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La verdadera huella lunar

Armstrong se alejó 50 metros del ‘Eagle’, Aldrin descendió con los pantalones meados y ambos dejaron basura por doquier en el satélite

CARLES COLS
20/07/2019

 

La conquista de la Luna no forma parte, por razones obvias, de Momentos estelares de la humanidad, esos 14 episodios cruciales de la historia relatados casi de forma presencial y con mucha emoción por Stefan Zweig. Lógico. Murió en 1942. Se tomó una pastilla de cianuro, algo que, por si alguien se lo pregunta, no había a bordo del Apolo 11 por si la misión fracasaba y aquel era un viaje solo de ida. ¿Habría obsequiado Zweig a Neil Armstrong unas líneas tan épicas como las que dedicó a Vasco Núñez de Balboa, «ufano y feliz, disfrutando que sus ojos son los primeros de un europeo en los que se refleja el infinito azul de esas aguas», o sea, el Pacífico al que acaba de arribar?

La llegada a la Luna fue, efectivamente, un momento estelar, a pesar de que, ejem, erraron el tiro en el punto de aterrizaje, dejaron el lugar lleno de basura, Buzz Aldrin descendió del Eagle con los pantalones meados y, por puro despiste, estuvieron a punto de regresar a casa con la rama de olivo bañada en oro que la NASA quería que dejaran en el satélite como símbolo eterno de paz.

Tímida excursión

El primer paseo lunar fue el culmen de un desafío tecnológico de aúpa, que jamás se cuestione eso, pero una vez allí, todo hay que decirlo, como excursión fue muy tímida. Si el Eagle, pongamos por caso y examinemos el gráfico de la derecha, se hubiera posado en mitad de la plaza de Cataluña, que ya no es precisamente por sus dimensiones el Tiananmen catalán, la zona explorada, según el programa de la NASA, no habría ido más allá del área en la que comen las palomas. Armstrong se tomó la libertad de alejarse 50 metros del módulo para asomarse al cráter Little West. Ni siquiera así habría llegado a la calzada de la plaza. Ni por asomo habría entrado en El Corte Inglés.

Aquella escapada fuera de guion hasta el borde del cráter no fue el único ejemplo de que, a pesar de que todo estaba pautado, los astronautas tenían un cierto margen para tomar sus propias decisiones. La primera y más notable fue, claro, el lugar del alunizaje. El túnel que unía el módulo con la nave nodriza en la que se quedó Michael Collins contenía un poco de aire cuando se procedió a la maniobra de desatraque. Aquello, imprevisto, dio un impulso extra al Eagle, que voló un poco más allá de lo calculado inicialmente. Armstrong se dio cuenta de que algo raro sucedía cuando a través de la ventanilla vio el cráter Maskelyne, cuyo evocador nombre no debe inducir a error al lector. Está dedicado a un astrónomo del siglo XVIII, no a aquel mago inglés que engañó a los alemanes en El Alamein con tanques falsos y otros engaños y a la aviación nazi en Suez con espejos estroboscópicos. Lástima.

Épica cómica

El alunizaje, a pesar de ese error de cálculo, fue delicadísimo porque Armstrong era un extraordinario piloto. A partir de aquí, como si esto fuera un libro de la serie juvenil Elige tu propia aventura, la misión del Apolo 11 puede contarse con épica o con el espíritu con el que David Foster Wallace se embarcó en un crucero por el Caribe y que tan crudamente retrató en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Si eligen la opción A, busquen un texto con otra firma. En caso de optar por la B, pasen al siguiente párrafo.

Aquel crucero para dos personas venía, en principio, milimétricamente pautado. Iban a ser dos horas y media de visita a una Luna en cuarto creciente. Se aterrizaría con el Sol a diez grados por encima del horizonte y se despegaría cuando alcanzara los quince grados. Así fue. Ni mucho frío (de noche la temperatura desciende en el satélite hasta los 100 grados negativos), ni mucho bochorno (de día sube a 150). Lo curioso es que la NASA previó que, justo después del alunizaje, los astronautas repusieran fuerzas con un frugal desayuno, echaran una siesta de cuatro horas y, tras un almuerzo completo, salieran de la nave. Qué poco conocía la agencia espacial norteamericana el espíritu impaciente del crucerista. Hechas las obligadas revisiones técnicas y celebrada la misa que Aldrin se trajo de casa, Armstrong pidió permiso para salir ya.

