el control de las personas. «Gobierno y compañías llegaron a un acuerdo para traspasar toda la información de geolocalización, y se implantó un código QR a cada ciudadano: rojo, con alto riesgo e imposibilidad de movimientos; amarillo, de riesgo medio; y verde, con el que se daba mayor libertad de movimientos. Paralelamente el gobierno anunció medidas económicas, impidió el despido libre, instó a la negociación de salarios, o a retrasos en las hipotecas y alquileres». Del mismo modo, «se obligó a las empresas a hacer controles sanitarios y de localización de sus empleados, y a organizar medidas de control e higiene para cuando se pudiese abrir».
Hasta la cuarta semana de la cuarentena no se pudo volver al trabajo; aunque con estrictas medidas de seguridad: «Los que volvían de los pueblos tenían que pasar siete días de cuarentena preventiva y catorce, si venían de zonas de riesgo». Además no podían coger el transporte público si no poseían el código QR verde. «Todo fue lento hasta llegar a este momento de casi normalidad».

Él ha vuelto a trabajar a su oficina. Aún así continúan los controles de entrada y salida a través de aplicaciones móviles, le miden la temperatura dos veces al día. Todas las reuniones, por videoconferencia, los empleados con mascarillas y separados un metro unos de otros. Ahora, concluye, «tenemos la amenaza de que el virus vuelva a venir de fuera. Así que los controles de acceso son extremos».
A pesar de todo lo vivido, Naranjo anima a «mantener la calma», y a «actuar correctamente». «Cuanto más en serio nos lo tomemos, antes pasará».

De la pandemia también se extraen cosas positivas: «El espíritu solidario de las personas, su creatividad, el sonido de los pájaros, los cielos limpios…». Y otras tantas bondades que durante estos días llenan de positivismo tanta desventura.