Opinión | Cuaderno de viajes
Una de museos
Me gusta su manera de exponer, con obras que se hablan entre sí, haciendo vecinos una pintura contemporánea de una flamenca que comparten el mismo código de colores, o un textil oriental con un vestido de Óscar de la Renta

En el parque, bajo un árbol centenario, un hombre lee tranquilo en su hamaca. / R. P.
Espero que a la llegada de esta se encuentren bien.
Les contaré del último día en Boston.
De cómo se pasea bien por sus calles, diferente a otras ciudades de los Estados Unidos, hechas para los coches.
De cómo me gusta que casi en cada esquina exista una placa de hierro fundido con la historia del edificio grabada: aquí hubo una tienda de guantes frecuentada por un político, en esta esquina, frente al parque había un café donde solía, a principio del siglo pasado, reunirse lo mas granado de la sociedad bostoniana, aquí se levantó el primer banco o en su sótano se situó una imprenta donde vio la luz un libro del que nunca he oído nombrar …
De que hasta la tarde los viernes y los sábados, se ponen los puestos en el Haymarket, con fruta y verdura fresca y sorprendentemente barata.
Del parque de la ciudad, que es un prado limpio y extenso, que siempre recorro con envidia por sus viejos árboles cuidados y reverenciados, como el tesoro que son, bajo los cuales la gente lee, hace pícnics, sestea, celebra cumpleaños, o cenas románticas y canta. Una chica entona ‘Help me’, de Yoni Mitchell, con la funda de su guitarra abierta, donde se amontonaban unos billetes de dólar. Delante en un papel ha escrito, «el año que viene voy a ir a la Universidad y necesito dinero!”. Hay un lago y un puente donde unos novios se hacen fotos con besos que parecen de mentira. En el agua flotan barquitos antiguos de pedal en forma de cisnes, tan cursis que producen ternura. Me siento frente a una escultura para ver cómo la miran los demás. Robert Mc Closkey escribió e ilustró el cuento ‘Abran paso a los patitos’, en 1941, que transcurre en una isla del lago del que les he hablado. Y tanto fue su éxito que sus personajes, la mamá pata y sus ocho polluelos, son ahora de bronce para que los niños puedan abrazarlos y besarlos a gusto. Todos sonríen a su paso, aunque vayan trajeados, y con prisa y yo sonrío, también, como si fuera su eco.
No dejen de ir tampoco a los museos. Tiene la ciudad uno de los mas bellos que he visto nunca. El Isabella Stewart Gardner. Esta vez no me ha dado tiempo, pero les aseguro que es un lugar tan inspirador y tan especial que no deja indiferente. No es un museo más. Escribí una vez una columna sobre ella y la exquisitezde sus salas, el entelado azul de la pared, en el tono exacto de los ojos de una mujer, que nos mira desde el Renacimiento. Su jardín con el sonido del agua cuchicheándole a Rembrandt, que vigila, disimuladamente escondido en su autorretrato, la sala de la que robaron ‘Tormenta en el mar de Galilea’, esperando que vuelva. Anunciaban en el Museo de Bellas Artes una exposición inédita, ‘Van Gogh : Los retratos de la familia Roulin’, de cuando vivió en el sur de Francia, utilizando como modelos la familia de su amigo, el cartero, de Arles. No lo conocía, hasta ahora, pese a que, tras el Metropolitano de Nueva York, contiene la colección permanente más grande del país. Está en las afueras, a diez minutos del centro, en la zona de Fenway-Kenmore, que a algunos aficionados al deporte, que no es mi caso, les sonará porque es donde está situado el estadio de Beisbol de los Boston Red Sox. También la sede la de la Orquesta Sinfónica. Si no tienen coche, la mejor opción es el tranvía (la línea verde del metro). Déjenme recomendarles que cojan cita previa para evitar colas, y que reserven al menos dos o tres horas con una pausa para un café o para almorzar en su cafetería, donde los precios no son excesivos y la comida es buena, con opción vegetariana. Si no las conocen vale la pena probar las Boston baked beans, unas alubias con carne, cocinadas con melaza, cuya tradición se remonta al siglo XVIII, que mezcla la receta de los estofados ingleses con el aderezo que del Caribe llegaba a Boston para la producción de ron.
Me gusta su manera de exponer, con obras que se hablan entre sí, haciendo vecinos una pintura contemporánea de una flamenca que comparten el mismo código de colores, o un textil oriental con un vestido de Óscar de la Renta. Cuando visito los museos pienso siempre en mi tía Asun que es tan disfrutona del arte como de la vida, y le mando fotos cuando aparece un Murillo tan lejos de la Sevilla que ambos comparten como casa. A la salida le mando las fotografías que he hecho hoy y le cuento que, mientras lo recorría, sin mirar los planos, una sala me ha llamado. Le he dicho «Hola, Maestro», tragándome unas lagrimillas de emoción por la vergüenza de estar en público, y sentándome enfrente para poder decirle piropos por lo bajini, sin que nadie se de cuenta. Don Luis de Góngora y Argote me miraba reprendiéndome, y yo le dije que sería mas comedida la próxima vez. No le pareció mal, sin embargo, a la Infanta María Teresa que, harta de tanto posar me tendió el pañuelo que lleva siglos sosteniendo y al Príncipe Baltasar Carlos, aburrido de jugar a lo que Velázquez le hizo fingir que hacía . Me despedí y, fíjense que me encontré de cara con San Pedro Tomás y con San Cirlo de Constantinopla y también me senté un rato para dar el parte a Zurbarán de su Extremadura natal ,y le prometí dar recuerdos.
Ahí van, entre estas letras, que dejo para enviárselas más tarde y, para ponerme en marcha y así evitar los atascos de la salida de los trabajos, que en este país es generalmente a las cinco. Rumbo a Portsmouth, New Hampshire, vienen conmigo?
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