Opinión | Jueves Sociales

Notas de corte

Cualquier clasificación numérica nunca abarcará el valor de estos alumnos

Mi hijo es de diez, no de nueve, suelen decir, como si en ese punto de diferencia latiera la esencia de un alumno que seguramente valga más de lo que los padres y los profesores creen, sobre todo si no hablamos de notas. Pero los números son el campo de batalla, el santo Grial en un mundo enloquecido en que las notas de corte se disparan, con lo que resulta imposible acceder a determinadas carreras. Me he quedado a las puertas, se quejan, porque es difícil sacar un 14 en unos exámenes que tienen mucho de memorístico, aunque sean la prueba final de un sistema en apariencia competencial, lleno de esas zarandajas que ocupan muchas páginas en los boletines oficiales, pero muy pocas en la realidad educativa. La mayoría quiere tener un diez, no sacarlo, ni esforzarse, sino tenerlo, y los de ocho, un nueve, y así hasta el infinito.

Empezamos en Infantil, seguimos en Primaria y llegamos a los institutos agobiados. Alumnos asfixiados por las actividades extraescolares lloran si no obtienen la nota que les da paso a la carrera de moda, y no contemplan otras opciones. Tiene que haber un sistema menos malo en que la diferencia entre un cuatro y un cinco se contemple, o que no aspire a toda costa a la perfección ficticia del diez, o que no iguale por abajo, aprobando a todos, con lo que un cinco no sirva para nada. Que sea serio, que no esté presionado ni por los padres ni por los profesores ni por la administración, que no quiere suspensos. Porque luego, llega la vida, y las notas, si han sido un regalo para que el niño no se frustre, se convierten más en un lastre que en una bendición.

Cómo puedo suspender si yo era de diez, dicen. O cómo he conseguido este trabajo si no saqué más de un cinco. Y ahí se ve que lo que no quieren saber algunos padres y lo que intentamos explicar algunos profesores es que cualquier clasificación numérica nunca abarcará el valor de estos alumnos que en ocasiones sí son perfectos, pero solo en nuestras asignaturas, y no están preparados para el mundo real, y viceversa. Y que debería estar en nuestra mano distinguirlos para poder no solo calificarlos, sino sobre todo apoyarlos, que es la misión más importante de los padres, y de los profesores, ser guías para una vida que sabe muy poco de números y sí de personas preparadas unas veces para soportar la frustración y otras, para entregarse a la alegría. Así de fácil, así de complicado.