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Opinión | Disidencias

Periodista

Bibliotecas

De niño, no entraban muchos libros en casa y no existía esa proliferación de bibliotecas que ahora hay por todos los barrios, pueblos y ciudades

Ya no recuerdo la última vez que fui a una Biblioteca. A leer, estudiar o sacar prestado un libro. De niño, no entraban muchos libros en casa y no existía esa proliferación de bibliotecas que ahora hay por todos los barrios, pueblos y ciudades. En mi casa teníamos un par de enciclopedias de esas que se vendían a domicilio y se pagaban a plazos; creo recordar que en la estantería del salón estaban colocados los tomos del diccionario enciclopédico Plaza y Janés -bueno, en realidad no estoy muy seguro si era ese u otro- y, desde luego, los tomos encuadernados en tapa dura y repletos de datos de la Atlas 2000. Junto a ellos, una extraordinaria Biblia, también en varios volúmenes, hermosamente encuadernada e ilustrada que, por cierto, no sé qué fue de ella. Igual nos deshicimos de todo eso porque desde hace ya mucho tiempo nadie quiere libros ni enciclopedias ni diccionarios. Los boomers nos tiramos de cabeza a internet, los más osados se conforman con wikipedia y las nuevas generaciones han terminado por vivir en chat gpt, donde parece que han encontrado su zona de confort.

Entre los cuartos de mi hermana y el mío, compartíamos novelas clásicas ilustradas de Bruguera -todo Julio Verne, Dickens, las hermanas Brontë, Twain, Ivanhoe, La isla del tesoro, Moby Dick, Mujercitas, etc.- junto a los tebeos de Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, 13 Rue del Percebe y los cómics de Flash Gordon, El Príncipe Valiente, El hombre enmascarado o Superman. A medida que íbamos creciendo en edad y en cursos, se añadían a la minúscula biblioteca familiar los grandes nombres de la historia de la filosofía y de la literatura, donde sentía una especial predilección por Galdós, Baroja, Machado, Larra, Bécquer, Quevedo, Lorca, Conrad o Wilde, sin olvidarme de Nietzsche o Kierkegaard, Hegel o Rousseau. La mezcla de placer y obligación en las lecturas de aquellos días infantiles y juveniles se llevaba a cabo en la intimidad del hogar. Años, muchos años después descubriría la lectura en un parque o en el metro, algo que, por otro lado, me trajo la satisfacción de conocer autores que de otra manera no habría recalado en ellos ni de refilón.

Por el medio, en Badajoz, hay que recordar a la Biblioteca Pública del Estado en la antigua avenida General Rodrigo, hoy de Europa. Allí fue donde, realmente, me encontré con los libros y la de puertas que abrían a otros mundos, la posibilidad de leer durante horas en aquel espacio silencioso y lleno de universos desconocidos y el asunto ese del préstamo a quince días, un ejercicio, el de poder llevarlos a casa y convivir con ellos mientras los leía a la carrera, nunca suficientemente valorado y que nos salvó a muchos de la indigencia literaria e intelectual.

Más tarde, la Biblioteca también serviría para estudiar. De hecho, el bachillerato prácticamente lo estudié allí y la carrera, en las bibliotecas de la Facultad de Ciencias de la Información, en la de la Hemeroteca Nacional antes de que se trasladara a la Biblioteca Nacional -donde también dejé muchas horas de mi vida- y en una municipal de Madrid donde hoy se ubica el Museo de la Ciudad.

Aquí, en Badajoz, nunca regresé a la Biblioteca Pública, más allá del día de la inauguración en su nuevo edificio, junto al Puente Real que, por cierto, no sé si recuerdan que fue una apertura movidita. También, poco, conozco la Biblioteca de Extremadura por algún evento al que he asistido y por la visita guiada que amablemente me ofrecieron en su momento dos de sus antiguos directores, Justo Vila y Joaquín González Manzanares -por cierto, al primero debo haber descubierto la elogiada Biblioteca de Barcarrota y, al segundo, haber participado en el catálogo publicado con motivo de la exposición sobre el inagotable Fondo Clot-Manzanares-. Por supuesto, conozco algo las bibliotecas de algunos barrios y pedanías de Badajoz, algo más la de la Facultad de Ciencias de la Documentación y la Comunicación y la de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, donde su hemeroteca me ha prestado abundantes conocimientos. Y que no se nos olvide Santa Ana, aquel antiguo mercado de abastos de la Plaza Chica que, por mucho empeño que se pusiera, no pudo volver a ser mercado y que hoy es una espléndida y bien dotada biblioteca.

Hay gente, fuera de los estudiantes obligados por algún trabajo académico que tengan que realizar, que sigue leyendo de préstamo y ese es un fenómeno que no deja de sorprenderme, para bien, quiero decir, y hay que poner en valor el provecho sociocultural y educativo que se inicia cada vez que se presta un libro. Todo esto venía a cuento porque el otro día me encontré por casa un carnet de la Biblioteca Pública, con fotografía y todo -Tarjeta Nacional de Lectura, la llamaban-, con número 5.501 y con fecha de 20 de agosto de 1986. En su reverso, se puede leer que «Esta tarjeta es válida para la lectora en todas las Bibliotecas Provinciales y en las Municipales adscritas al Centro Nacional de Lectura, de acuerdo con las normas de cada Centro. Asimismo, su presentación autoriza la lectura y utilización del Servicio de Préstamo en la Biblioteca Provincial y en todas las Bibliotecas adscritas al Centro Coordinador de la Provincia donde se haya expedido». El problema es que también estaba escrito que el carnet caducaba a los cinco años. Y ahora ni presto ni tomo prestados libros, aunque tengo biblioteca en casa.

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