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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Esto no es una dictadura

En una dictadura, como le insistí, uno no se atreve a decir esas cosas que me dijo no vaya a ser que el interlocutor sea un delator o un secreta y termine uno en la cárcel o peor

No hace mucho entré en un comercio de esta ciudad. Lleva muchos años instalado aquí y goza de una buena reputación. No es una franquicia, sino una empresa sacada adelante por una familia, es de suponer que con gran esfuerzo y con dificultades. El dueño estaba hablando con un conocido mío y empezamos a charlar unos y otros. Las habituales frases de cortesía y comentarios entre gente que no se conoce demasiado. En un momento dado el dueño soltó que esto era una dictadura. No pude por menos que llevarle la contraria. Viví, como tantos otros de mi edad, una dictadura. En la que unos se encontraban cómodos, otros no tanto y aún otros en la cárcel o exiliados.

Nada que se parezca a lo que actualmente vivimos en España. Mis argumentos de poco le valieron, siguió insistiendo y terminó explicando que estaba ahogado por los requisitos burocráticos del Estado Leviatán, concretamente amenazado de una multa que pretendía imponerle un departamento de la administración autonómica por unas cuestiones que ya había solventado con otra parte de la misma administración. En eso no le quito la razón, es inadmisible la duplicación de requisitos administrativos y burocráticos, la inexistencia en la práctica de la deseable «ventanilla única»; en eso, tiene razón y mucha. Cierto es que el Estado puede apretar tanto que ahoga, que el gobierno de turno no sea el ideal. Pero llamarle dictadura es una hiperbólica exageración.

En una dictadura, como le insistí, uno no se atreve a decir esas cosas que me dijo no vaya a ser que el interlocutor sea un delator o un secreta y termine uno en la cárcel o peor. Para hablar de según qué cosas hay que tener muchísima confianza con quien se habla y, como sabemos, aun así se arriesga uno. En una dictadura el mero hecho de escribir este texto me conduciría a la cárcel, o peor, y si La Crónica de Badajoz lo publicara, ahí nos encontraríamos la directora y yo, quizá más gente. El peligro sería real. Hoy no lo es.

Lo peor de todo es que puede saberse con bastante precisión de dónde le vino a este señor la noción de llamar dictadura a nuestro actual sistema político. Una muy conocida presidenta de comunidad autónoma, no la nuestra, con una notoria capacidad para la imprecisión lingüística y para la hipérbole, lo lleva diciendo mucho tiempo como parte de su particular pelea con el actual presidente del gobierno central, ya saben ustedes a quién me refiero. Lo ha repetido varias veces y sus turiferarios, que no le faltan, lo han amplificado hasta la saciedad. Es falso. Esto no es una dictadura, si lo fuera ella misma estaría o en una celda o en una cuneta, y allí sigue, repitiéndolo a cada oportunidad que tiene.

El que se utilice en el discurso político es pura propaganda. Mi padre me enseñó, y de esto sabía, que la propaganda existe, es inevitable quizá porque sea necesaria, pero no hay que creerla nunca. Nunca. Jamás. Y sobre todo, me insistió, no hay que creerse la propia, porque ese es el camino más corto para fracasar y derrotarse a uno mismo.

Si hay votantes de derecha que se creen esta propaganda, flaco favor le están haciendo al partido político de la presidenta citada. Se alejan en la práctica del objetivo perseguido, sustituir al partido en el gobierno por el suyo. Flaco favor se están haciendo a sí mismos, como personas y como ciudadanos, si hacen dejación de la capacidad crítica de ver y pensar la realidad por sí mismos, sustituyéndolas por ese mixto de cabrón y mona que son las consignas propagandísticas. Ya advertía el Octavo Mandamiento sobre los peligros de la falsedad en la palabra, pero está visto que ése en concreto no ha sido transmitido en la cadena de valores de cierta autoproclamada derecha. Para quien lo haya olvidado: «No levantarás falso testimonio contra tu prójimo» (Éxodo 20:16 y Deuteroniomio 5:20).

Dicho lo cual, volveré a ese comercio porque me gustan sus productos, que es lo que importa de verdad.

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