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Opinión | Disidencias

Periodista

Hojas

Se nos fueron los ochenta, nos hurtaron los noventa y de los que llevamos de los dos mil apenas nos hemos enterado

Hace unas semanas tuve la oportunidad de dar un sinuoso paseo por los lugares que me hicieron feliz en un pasado juvenil que se me antoja ya demasiado lejano. La década de los ochenta la repartí entre Badajoz y Madrid, entre el servicio militar y los cinco años de carrera universitaria, el salto casi a ciegas de una ciudad pequeña y orillada donde el hogar de siempre me protegía a la capital del Reino, solo y confundido, aterrado y, la verdad, sin expectativas, porque, con aquella edad, uno tenía más miedo que vergüenza. Salí de aquel Badajoz que amanecía, que despertaba de muchos años de oscuridad, que se sentía como arrinconado contra una frontera donde aún había que enseñar el carnet de identidad para pasar a Portugal, donde junto a Galerías Preciados se cambiaban escudos por pesetas, donde a la Alcazaba aún se le llamaba Castillo y Marwan solo era conocido por unos pocos entendidos. Salía de esa ciudad que observaba el nacimiento de una Extremadura donde Badajoz siempre se ha sentido cómoda, pero no siempre suficientemente mimada y considerada, un Badajoz pequeño que cambiaba el barro por el asfalto, trasladaba los carros de combate de Santa Marina a Bótoa o ansiaba la apertura del Hospital Infanta Cristina hoy Universitario y su particular muro era una valla metálica situada en lo que todos conocemos como la Autopista y separaba el Badajoz de siempre del nuevo Badajoz que avanzaba hacia el oeste. Un Badajoz donde había cine en Menacho o Conquistadores, incluso en el Pacense; donde la discoteca Fashion daba sus últimos coletazos; donde La Estación pasaba a ser San Fernando y San Roque seguía demasiado lejos; donde La Estellesa languidecía, Simago sobrevivía por poco, las mejores tapas se servían en el Guille de República Argentina y La Moska empezaba a ser el rey de las copas.

No me fui de un Badajoz en blanco y negro, pero tampoco estaba lleno de color. Era como empezar algo nuevo, distinto, desde cero. Y arribé a un Madrid que, si bien no me era desconocido, tuve que hacer mi casa a marchas forzadas, primero conduciendo un transporte oruga acorazado procedente del Vietnam y, después, formándome en una Facultad cuyos planos iniciales se diseñaron para construir una cárcel. Vean 'Tesis', de Amenábar, su mejor película, y sabrán por dónde me moceaba. El otro día, escribía al principio, di un largo paseo por Malasaña, Glorieta de Bilbao, Fuencarral y alrededores. Vivía en la calle San Mateo, al lado del Museo del Romanticismo, donde, entre otras cosas, tienen la pistola con la que se suicidó Mariano José de Larra, un genial periodista y, con Espronceda, Bécquer, Zorrilla y Rosalía de Castro, exponente del romanticismo español. Todos los del BUP, supongo que algunos de los del bachillerato también, lo hemos leído y estudiado. Pero, volvamos al barrio que me acogió. La movida de los ochenta, con sus deslumbramientos y apagones, me pilló por allí. El café de la Palma (un local para la eternidad), La Vía Láctea (un garito en toda regla donde nos creíamos modernos junto a tipos que hoy salen por televisión y peinan canas si es que no crían malvas), la Sala Sol (junto a Montera, por Gran Vía, donde era dificilísimo entrar), Rock Ola (por Prosperidad, duró poco, y me temo que murió de éxito) o el Penta (el altar de Antonio Vega con la chica de ayer en nuestros sueños) me condujeron a realidades agridulces, aunque inolvidables, músicas que sorprendían, amistades ya perdidas y tribus urbanas que no daban miedo, pero asombraban y, como platos más livianos, El Vaivén o el café Comercial, para las tertulias largas de entre semana y debates nada polarizados, como mucho un 'Bases fuera' de camino a Torrejón y, por el medio, el multitudinario adiós a Tierno Galván, llevándose un poco de esa movida en la que descubrimos muchos movimientos culturales y sociales, pero, también, un siniestro caballo que dejó a demasiados por el camino. Unos años con la banda sonora de Alaska y Los Pegamoides, Siniestro total, Radio Futura, Mecano, Sabina, Objetivo Birmania, Nacha Pop, el jodido Wyoming (con Reverendo, en La Aurora), todos ellos y muchos más deambularon (deambulamos) por aquellas noches eternas de farra y garrafón. Lo mío era más el cine (Almodóvar estaba casi empezando con sus pelis y alternaba con la música y la farándula) y el Azul, Coliseum, Avenida, Rex, Palacios de la Prensa o de la Música, Lope de Vega o el Capitol eran auténticos templos donde completar la modernidad que salía por todos nuestros poros. Desde los estrenos (en algunos de ellos, por cierto, ahora que nos ha dejado Redford, vi 'Un lugar llamado Milagro' o 'Memorias de África') a los programas dobles, desde los acomodadores que esperaban recibir propina hasta esas salas infinitas de butacas donde ir al cine era mucho más que ver una película.

Se nos fueron los ochenta, nos hurtaron los noventa y de los que llevamos de los dos mil apenas nos hemos enterado. El tiempo ha pasado demasiado rápido. Hemos dejado atrás instantáneas, que como no había móviles, casi están ya borradas en nuestra memoria, melodías casi olvidadas, rostros perdidos entre la bruma, amores que acabaron por no ser eternos, amistades que hoy casi ni te conocen. Evolucionamos porque estamos vivos, nos adaptamos porque no hay más remedio e idealizamos los momentos buenos del pasado porque son los que nos recuerdan que hubo un tiempo que apenas con nada éramos felices e invencibles. Un día despertamos en medio de la batalla y nos dimos cuenta de que todo es arena en el desierto, nieve al sol, huellas en la orilla, pérdidas que no se recuperan, lágrimas en la lluvia, suspiros en la tormenta y fuego que se consume en la ceniza. Como el final de Juan Rulfo: “…y me fui deshaciendo poco a poco, como si fuera de ceniza, como si me fuera desmoronando en el aire”. Como las hojas que, en otoño, caen de los árboles para nunca más volver a florecer.

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