Opinión | Cuaderno de viajes

New Bern

Pensando en lo poco que en el fondo sé y de lo mucho que hay que estudiar y aprender de la época de la Guerra Civil de los Estados Unidos, llegamos ya al terminar el día a New Bern. Apenas un paseo en coche para mirar desde la ventanilla antes de llegar al hotel y descansar de la carretera y el frío. Casi cualquier sitio vale como refugio, para tomar un té y un baño caliente, dejando el invierno fuera. Madrugamos y aparcamos en el centro de esta ciudad, bonita, que parece vivible, más asequible y práctica que Edenton que casi parecía demasiado perfecta. Un paseo en una mañana con sol de esas de enero en las que las bajas temperaturas engañan para que salgas, disfrazadas de primavera. Así que con la bufanda, el gorro de lana tapando las orejas recorremos calles que parecen de postal. La ferretería tan preciosa que dan ganas de comprar aunque sea unos gramos de clavos. ¿Recuerdan la tienda de ‘La casa de la pradera’?, pues más o menos así, aunque más moderno y comercial, claro. Un buenos días cálido al llegar, mostradores de madera gastada con tarros de vidrios con semillas, paños de cocina, grandes contenedores de zinc con palas de confitería para servirse en saquitos de cartón tornillos y chinchetas de tapicería. Cuesta salir y, cuando lo haces, te llevas el que tenga un feliz día sonriente prendido en la mejilla. El parque de bomberos con su puerta grande de madera roja con clavos negros y su estatua de homenaje a quienes aquí se consideran héroes. La sociedad histórica tiene cortinillas a media altura de encaje y lámparas verdes que llaman al estudio. Mapas colgados en las paredes y libros que suben hasta el techo. En cada esquina postes que soportan  señales que cuentan qué pasó cerca de esa calle, en esa casa, en ese cruce. La sentencia que se dictó en ese tribunal, que luce la advertencia de que debe dejar su arma en casa, que creó un precedente, que donde hay una casa particular antes estuvo la escuela donde estudiaron hombres ilustres, que desde allí salió el primer regimiento de black union soldiers, en 1863, denominado el 35thU.S. Colored Troops. Que allí hubo una farmacia desde 1898, donde se creó la Pepsi-Cola, y donde se puede comprar con el envase que reproduce el original. Al volver a pasar por la puerta de la iglesia donde estaba el coche, vemos a a alguien de uniforme anotando las matrículas. Preguntamos, ante el temor a una multa, si estaba prohibido. Y descubrimos que no, que solo hay un límite de estacionamiento de un par de horas que se calcula a la vieja usanza, apuntando en un cuadernito con lápiz los datos y pasando al cabo del rato. El señor tiene ganas de charla, pregunta de dónde somos y cuenta que él no es originario de allí, sino de Nueva York, pero tuvo que huir bajo la protección de las autoridades en un programa de protección de testigos y lleva allí muchos años, con otra identidad pero tranquilo y feliz. Cada persona, una historia, y en este caso, casi una película. Nos recomienda un lugar para desayunar y nos desea que disfrutemos, sin prisa. En la siguiente calle está ‘Baker’s Kitchen’, desde fuera parece lleno, pero, tras el cristal, alguien que está comiendo, con un gesto nos saluda y nos anima a entrar. El camarero nos señala una mesa libre y después del buenos días, qué día tan bonito hace, ¿verdad?, nos pregunta, llenándonos los vasos de agua, si tenemos mucha hambre. Según él, estamos en el sitio adecuado. Let’ s eat!. Café, que humea y se rellena en cuanto advierten que queda la mitad, y un menú con nombres que hacen sonreír: “el granjero hambriento” o “la mujer del granjero” e ingredientes que son propios del Sur, el pollo, grits (la sémola de grano de maíz servida con mantequilla derretida y un poco de sal)… Toda una experiencia reconfortante. Así que, con el estómago lleno, y entrados en calor, volvemos a la ruta. Hasta la semana que viene.