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Opinión | Cotidianidades

Febrero en la calle Menacho

En la calle había público que caminaba mirando los escaparates, otros entraban, muchos anunciaban rebajas, aunque el único que tenía cola en su puesto era el vendedor de la ONCE

Paseo matutino por la calle Menacho, en Badajoz, este mes de febrero.

Paseo matutino por la calle Menacho, en Badajoz, este mes de febrero. / DAM

Llegó a trompicones, sin aliento. Se presentó febrero, un sábado cansino y frío después de subir la inclinada cuesta de enero. Hay algunos que todavía siguen escalando los últimos repechos con la cartera desgastada, casi rota y la moral por los suelos. Otros se han quedado mirando desde abajo la pendiente que no podrán ascender si no es con ayuda del coche escoba, ese que al final tiene un elevado precio. Un enero que empezó con David Broncano y Lalachús brindando con champán sin alcohol y terminó pidiendo el tiempo. Llegó el uno de febrero después de sudar la camiseta de las rebajas. Un febrero que nos deja boquiabiertos, expectantes, intranquilos ante los nuevos fichajes de los que van a dirigir el mundo. Trump y Elon Musk se unen a Putin, Netanyahu, Milei, Kin Jong-un… Llegó febrero con más protagonistas inquietantes para la humanidad. 

Los últimos días de enero tuve libre en mi trabajo, en mi otro trabajo, que escribir solo es un entretenimiento. Fueron días en los que pude escribir con más sosiego. Escribí desde el Mayga de Gévora y desde la cafetería de la gasolinera de Villafranco, pero también anduve a pie por las calles de Badajoz. Fui a San Francisco, no me senté en ninguna de las dos terraza. También pasé por la Marina, tengo ganas de escribir de la Marina antigua, la de Manolo Hinchado, ese empresario de la hostelería al que no conocí y del que todo el mundo habla bien. Aquella Marina me llamaba la atención por sus camareros uniformados, también por el limpiabotas, pero lo que más me llamaba la atención era cuando veía desde la calle cómo se reunían en el interior mis profesores: Ricardo Puente, Enrique Segura y alguno más que no conocía, a mí me gustaba imaginarlos hablando de literatura, de cine, de política, de la vida, de cosas solemnes en un tono elevado, con palabras desconocida para mí, aunque quizás solo les gustaba juntarse para tomar unos vinos entre amigos y relajarse hablando de banalidades. Desde fuera las cosas siempre se ven diferentes. 

En mi día libre también pasé por la calle Menacho. Hacía mucho tiempo que no iba por esa calle, había algunos carteles de «se traspasa», pero también había muchas tiendas abiertas. Yo pensaba que aquello iba a ser un desierto, que estaría desmantelado ya que había oído que con la apertura de El Faro habían cerrado muchos negocios. En la calle había público que caminaba mirando los escaparates, otros entraban, muchos anunciaban rebajas, aunque el único que tenía cola en su puesto era el vendedor de la ONCE. 

De una perfumería salió una chica, me paró, me puso perfume en la manga de la camisa, y seguí caminando oliendo de vez en cuando mi muñeca. Cuando ya creía agotada la calle Menacho como contenido para esta columna me encontré con Nuria, amiga de otra época, que me dijo: Mirá, ahí estaba el estudio fotográfico de Mimosa ¿Te acuerdas cuando veníamos a mirar las orlas de los que había acabado la carrera, para ver a quién conocíamos y observar la pinta que tenían con el birrete puesto en la cabeza? Es cierto, a falta de otros entretenimientos, íbamos a ver el escaparate del fotógrafo que confeccionaba orlas. 

Ahí, donde estuvo Zara, que ahora es una perfumería, estaba el cine Menacho, al que también fui alguna vez con Nuria para ver películas musicales como 'Flashdance', 'Fiebre del sábado noche', 'El Muro, de Pink Floyd', dirigida por Alan Parker. Recuerdo también que un grupo de amigos adolescentes íbamos a ver las películas del destape de Fernando Esteso y Pajares, películas que luego comentamos en el patio del instituto con otros adolescentes que habían ido a ver otras parecidas. En el cine Menacho también vi películas que me impactaron como ‘Carmen’ de Carlos Saura, que cuando terminó me quedé camuflado en las butacas del cine para verla otra vez en la siguiente sesión. O ‘La Naranja mecánica’ o películas de guerra como ‘Apocalypse Now’ o ‘Platoon’. 

Enfrente del cine había una tienda de ropa que se llamaba Xania, donde trabajaba Marisa, una muchacha que me gustaba. Al lado había un bar que creo que se llamaba Rivero. Las tiendas actuales no las conozco. Me despido de Nuria y sigo andando. Sigue abierta la farmacia de Ramírez del Molino ya fallecido. Ahora sí se me agota la calle Menacho y no es por culpa del Faro. 

Iglesia de Las Descalzas en Badajoz.

Iglesia de Las Descalzas en Badajoz. / Santi García

Las Descalzas

Sigo, uno de los rincones más bonitos de Badajoz es donde está la iglesia de las Descalzas. Tiene las puertas abiertas. Entro, en el interior hay 8 o 9 personas, unos de pie y otros de rodillas. Las Descalzas es un convento donde hay monjas de clausura a las que se las ve rezando detrás de una reja. En las Descalzas está el Cristo de la Espina que sale en procesión el Martes Santo y es uno de los pasos más venerados de Badajoz. 

Después de la Descalzas voy al museo Luis de Morales para ver una interesante exposición de fotografía de la AFE ‘Encina de Plata’ un concurso que este año tiene como ganador a Guillermo Gabardino con la fotografía ‘Pan, sardina, placer sin más’. De ahí vuelvo sobre mis pasos para entrar en la Fundación CB de la calle Montesinos. Subo a la cuarta planta, donde hay una terraza cuadrada desde donde se ve el Badajoz histórico y los monumentos más importantes de la ciudad: La Giralda, la ermita de la Soledad, donde me casé para años después descasarme, Las Tres Campanas, el Convento de San Agustín, el Fuerte de San Cristóbal, la Alcazaba, las Casas Coloras, la Catedral, la Iglesia de San Andrés. Incluso se ve Portugal a lo lejos. Allí estaba un conocido experto en la historia de Badajoz contando a una pareja el origen de los monumentos y las calles que se veían desde la terraza. 

Bajé por las escaleras hasta la primera planta donde hay varias televisiones encendidas con las primeras retransmisiones extremeñas. Vi al fotógrafo Covarsí, a Rodríguez Ibarra, al cronista de Badajoz Alberto González, a Tomás Martín Tamayo cuando estaba en la UCD de Suárez. 

Luego fui a la Plaza Alta. Por la Plaza Alta paseaba algún turista con la cámara de fotografías en la mano. Una Plaza Alta donde en todos sus rincones se escucha el eco, como cuando te pones una caracola en la oreja que se oye el mar. En esta plaza se escucha un murmullo flamenco, de tangos y jaleos. Veo, no sé si real o imaginario, a un hombre con chaqueta y pantalones blancos, lleva un clavel en la solapa, gafas oscuras y va cantando: «Condenao, debía estar condenao quién pega un tiro a una liebre, que una liebre se avasalla con un galgo acorallao y si se va, que se vaya…».

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