Opinión | La atalaya

El Zócalo (III)

Me parece necio pretender la superioridad de unas culturas sobre otras basándonos en sus obras materiales, especialmente en la arquitectura o, en mayor escala, en el urbanismo. Cada sociedad se organizó según sus necesidades y sus posibilidades. Y escribo sobre esto a propósito de las ciudades fundadas por castellanos, antes, y por españoles, después, en América. Los primeros conquistadores no eran gente técnica ni de mentalidad renacentista. Se habían educado a finales de la Edad Media y, como era de esperar, reprodujeron en el Nuevo Mundo los modelos que les resultaban más conocidos. Y, de modo especial, los de las principales ciudades del mediodía peninsular. Después de unos cuantos siglos los usos urbanísticos de los reinos hispánicos, cuando los había, dejaban mucho que desear. No eran un modelo de orden ni de trazado. Algunas poblaciones se habían vuelto directamente inhabitables. En las nuevas tierras los fundadores, más aventureros que funcionarios, tuvieron una preocupación principal: la defensa. De los autóctonos y, como no viniendo de allí, de sus propios paisanos. Las trazas estaban basadas en un modelo: centro de poder + área de habitación. Juntos, pero no revueltos.

A partir de un cierto momento los primeros fueron sustituidos por los fieles servidores de la Corona. Y los cascos coloniales cambiaron. Allí si se plasmaron esquemas renacentistas. Se hizo aquello que en la Península, quizás en toda Europa, era ya imposible. Unas trazas reticulares, casi perfectas, con una organización del espacio muy funcional. Han resistido, sin alterarse, la presión del tráfico actual. Y eso es mucho decir. Si alguien lo duda que venga a México. La capital tiene unas dimensiones sobrecogedoras. Sus edificios, espléndidos, formaban un conjunto impresionante, muy perceptible, a pesar de las numerosas modificaciones modernas. Y hablo también, de la majestuosa y bellísima Puebla y de la no menos espectacular Oaxaca, peor dotada de grandes obras civiles, pero con una armonía constructiva sorprendente. Déjenme ser un poco necio. Si de algo puede enorgullecerse la tradición cultural hispánica, a pesar deAlexander von Humboldt, poco amigo de los español, es de sus ciudades americanas.