La película de su descenso por la escalerilla y sus primeras palabras forman parte del saber colectivo mundial. Menos se habla de los primeros pasos de Aldrin. Al situarse para salir del módulo se le rompió la bolsa de orina de la pernera del pantalón. Estaba medio llena. Medio vacía, si se prefiere. A su manera le hizo un homenaje a Alan Shepard, el segundo hombre en viajar al espacio tras el soviético Yuri Gagarin, el primero de Estados Unidos, aunque en verdad no pasó de ser un vuelo suborbital. Justo antes de partir a bordo del Mercury 3, pidió permiso para ir al baño, pero se lo denegaron. La bibliografía científica acredita que no solo parecía un San Sebastián asaeteado por electrodos, sino que llevaba incluso un termómetro introducido en el recto. No era el momento, le dijeron. No pudo contenerse y, como Aldrin en 1969, vivió su gran momento bañado en pipí.

Paseo de 1.000 metros

En las dos horas que Armstrong y Aldrin permanecieron en la Luna caminaron unos 1.000 metros, peros siempre alrededor del Eagle. Desde la perspectiva terrestre, que solo se alejaran 50 metros del módulo parece una conquista de la Luna de Madelman, pero hay que tener presente que su diámetro es una cuarta parte del de la Tierra. La línea del horizonte estaba a solo dos kilómetros de donde ellos se encontraban en ese momento. Los lunaplanistas, que seguro que los hay, lo tendrían muy fácil allí para descubrir el error que defienden con tanta vehemencia.

Una vez desembarcados, la pareja de astronautas hizo exactamente lo primero que suele hacer el turista prototípico. Antes incluso de descender al suelo, Armstrong dejó caer una bolsa con basura con toallitas de higiene personal, envoltorios de productos ya consumidos y un breve etcétera que todavía siguen ahí. Es, de hecho, la primera imagen del pase de diapositivas de aquella misión, el Eagle con una bolsa blanca entre sus patas.

Lo segundo que hicieron fue hacerse con un suvenir, es decir, recoger lo que se conocía como una muestra de contingencia, un par de piedras lunares por si un imprevisto, fuera el que fuera, obligaba a despegar antes de tiempo. Las metió en un bolsillo.

Las fotografías para el recuerdo de la breve estancia en la Luna ocuparon sus buenos minutos del viaje. Sobre ellas hay que subrayar un detalle que a menudo pasa inadvertido. Armstrong fue el primero en hollar la Luna, es cierto, pero aparece en muy pocas fotos. Monopolizó la cámara, así que en la práctica totalidad de las imágenes de aquel viaje aparece siempre Aldrin.

Desde el punto de vista científico, aquella expedición no fue muy ambiciosa. Sobre el suelo lunar quedó un reflector de haces láser (que todavía funciona hoy) y un sismómetro (que ni siquiera sobrevivió a la primera noche lunar), con una pequeña batería de plutonio, o sea, más y peor basura. Entonces pareció más importante lo simbólico, la bandera, comprada en unos almacenes Sears próximos a Cabo Cañaveral por cinco dólares y medio.

Momento dónuts

Las dos horas y media de visita a la Luna fueron, según se mire, la versión lunática de aquella comedia de Mel Stuart, Si hoy es martes esto es Bélgica, en la que las prisas pueden propiciar fatales errores. Entre llamada de rigor a Richard Nixon, paseo hasta el cráter, fotos, bandera, recogida de 22 kilos de piedras y polvo, Armstrong y Aldrin a punto estuvieron de olvidarse de uno de los encargos, dejar en nuestro satélite una rama de olivo de oro y un disquito con mensajes de paz grabados por jefes de Estado de la Tierra.

Se acordaron cuando Aldrin ya estaba en lo alto de la escalerilla y Armstrong esperaba abajo. Fue el momento dónuts. Aldrin llevaba la bolsa con esos objetos en un bolsillo. Se la lanzó a Armstrong. No la cazó al vuelo. Cayó junto a sus pies. No podía agacharse a recogerla. No hincaron la rodilla en toda la expedición. La NASA temía que con el peso de las mochilas quedaran como tortugas panza arriba. Las piedras las cogieron con un brazo extensible. No había tiempo. Le dio una patada a la bolsa y así la apartó un poco del Eagle. Tocaba volver.

Con lo que sucedió justo en los instantes antes de despegar, Zweig, aún con lo cenizo que era, se lo habría pasado en grande. Desde el centro de control ametrallaban con preguntas a Armstrong para que describiera exactamente qué veía a través de la ventanilla. Vamos, las clásicas preguntas del cuñado geólogo. A Armstrong no se le engañaba fácilmente. Querían tener toda la información verbal posible por si la misión fracasaba justo en la operación retorno. Malos agüeros.

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