Opinión | Jueves sociales
Pilar Galán
Noviembre
Nos lanzamos a la carrera, ilusos, y entramos en la noche sin sosiego, en este mes que dedicamos a los que no están, como si nosotros fuéramos a estar siempre
Noviembre es un mes feo, hay que reconocerlo. No me extraña que sea el mes dedicado a los cementerios y a la tristeza negra de los que quedamos en pie sin los que ya no están. Qué se puede hacer salvo practicar la nostalgia cuando las tardes se acortan y la noche cae sobre las ciudades a pesar de las luces, el Black Friday o cualquier cosa que inventemos para vencer la oscuridad, como si se pudiera. Noviembre trae al campo una quietud de barbecho, de presagio de helada y niebla enredándose en los zarzales. En la ciudad es distinto. Creemos poder adueñarnos de la luz y cada tarde el sol se despide con la burla inmisericorde y hermosa de unos atardeceres a la altura de Bécquer, con nubes desgarradas vestidas de fuego y oro. Noviembre es un mes para los románticos al uso. Tiene todo el atrezo: cementerios, noches cerradas, y una niebla persistente que enmascara cualquier amor prohibido. A cambio de esta puesta en escena de la literatura, las tardes se convierten en un suspiro, antes de sumergirnos para siempre en la negra noche que enreda pesadillas. Al final del túnel, nos espera san Andrés, y el estallido de la Navidad con su parafernalia, como si fuera una burla habernos hecho recordar a los que no están para luego celebrar una fiesta infinita en que las ausencias se notan con más fuerza. Quizá por eso, para aligerar este mes de gris melancolía, copiamos Halloween, el viernes negro, cualquier fiesta que nos aleje de la tristeza. A lo mejor, lo inteligente sería dejarse atrapar, entregarse a la oscuridad, dedicar estas tardes que enseguida languidecen a la reflexión, la lectura, el recogimiento. Estar en barbecho. Prepararse para la siembra. Adaptar el cuerpo a la naturaleza, porque nos viene de serie, no huir. Pero no lo hacemos. Cambiamos la hora, llenamos los escaparates dos meses antes de cualquier fecha, compramos compulsivamente, nos encerramos en centros comerciales bajo una luz enferma que nos debilita. La verdadera, la que agoniza cada tarde, nos espera a la vuelta con su olor a leña y andrajos, para recordarnos que es inútil correr, mucho mejor esperar a que se alarguen los días, porque la oscuridad no se puede vencer, sobre todo si nace de nosotros, si la llevamos dentro. Por eso noviembre es un mes extraño. En lugar de entregarnos al silencio, nos lanzamos a la carrera, ilusos, y entramos en la noche sin sosiego, en este mes que dedicamos a los que no están, como si nosotros fuéramos a estar siempre.
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