Opinión | cuaderno de viajes

Virginia Beach-Carolina del Norte

Descorrer las cortinas de la habitación y decir buenos días al Atlántico. Calcular que enfrente está, más o menos, Cádiz. Si por un segundo hubiera caído en la tentación de sentir alguna similitud por el azul, la barandilla blanca…, el aire que esperaba fuera, quieto, helado, disfrazado de sol, como un susto de hallowen, cortó, de cuajo, cualquier rememoranza. Un cartel advierte sobre los tiburones. También viven aquí focas, tortugas y lobos marinos. Un sonido rasga en dos la mañana y el cielo que era perfecto. Los F/A-18 Super Hornets y los F-22 Raptor pasan bajos haciendo maniobras. Virginia Beach es la sede de cuatro bases de la armada, la más famosa es la Estación Aérea Naval Oceana, una de las mayores del mundo. Por eso en un recodo han construido una plaza mirando al mar. El monumento cuenta su historia, los números apabullantes de soldados, las medidas de los portaviones, las misiones… las cifras de los caídos esculpidas en el mármol frío como la guerra, y la muerte. El escalofrío hiere casi, recorre la espalda, ante las fotografías de los niños, de las madres. Sabiendo que no son solo historia, pasado, si no que son otras caras, pero las mismas en realidad, de las que ahora mismo viven en Ucrania y Rusia, en Israel y Palestina, Burkina Faso, Somalia, Sudán, en Yemen… Marca menos dos grados. Un segundo para hacer fotos que sé le encantarán a mi amigo Antonio. Me duelen los dedos y apenas veo porque el frío hace lagrimear los ojos. Correr a buscar refugio en el coche para reemprender la ruta que desde la ventanilla se ve preciosa. Embarcaderos, casitas con zancos y pelícanos posados sobre los juncos. Llega el campo, plano, ralo, con una soledad apelmazada. Las mecedoras blancas en el porche mecen un tiempo que congela cualquier esperanza, que parece olvidar que en primavera se cubrirá de la exuberancia de las plantas de tabaco. Solas, aguardan las horas en que se cuentan historias y se suspira, bajo los ventiladores del techo, sorbiendo un dulcísimo té helado, escuchando el ulular de la noche. Las grandes plantaciones se intuyen al fondo, tras un portal suntuoso y una camino cuidado. A un lado de la carretera sale un camino solitario con una casucha al fondo. Una escena de Steinbeck. Sobre el tejado, el cartel se enciende de repente y se lee  ‘Stories’. Irresistible. Aprieto mi cuaderno contra el pecho. Ya imaginando, sonrió. La puerta está llena de picUp y coches. Probar. Sabiendo que forma parte del viaje. Podría ser el escenario de ‘Tomates verdes fritos’. Entra el sheriff, el único afroamericano del local, ademas de la cocinera. Después todos sus gentes, la oficina completa. Las pistolas en el costado, el dedo toca el sombrero para saludar a cada cliente. El comedor está lleno y todos se conocen. Cangrejos, gambas, ostras fritas cocinadas al estilo del sur. Aliño de miel y cayena. Pan de maíz, tarta de nueces pecam, … acompañando de té o Dr Pepper, algo parecido a la zarzaparrilla que tomaba Tom Sawyer. La amabilidad del Sur hace que las camareras sonrían más abiertamente que en Nueva York, como si abrieran del todo la boca, como si fuera de verdad. Vienen cada cinco minutos a preguntar si nos gustó, si todo está bien, si le falta sal o mantequilla al plato, a rellenar una y otra vez los vasos de agua, las tazas de café que necesitamos para espabilar el sueño, a desear buen día, buen regreso. Aun queda mucho, así que les sigo contando la semana próxima.