Opinión | La atalaya

Doña Matilde (IX)

Por aquel entonces -años finales de la Monarquía e iniciales de la Segunda República- la Biblioteca del Palacio Real estaba considerada la tercera de España, después de la Nacional y de la del Escorial, por sus manuscritos, incunables y libros raros. Doña Matilde se dedicó con ahínco a algunas de esas creaciones artísticas. Aprovechó su posición administrativa para investigar y trabajar en firme. A apenas dos meses de ser nombrada secretaria de la antigua Real Biblioteca ya recibió una gratificación de 1.500 pesetas, concedida por la administración del Patrimonio de la República -cantidad no desdeñable en aquel momento-. La Junta para la Ampliación de Estudios le concedió una beca para estudiar encuadernaciones francesas en nuestro vecino del norte durante los meses de agosto, septiembre, octubre y mitad de noviembre de 1935. Formaba parte esta estancia del proyecto para la preparación de su tesis doctoral, dirigida, como ya conté, por don Manuel Gómez-Moreno, sobre encuadernaciones históricas españolas, de las que su centro de trabajo guardaba la que, probablemente, era la mejor y más completa colección del país. Su jefe directo, J. Sánchez-Domínguez Bordona apoyó, sin el menor inconveniente, su estancia en el extranjero. Finalmente, la tesis se defendió durante el curso académico de 1936.

La flamante doctora fue compañera, en el mismo centro, de otra bibliotecaria excepcional: Teresa de Andrés Zamora. Era originaria de un pueblo de Palencia y siguió una trayectoria muy similar a la de Matilde. Ganó las oposiciones a Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos el mismo año que ella y ambas fueron destinadas a la misma institución. Allí entró en contacto, también, con J. Moreno Villa, colaboró con el Centro de Estudios Históricos, donde se relacionó con don Manuel y con don Elías Tormo Monzó, historiador del Arte y muchas cosas más, entre ellas la de ser ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes en el gobierno del general Berenguer. 

Teresa fue, a su vez, becada a Alemania y desarrolló una gran capacidad organizadora en el campo de las bibliotecas, que comenzó a desplegar meses después de julio de 1936. Entonces cambió todo. También en el Palacio Nacional de Madrid. 

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