Opinión | EL CHINERO
Ochocientas
Sin compromiso económico no hay solución, por muy sólida que se plantee

Un vecino muestra el atasco en una de las calles de las Ochocientas. / S. GARCÍA
Nació provisional. Provisional para 10 años. Esa era la teoría, que ni en su planteamiento podía ser cierta. ¿Cómo iba alguien a creer que un barrio con 40 calles iba a crearse con un límite temporal? Imposible. Está a punto de cumplir 60. El problema es que no se diseñó ni se planificó para 20 ni 30 ni 40 ni 60 años. Seguirá cumpliendo décadas y sus vecinos continuarán sufriendo las penurias propias del abandono y la falta de mantenimiento de un barrio que requiere una regeneración integral y al que ningún gobierno se ha atrevido a meter mano.
Es el barrio de Badajoz de los tres nombres: Santa Engracia, las Ochocientas o la UVA, que significa Unidad Vecinal de Absorción. Muchas viviendas han sido reformadas y ya no son casas con el tejado de uralita, sino unifamiliares que sus moradores han ido reformando no sin esfuerzo, convirtiéndolas en el acogedor hogar de varias generaciones. El problema está de puertas hacia fuera. Sus calles plasman todos los ejemplos imaginables de un catálogo de barreras arquitectónicas: escalones, pendientes, socavones, raíces de los árboles que levantan el pavimento y vías estrechas donde difícilmente podría entrar un vehículo de emergencias.
Por si todo esto fuera poco, se ha añadido un nuevo problema que también es consecuencia del abandono: el atasco de las tuberías de saneamiento, que provoca un mal olor persistente en las viviendas y que cuando llueve hace aflorar las aguas sucias. Aseguran los afectados que ni el ayuntamiento ni la Junta les dan solución. Ninguno se responsabiliza y ambos echan balones fuera. El ayuntamiento dice que «lo está viendo» con el gobierno regional, porque no ha llegado a recepcionar la urbanización de esta barriada, y que cuando hay problemas puntuales en la red de agua los repara. La Junta, por su parte, ni ha respondido a la petición de este diario. No hay reacción más cruel que el silencio. Es el mayor de los desprecios. Un problema que no se reconoce, no existe.
Proposiciones de regeneración de este barrio ha habido. Ninguna suficientemente consistente. Para que una propuesta adquiera firmeza y solidez debe estar respaldada de ganas y de financiación y ninguna las ha tenido. En tiempos de Miguel Celdrán, el gobierno municipal propuso para las Ochocientas una solución semejante a la que se llevó a cabo en las antiguas casas del Cebadero de San Fernando. Junto al parque del mismo nombre, en la calle Valladolid, existía un grupo de viviendas bajas que tampoco reunían condiciones y la Inmobiliaria Municipal sacó adelante un proyecto de regeneración que consistió en derribarlas y levantar en su lugar bloques de pisos, donde los propietarios de las antiguas casas tuvieron la posibilidad de realojarse. Celdrán planteó a los vecinos de la UVA algo semejante, aprovechando la modificación del Plan Generala Municipal. Pero faltó información o empeño y los afectados se negaron en rotundo. No querían cambiar sus casas por pisos. Fin de la discusión.
Ha habido más intentos. Incluso un proyecto europeo de jóvenes arquitectos, que también se quedó en agua de borrajas. En 2019 los vecinos creyeron ver la luz cuando se desarrolló un proyecto piloto en la calle Águila donde, gracias a la colaboración entre la Junta y Apamex, se eliminaron las barreras arquitectónicas y se demostró que soluciones existen si hay interés y recursos. En aquel momento Apamex cifró la inversión necesaria en 6 millones de euros para todo el barrio. ¿Es mucho? ¿Es poco? ¿Cuánto lleva gastado el ayuntamiento en plataforma única en el centro histórico? No se trata de elegir, sino de atender necesidades que llevan demasiados años siendo urgentes. El problema, como casi siempre, está en dilucidar a quién compete resolverlo. Está claro de quién es el problema: de los vecinos. La mayoría son personas mayores que no quieren abandonar su barrio, a pesar de las dificultades que sufren por vivir en él y que, salvo a ellos, a nadie parece importar.
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