Opinión | EL EMBARCADERO
Necesidad de paz
La ciudadanía ha vuelto a tomar las calles para pedir a los gobernantes que dejen de usar la guerra como instrumento político
Aprender de las vivencias de nuestros mayores es un ejercicio al que debemos acudir a menudo, no solo para encontrarnos con sus historias de vida, sino también para darnos cuenta de que sus experiencias son, comúnmente, un ejemplo de lucha y de compromiso. El pasado 21 de septiembre, en el transcurso de la caminata realizada en el marco de la II Marcha Columna de los Ocho Mil, pude descubrir un poco más sobre la vida de un hombre sencillo, un veterano maestro con una dilatada trayectoria ante los pupitres y con unas fuertes convicciones antimilitaristas y en favor de la paz, algo muy necesario en los tiempos que corren. Conozco a Cecilio desde hace años, por haber compartido actividades en el Ateneo de Badajoz (rutas históricas, charlas, conferencias…) y, junto a su esposa, Emilia (también maestra jubilada), conforman una pareja simpática y afable, siempre dispuesta a participar en la vida cultural de la ciudad y a mantener una buena conversación.
Como afirmo, mientras rematábamos la última subida hasta Fuente del Arco, su pueblo natal, desde las vías del tren, al final de esa marcha ciudadana en memoria de quienes protagonizaron el primer éxodo de la guerra civil española (la Columna de los Ocho Mil), pude conversar sin prisas con Cecilio Calle Cabrera, un hombre que ha tenido siempre muy claro que en la raíz de la violencia múltiple se halla el egoísmo, la desigualdad y la injusticia humana. Ese viejo axioma, tan extendido, de «Ojo por ojo, diente por diente», expresión más repetida de la ley del Talión y que Gandhi transformó en «Ojo por ojo y el mundo acabará ciego», nos lleva hasta las tesis de la no-violencia activa, que Cecilio sostiene más allá de la teoría. En efecto, según me contó, en 1974 fue un activista de la objeción de conciencia al servicio militar, pacifista y no-violenta, aunque ello le acarreara tener que pasar un gran número de días en el calabozo. Gonzalo Arias, el decano de los pacifistas españoles, es un claro referente para Cecilio, que es de los que piensan que las guerras siempre las hacen los ricos y las pierden los pobres.
Qué imprescindibles resultan, hoy en día, estos mensajes pacifistas, esta necesidad de paz, en un mundo cada vez más militarizado y enfrentado. La paz no es solo el típico deseo que se repite, por ejemplo, en momentos próximos a su día (el 21 de septiembre). Ha de ser una plena convicción, cuando vemos cómo el gobierno israelí destruye edificios de Ciudad de Gaza y deja morir de hambre a la población civil palestina sin ningún remordimiento. Ese rechazo al belicismo salvaje de un Estado altamente militarizado como el de Israel nos retrotrae a otros tiempos, como el del «No a la guerra», en 2003, contra la invasión de Irak por parte de Estados Unidos; o al famoso «I have a dream» de Martin Luther King, en 1963, que abogaba por un planeta más justo, libre y pacífico, esperanza de un mundo que se había despedazado después de la II Guerra Mundial. De hecho, tras 1945 parecía que podían existir sociedades sin guerras, siguiendo el mandato de Naciones Unidas, aunque esa esperanza no tardó en esfumarse, con conflictos como el de Vietnam, la matanza de Tiananmén o las guerras yugoslavas, entre otros.
No podemos esperar mucho de nuestros mandatarios, guiados por lo general por otros intereses, alejados del bienestar de la humanidad y, casi siempre, con cada gran conflicto han florecido ciudadanas y ciudadanos anónimos que se niegan a aceptar la violencia como solución.
La historia nos ha enseñado falsamente que tenemos que emplear la violencia para resolver conflictos, tanto en el tablero geopolítico como en una esfera más personal. No, no tenemos que entrenarnos para enfrentarnos a supuestos enemigos que ni yo ni tú tienes; esos enemigos construidos por Estados que, en muchas ocasiones, forman parte de esa espiral de violencia. Como en 2003, cuando millones de personas entonaron un mismo grito («No a la guerra»), en España y en todo el mundo se oye hoy cada vez más ese clamor contra el genocidio en Gaza y los más de cincuenta conflictos repartidos por toda la Tierra (Ucrania, Sudán, Yemen, Siria, Nigeria, Myanmar…) y en defensa de los Derechos Humanos, que para eso están desde 1948, para que se cumplan. La ciudadanía ha vuelto a tomar las calles para pedir a los gobernantes que dejen de usar la guerra como instrumento político. Escuchar el mensaje de Cecilio Calle, a partir de sus vivencias y de sus acciones, resulta no solo de lo más interesante, sino algo indispensable para finiquitar la peligrosa deriva belicista. ¡Gracias, Cecilio, por tu labor! La paz, ya lo sabemos, nunca llega por sí sola, siempre hay que trabajar por ella.
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