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El absurdo pacense

 

IRENE DOMINGO CASTAÑOIRENE DOMINGO CASTAÑO de BADAJOZ - 11/04/2011

Parece evidente que tener una biblioteca en un centro de formación superior es fundamental. Una universidad sin biblioteca no sería menos extraña que una que no tuviera baños, por ejemplo. Este recurso forma parte de la vida estudiantil no porque leer sea la única manera de aprender, sino porque es una de las más enriquecedoras. Existen estudios que demuestran que uno de los factores del incremento en el rendimiento académico es el acceso a materiales de lectura de calidad. La institución que cuente con una buena biblioteca tendrá alumnos mejor formados, pues tendrá mejores lectores. El caso de los conservatorios no es diferente. Su biblioteca, entre otros recursos, no sólo debe contribuir al aprendizaje específico de las materias impartidas, sino también a la formación integral del alumnado, dentro de la cual es fundamental el favorecer el proceso de autoaprendizaje y autoformación, así como el seguimiento y criterios respecto a la formación y explotación documental.

Pero a los políticos, todo esto parece importarles bien poco. El Conservatorio Superior de Badajoz lleva abierto más de 6 años, un largo periodo en el que la biblioteca no ha llegado a ponerse en funcionamiento, sin que tampoco se haya fijado una fecha para ello. Durante todo este tiempo las sucesivas promociones de estudiantes del centro han reclamado a Diputación la apertura de la biblioteca. Sin embargo, sus peticiones han sido una y otra vez desatendidas. Los innumerables escritos dirigidos a la atención de Inmaculada Bonilla, diputada de cultura, se acumulan, probablemente, en la papelera de su despacho, sin que nadie haya tenido la deferencia siquiera de contestarlos. La situación alcanzó una gravedad aún mayor hace aproximadamente un mes. Durante una reunión concertada entre la Asociación de Alumnos del Conservatorio y Francisco Muñoz, director de cultura y acción ciudadana de la diputación, los representantes de la primera fueron invitados a abandonar el despacho donde se celebraba, sin que sus quejas acerca de la biblioteca fuesen escuchadas. Este es el trato que recibe el ciudadano. Esta es la voluntad de servicio público que exhiben nuestros representantes.

Tampoco parece tener ninguna importancia a ojos de estos políticos el respeto a la ley. Citamos aquí el Real Decreto 389/1992 pág. 14153 en el que se especifican los Requisitos mínimos de los Centros de enseñanzas artísticas: Artículo 15. 1. En los centros profesionales de enseñanza de música serán necesarios, como mínimo, los siguientes requisitos referidos a instalaciones y condiciones materiales: Una superficie de 60 metros cuadrados, como mínimo, destinada a los servicios de biblioteca, videoteca y fonoteca, acorde con las necesidades de las especialidades que imparta el centro.

En la actualidad, el centro incumple claramente esta normativa. Sin embargo, nadie parece dispuesto a solucionarlo.

Lo más cómico de todo, es que la biblioteca ya cuenta con lo más esencial: un espacio, bien amueblado, un montón de libros y aún más, alumnos ansiosos por darles uso. Y, sin embargo, las estanterías permanecen vacías: a falta de unos arcos de seguridad que permitan guardar los libros en la sala y un bibliotecario que la custodie y gestione. Un mero trámite, en fin, que no se ha conseguido solucionar después de tanto tiempo por culpa de la desidia de aquellos que rara vez sufren las consecuencias de su propia ineficacia.

La palabra cultura está emparentada con cultivo. Significa crecer de una determinada manera, hacerse humano, convertirse en una persona libre e independiente, capaz de pensar por sí mismo de forma crítica. Quizás sea ese el problema. Quizás los estudiantes inquietos resulten demasiado perturbadores. Resulta más sencillo retratar a la juventud como una panda de ninis, enganchados a alguna droga, al sofá o al botellón. Por suerte, muchos sabemos que los jóvenes no son sólo eso: también hay gente emprendedora, con ganas de trabajar y de luchar por su formación. Jóvenes capaces de unirse para reivindicar algo tan básico como una biblioteca.