Opinión | Disidencias

Selección

Los tres partidos que ha jugado en Badajoz han pasado a la posteridad como el de los langostos, el de Raúl y el de la pandemia

La Selección Española de Fútbol (no sé si ahora debemos añadir lo de masculino, pero no quiero líos, que luego ya se sabe cómo acaban las cosas) vuelve a casa por Navidad, perdón, por septiembre, perdón, por junio, o sea, mañana. Pido tanto perdón porque las tres anteriores veces que la Selección Española de Fútbol (masculino, ya me entienden) ha jugado en Badajoz, concretamente en el Nuevo Vivero (que se inauguró, con gran éxito de crítica y público, un gélido 2 de diciembre de 1998), en septiembre, con la fresca, perdón, con el calor y, ahora, que se adelanta a junio, nos tememos que, de calor, casi lo mismo. Esos tres partidos han pasado a la posteridad como el de los langostos, el de Raúl y el de la pandemia. Hay que insistir: los tres en septiembre. Dicen que por el Día de Extremadura o las «ventanas» de la Uefa, qué sé yo, pero ya es casualidad. 

El 8 de septiembre de 1999, la Selección, que por entonces aún no era la Roja (la Roja siempre fue la Selección de Chile y aquí se trataba de un invento de una televisión privada cuando le dio por apostar por el equipo nacional, perdón por lo de nacional, con la potra de que lo hiciera, precisamente, al inicio de su glorioso devenir futbolístico) goleó ocho a cero a Chipre ante 14.000 espectadores, bajo la batuta de Camacho, que dirigía a jugadores como Cañizares, Toni, Michel Salgado, Aranzábal, Guardiola, César, Hierro, Joseba Etxeberría, Munitis (¡Ay Munitis, qué grandes recuerdos en el Badajoz que casi rozó el ascenso!), Luis Enrique, Mendieta, Urzáiz, Raúl y Julen Guerrero. Sin embargo, la anécdota la protagonizaron los miles, qué digo miles, millones de langostos y otros lepidópteros que, más que un partido de fútbol, terminó convirtiéndose en una lucha por la supervivencia. Nunca estuvo Badajoz más cerca del Apocalipsis que aquella noche donde apenas se le dio importancia a las calvas en el césped que fueron cubiertas con unas hierbas de todo a cien que dejaban tintes verdes en las botas, pantalones y camisetas de los intervinientes. 

El 3 de septiembre de 2006, la Selección goleó cuatro a cero a Liechtenstein ante 13.000 espectadores, bajo la dirección de Luis Aragonés, el sabio, con él que empezó todo, que hizo jugar a Casillas, Ramos, Puyol, Pablo, Pernía, Cesc, Iniesta, Albelda, Oubiña, Alonso, Raúl, Villa, Luis García y Torres. Hay que recordar que la roja (sí, ya estábamos con la cantinela) vistió de blanco mientras que los aficionados lo hicieron de rojo y Ambición Blanquinegra iniciaba su campaña de abonos con unas octavillas (blanquinegras, por supuesto) que decían: «La Selección es el equipo de tu país. El C.D. Badajoz el de tu ciudad. Ahora más que nunca ¡Abónate!». Después, vino la debacle de Irlanda del Norte y el final de Raúl como futbolista seleccionable. 

El 5 de septiembre de 2021 y ante 8.000 espectadores (ahí andábamos con los contagios, la covid, las mascarillas y los aforos; y Rubiales, por cierto), España goleó cuatro a cero a Georgia, bajo la dirección de Luis Enrique, que contó con Unai Simón, Robert Sánchez, Azpilicueta, Eric García, Merino, Laporte, Albiol, Gayá, Brais Méndez, Llorente, Rodri, Soler, Ferrán Torres, Fornals, Abel Ruíz y Sarabia. Mañana, la Selección regresa a Badajoz. 

Y ya que vamos de derivadas, veremos cuándo será la próxima y qué tipo de selección tendremos, que igual acabamos siendo como la de Gibraltar, San Marino, Andorra o Islas Feroe, con esta manía que les ha entrado a algunos en dejarnos sin país. Lo siento, hablábamos de fútbol, y las derivadas me llevaron a la pasión y la actualidad.