Opinión | La frontera

Seres humanos

Decía el Comendador Rui Nabeiro que, si quisiéramos, el mundo sería extraordinario

El miércoles 15, a medio día, a mi madre le faltaba el aire. Ella, que es dura como el pedernal, pidió que la llevara al hospital. En medio de un ataque de tos llegamos a admisión de urgencias del Perpetuo Socorro. Éramos los únicos. Sin levantar la vista, ni decir buenos días, el señor de la ventanilla dijo con un tono que pareció entre aburrido y molesto: «tarjeta sanitaria». La ranura en el cristal divisor estaba tapada con un cartón. Ella la había extraviado, pero llevaba un certificado oficial que contenía sus datos. Con las manos temblando intentó explicarlo, sin que le dejaran terminar. Esta vez el tono de voz se elevó: «¡tarjeta sanitaria!». Le contesté que eso es lo que intentaba decir, que no tenía en su poder la tarjeta, pero sí el documento que la sustituía hasta que le fuera enviada una nueva. Hubo un «uf» sonoro, y una respuesta que interrumpió mi frase: «El papel contra el cristal !». El papel se colocó en el cristal. Lo siguiente hubiera provocado una queja por escrito, si mi madre no estuviera doblada sobre sus muchos años y su bastón, con el pitido de sus bronquios resonando en mis oídos. Su tono se elevó aun mas, a mi madre se le cortó la tos del sobresalto. «¡Que sostenga el papel contra el cristal!». 

De ahí pasamos a una consulta para evaluar su gravedad y de ahí a una sala de espera, llena. Había una señora mayor dormida en silla de ruedas, personas que se quejaban de dolor, otra que lloraba entre una pareja que intentaba consolarla… Un cartel recordaba a los usuarios que se encontraban en un hospital y que debían guardar silencio. Nadie se movió de esa sala hasta pasadas las tres de la tarde. No hizo falta reloj. Empezó un bullicio que provenía del final del pasillo. Los pacientes alargaban el cuello para ver qué pasaba. Los gritos, las llamadas de un lado a otro del corredor que conducía a la salida, las bromas, los comentarios sobre los turnos, las horas, los planes y las comidas que habían hecho o iban a hacer, quién recogía a quién, se alternaban con carreras y risas. 

Quienes dormían despertaron sobresaltados, los que sufrían cambiaron de postura, fruncieron el ceño, prostestaron murmurando. Un joven comentó en alto « ellos son los que no saben que están en un hospital». Su madre contestó «qué falta de educación». Mas allá, alguien suspiró, « qué pena, como está de mal la Seguridad Social». 

Al poco la llamaron. Dentro, la tutearon y la llamaron abuela, a ella que llama a todos, sin importar la edad, de usted, y que solo sus nietos deben llamarla así. Se la veía desamparada, tapándose, intentando mantener la dignidad, mientras la desvestían, con la puerta de atrás abierta de par en par. Mi mirada se cruzó con la del médico justo cuando iba a levantarme a cerrarla y él mandó hacerlo. Ahí, cuando en realidad debía empezar todo, el reconocimiento, las pruebas, cuando yo rezaba porque sus pulmones resistieran, fue cuando acabó el mal rato. Todo lo que siguió fue cercano, pero correcto, eficiente, diligente, necesario. Hablaron, modulando su voz de forma que transmitía seguridad y a la vez dulzura, le explicó, se cercioró de que entendía, que no tenía dolor o estaba nerviosa. Cuando le dieron el alta y él repitió para mí el diagnostico, el tratamiento y se despedía, dedicándole una sonrisa para que se fuera tranquila a casa, las dos dijimos gracias. Yo con la mano en el corazón, como si ese gracias no fuera suficiente, como si así pudiera hacerle llegar el reconocimiento por algo más que haber hecho su trabajo, por haberla escuchado, por haberle hablado con respeto y educación, por su empatía, por haber intentando, al menos, ponerse en sus zapatos. 

Decía el Comendador Rui Nabeiro que, si quisiéramos, el mundo sería extraordinario. Allí, en aquella ventanilla, en aquella sala de espera, en aquella consulta que debiera ser un espacio de calma y cuidado en lugar de un territorio hostil, pensé en esa frase que, a algunos pudiera parecer una boutade, una perogrullada, pero que habla con sencillez de la humanidad, de la consciencia, de la voluntad, de hacer y tratar como quisiéramos ser tratados.