Opinión | El Embarcadero
Caja de galletas
En casa de mi madre recuerdo que se aprovechaban para albergar en su interior fotos y postales
Las icónicas cajas de galletas danesas, generalmente metálicas y cilíndricas, valían para que nuestras abuelas guardasen en ellas botones, hilos, tijeras y otros materiales de la costura, una vez que la familia se había comido ese manjar elaborado con harina, mantequilla y azúcar. Eran recipientes hermosos, con calidad y duraderos; y servían para que nuestras abuelas y madres, tan ahorradoras y apañadas ellas, le diesen un nuevo uso. Una especie de dos por uno: compraban unas deliciosas galletas y se llevaban de regalo una caja perfecta para guardar hilos y agujas. Hubo quien se dedicó a coleccionarlas. ¿Quién no las recuerda? Se hicieron famosas hace décadas por su versatilidad, igual que las del Cola Cao, y podían dar un apaño para guardar utensilios para manualidades, bombillas, pilas… y un largo etcétera de objetos.
En casa de mi madre recuerdo que también se aprovechaban para albergar en su interior fotos y postales. De hecho, no hace mucho pude rescatarla del fondo de un mueble del salón. Sabía lo que había en su interior y, aún así, me embargó la emoción. Hacía tiempo que no me sumergía en ellas y pude sentir de nuevo ese encuentro mágico con la cotidianeidad impregnada en esas imágenes, dispuestas a relatarnos las experiencias de esas personas, muchas de las cuales ya no están entre nosotros. Imágenes fotográficas en positivo que nos hablan de momentos inolvidables: de bodas, comuniones, celebraciones de cumpleaños…, pero también de hombres uniformados en el servicio militar, entonces obligatorio; de gente en su pequeño negocio o de escenas campestres donde rezuma el entusiasmo y la alegría de esos seres que, como nosotros, buscamos instantes de felicidad y bienestar. Ver a mi padre, a mi madre, a mis abuelos, incluso a familiares y amigos que no llegué a conocer, en blanco y negro o en color, me recuerda que esa conexión emocional resulta única, especial. Cuando vemos una fotografía que nos toca sentimentalmente, nuestro cerebro entra en acción y esas escenas vividas o imaginadas pasan de ser vagas remembranzas de rostros y acontecimientos a objetos para conservar sobre los que podemos volver una y otra vez, reactivando esa memoria con el retorno de la experiencia visual directa.
Stephen Shore nos planteaba en su libro ‘Lección de fotografía’ (‘The Nature of Photographs’) cómo en esta técnica esta presente una triple dimensión: física, descriptiva y mental, que a veces se nos olvida; también traza la historia del objeto, del negativo o positivo, y de cómo trabajar por su conservación y restauración. La fotografía, además de su soporte, sigue manteniendo esa trascendencia, de detención del tiempo, de una dimensión única que atesora un recuerdo imborrable. En pleno siglo XXI cuesta percibir hasta qué punto la fotografía pudo cambiar la vida de nuestros antepasados. Desde el momento en el que surgió este nuevo arte, alabado y denostado a partes iguales en sus orígenes, ha supuesto un objeto cultural de sumo interés y una fuente histórica de primer nivel. Asimismo, se ha incorporado tanto a nuestra cotidianeidad -vivimos en un mundo plagado de imágenes- que no nos paramos a pensar que posar ante la cámara fue una práctica inaudita para muchas personas de los siglos XIX y XX. A reflexiones como esta hemos llegado quienes hemos podido asistir a las I Jornadas de Historia de la Fotografía en Extremadura, celebradas en Badajoz el pasado fin de semana. Si algo me queda claro, de lo mucho aprendido en este encuentro, es el inmenso potencial que poseen fondos documentales y colecciones fotográficas de estudios, gabinetes o familias. Y es que abrir la caja de nuestra propia historia vital en imágenes implica dejarnos arrastrar por una corriente emocional y cultural; supone constatar una realidad: el gran interés que tiene, por parte de particulares, la conservación de nuestro patrimonio fotográfico y su necesaria salvaguarda. Lancemos la vista atrás, recuperemos las imágenes del pasado y reflexionemos sobre el presente para mejorar el futuro; siempre de la mano de una buena fotografía que retenga, como una esencia, nuestra memoria más íntima y afectiva.
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