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SUCESOS

"Soy una víctima de la crisis del ladrillo"

Rafael Domínguez, el nonagenario amenazado de desahucio en Sevilla, relata su caída en desgracia

 

Los nonagenarios Rafael Domínguez y Elvira Fiances, en sudomicilio del barrio sevillano de Los Remedios, este lunes. - RAUL CARO CADENAS

JULIA CAMACHO
26/07/2016

Las fotos que se acumulan en las paredes de la casa de Rafael Domínguez y Elvira Fiances hablan de un pasado de esplendor. El matrimonio ante las pirámides de Egipto, por México, en un crucero, luciendo abrigos de pieles… Pero hace ocho años empezó el declive, y ahora se ven abocados a dejar la casa de alquiler que ocupan, desahuciados tras dos años de impagos. “Soy una víctima de la crisis del ladrillo”, atina a decir desde la cama donde permanece postrado. “Puse todo mi dinero alrededor de la construcción y ahora me veo en la calle”, agrega.

Dos días antes de que se cumpla el plazo máximo dado por el juzgado de instrucción, a mediodía de este jueves, la hija del matrimonio apenas ha empezado a embalar todas las pertenencias del matrimonio formado por Domínguez, de 90 años, y su mujer, de 83. “Si no tenemos donde llevarlas...", lamenta ella. Un abogado de oficio trabaja a contrarreloj para que las administraciones den una respuesta 'in extremis' que evite la imagen de un anciano escuálido, que apenas puede incorporarse y con las piernas ennegrecidas, sacado a la calle. “Quisiera ver cómo me van a coger y sacar, con el trasero al aire”. Todavía le queda un poco de energía para bromear, aunque en los últimos 15 días “se ha ido consumiendo y no puede casi hablar”, excusa su mujer apenada. “Ni come ni bebe, ya ni se le entiende lo que habla, y solo dice que se quiere morir” ante el temor a verse en la calle.

Con un hilo de voz, Rafael, malagueño de origen, rememora los buenos tiempos. Presume de haber participado en la construcción del embalse de Escales (entre Huesca y Lleida), aunque su gran orgullo es el diseño del Ramón Sánchez Pizjuan, el estadio de fútbol del Sevilla Futbol Club, “el más adelantado a su época”. En plena burbuja inmobiliaria decidieron meterse en unproyecto de viviendas en el área metropolitana de Sevilla. “Tenía un colegio y un hospital cerca, ideal para las parejas jóvenes” que no podían pagar los elevados precios de la capital hispalense.

Ya estaba todo listo, las casas construidas, e incluso tenía organizado “un punto de venta de periódicos y una peluquería” para hacerlo más atractivo, dice recordando el que hubiera sido su último proyecto, el que les garantizaría la jubilación. Pero ya era el 2008, y a falta solo de escriturar las viviendas el banco le negó el crédito “porque ya tenían orden de no poner un céntimo en la construcción”. “Les dije que eso sería mi ruina, pero les dio igual”, narra antes de ponerse a disparatar contra los bancos y lo que les haría si tuviera fuerzas para ponerse en pie.

Ahí empezó el declive. “Perdimos 648 millones de pesetas (3,8 millones de euros)”, detalla. Para pagar las deudas, cayeron en manos de un prestamista particular, a quien cedieron su vivienda, la de su hija, varios garajes y una vivienda en la playa. Su abogado de oficio, que por un defecto de papeleo les llegó con el desahucio ya fijado, no descarta que haya irregularidades en un contrato “cuanto menos leonino”. Al no poder pagar al usurero, lo perdieron todo.

VENDER EL CUADRO DEL COMEDOR

“Vendimos mis alhajas”, cuenta Elvira, y tiraron con ayuda de amigos. Se metieron en una casa de alquiler en su barrio de toda la vida, el de Los Remedios, pero con parte de la pensión embargada, hace dos años dejaron de pagar el alquiler. La deuda que ahora le reclama el propietario de la vivienda ronda los 12.500 euros, aunque la pareja, ajena a los tiempos que impone el juzgado, todavía hace cábalas con sufragarla “con el cuadro que tenemos en el comedor, que costó más de un millón de pesetas en su época –6.000 euros—y ahora se habrá revalorizado”, dice Rafael desde la cama. Por si acaso, Elvira también muestra “dos gallos de cristal comprados en una joyería, costaron una fortuna y seguro que se pueden vender”. La lista de quincalla con la confían en pagar la deuda y seguir viviendo se alarga: una figura de bronce “de una sola pieza”, un vaso romano, una mesa de cristal de 300 kilos…

Comen gracias a Cáritas, que también les paga la luz. Y aunque tienen informes médicos que apuntan a la necesidad de darles una ayuda de dependencia, al cobrar un salario superior a la renta mínima, tendrían que pagar ellos parte del sueldo de la cuidadora, por lo que lo han descartado. También la opción, ofrecida inicialmente por el Ayuntamiento, de irse a una residencia de ancianos donde recibirían cuidados médicos. “Tengo una amiga y me dice que aquello es un cuartel, comes a una hora, desayunas a otra”, explica Elvira. “Yo prefiero estar en un piso, organizarnos nosotros, salir y entrar con mis amigas a tomar café…”, dice.

Aturdidos por la situación, su esperanza es que les ofrezcan una vivienda social o una ayuda para pagar un alquiler en el que poder meterse con su hija y sus dos nietos, para que sea ella –también en situación precaria— quien se encargue de atenderlos. “Pero es imposible localizar y arreglar los papeles en menos de 24 horas, como nos dicen, y menos en verano”, señala la hija, Yolanda, antes de darse la vuelta y seguir envolviendo figuritas y recuerdos.