Opinión | Con permiso de mi padre

Seguimos pagando la fiesta

Otra vez mi columna sale el día después de unas elecciones, en este caso europeas, y la verdad es que no sé cuánto llevamos votado en dos años, pero creo que el hartazgo ya se va extendiendo: «Anda, ¿ya votas?» «Claro, tres veces desde que he cumplido los 18, y aún no tengo 20…»

Hoy lunes todos los partidos habrán hecho sus valoraciones, sus cuentas, sus reproches… A no ser que haya una debacle terrible, todos sacarán pecho y algo positivo de la experiencia, pero lo evidente es que cada vez vamos más hacia “conmigo o contra mí”, “de los míos o de los otros”, con lo que echo en falta la posibilidad de contrastar opiniones de manera racional en unos tiempos en que todo se basa en la subjetividad, los gestos, los impulsos… y la demagogia.

Algunos partidos, incluso formaciones no recién nacidas y con una cierta tradición (buena o mala, ya es otro tema) han hecho del frentismo su justificación, y del miedo su llamada a la participación, así que realmente no les interesa el entendimiento ni el consenso: es más sencillo señalar a un enemigo como culpable de todos los males, aunque esos males sean culpa propia por acción u omisión.

También es cierto que el Congreso de los Diputados español se parece cada vez más a una taberna llena de bravucones y macarras que quieren y no pueden llegar ni siquiera a mediocres, y hay quien dice que ello es reflejo de nuestra sociedad. Disculpen si discrepo: creo que la mayoría de los españoles queremos vivir tranquilos y dignamente, ganándonos el sustento de forma responsable y sin meternos con nadie… y, sin embargo, tenemos una clase política (y periodística, también) cada vez más alejada de la vida real, de los apuros para llegar a fin de mes, de lo complicado de encontrar un trabajo. Es como si morasen en otra dimensión en la que juegan con nosotros como peones a los que manejar para mantenerse, ya sea en cada país o en la Unión Europea, y nos han hecho creer que los dos bandos no son ellos y nosotros, sino una parte de nosotros contra otra.

Porque es a nosotros, a los ciudadanos de a pie, a quienes nos toca lidiar con una sanidad en decadencia, unos impuestos abusivos, una desigualdad ante la ley consagrada por una amnistía a cambio de los votos de los delincuentes, unos precios de la compra inasumibles, una inmigración ilegal desbocada, una vivienda impagable…

Así que me temo que, haya salido lo que haya salido, los que perdemos somos los ciudadanos: nosotros pagamos la fiesta, señoras y caballeros, pero cada vez estamos más alejados de la mesa del convite. Disfrutemos de lo votado.