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Opinión | En la frontera

Abogada

A la sombra de los Apalaches

Ecléctica y casi única en el mundo, está dedicada no solo a la libertad de expresión, sin censura, sin noción de lo que es políticamente correcto o incorrecto, sino a la libertad de escuchar.

Espero que a la llegada de esta se encuentren bien. Pues en la interestatal 95 y salimos en dirección Smyrna, una zona amish, de granjas lecheras y almacenes de grano, de hombres con barbas holandesas o barbas Lincoln y sombreros de paja pasando el arado romano por sus tierras, cabriolés tirados por caballos y de cordeles para secar una ristra de vestidos negros y cofias blancas bailando en el tiempo. Pueblecitos que son casas diseminadas, y casas con el tejado vencido y el bosque desbordado que forcejea incontenible hasta romper las ventanas y conquista los antiguos huertos y los gallineros y lo hace suyos borrando la huella de otra vida, de los que huyeron o murieron y de los que no queda ni el nombre corroído en el buzón que ya no tiene quien le escriba.

Kilómetros de silencio y tras una curva un aserradero, una explanada donde se alinean, esperando el invierno, una docena de máquinas quitanieves, un taller de tractores, y una casucha con un cartel más grande que ella misma, 'Un lugar para comer'. La presencia de pic-up y camiones, nos hizo parar para desayunar. La foto en blanco y negro del Duque, John Wayne, tan feo, fuerte y formal, nos da la bienvenida. Banderas de los Estados Unidos y árboles de Navidad de todos los tamaños y formatos. Campanillas, trineos y renos, manteles con escenas de nieve y Santa Claus y ni un rincón sin adorno, ni donde apoyarte sin que sonara el 'Jingle bells' en pleno mes de agosto. Seguimos más al norte, por la ruta uno, hacia Monticello cada vez más cerca de la frontera. Solo hay un motivo para parar. Imaginen al fondo, el final de los Apalaches. Se levanta la Montaña Katahdin venerada por el pueblo de los nativos Wabanaki. Y ante nosotros una extensión desnuda, cruda, salvaje. Porque solo los aventureros que buscaban alejarse del mundo, esconderse y huir de normas y límites y convenciones sociales se adentraron tan lejos, en los bosques aún vírgenes. La carretera se estrecha y ya no hay direcciones de pueblos, sino número que identifican los asentimientos y las explotaciones madereras.

En medio una antena gigantesca te hace preguntarte si no será una instalación de la inteligencia o de la NASA. Junto a ella una casa redonda de madera. Nada que lo identifique. No hay vehículos. No hay animales. Ni sonido, ni movimiento. Nos asomamos, sin cerrar la puerta al entrar, sin estar del todo seguros. Aparatos antiguos de radio se mostraban como en un museo. Y una voz con un hola nos sobresaltó. Un Despacho pequeño a la izquierda con ventanas desde las que controlar la entrada y las antenas. Detrás de la mesa un hombre que parecía un personaje de película. Mayor, el pelo largo en una coleta, alto y enjuto, con su camisa de franela de cuadros como un Clint Eastwood. Estamos en la WBCQ de onda corta, 'Free speech radio', la radio de habla libre. Con sus 500.000 vatios cubre todo el mundo a través de 7490 MHz, 9.330 MHz, 5.130 MHz, 3.265 MHz y 6,160MHz dependiendo de hora del dia para maximización la propagación de la señal rebotando en la biosfera.

Ecléctica y casi única en el mundo, está dedicada no solo a la libertad de expresión, sin censura, sin noción de lo que es políticamente correcto o incorrecto, sino a la libertad de escuchar. Su dueño nos habla de la República Constitucional, de la libertad como bien supremo de este país. De que un ciudadano libre no solo debe decir, sino también escuchar opiniones distintas, religiosas, políticas…., y decidir como adulto, no como un niño adoctrinado al que se le dirige y se le “crea” su ideario. Por eso cualquiera con cincuenta dólares en el bolsillo puede tener una hora para hablarle al mundo. Para hacer música, para ofrecer su filosofía o creencias, para hablar del amor, del planeta, para leer su poesía, para contar los chistes con los que pretende ganarse la vida o que nadie ya le ríe. Proviene de la radio pirata, de cuando vivía y transmitía en una barcaza en Nueva York hasta que fue arrestado por carecer de licencia. Desde entonces, como un pionero mas, se dirigió al norte, a buscar los territorios indómitos, a los bosques que los indios consideraban sagrados. Una vez allí, conocido por los radioadictos por su modo de trabajar y su intención de mantener las ondas abiertas a quien tuviera algo que decir, recibió la propuesta del grupo religioso de origen protestante, World’s Last Chance, que busca enseñar la Biblia y preparar a las personas para lo que consideran el final de los tiempos, de financiar una antena de tamaño colosal para llegar a cada rincón el planeta. Y allí sigue, en compañía de su mujer. Los pilotos rojos en la cabina de radio le tranquilizan como si fuera un monitor Holter que señala que su corazón sigue con latido, porque significa que alguien está en el aire. Nos choca las manos, para despedirse. ¡Que tengáis buena ruta, volved cuando queráis, viva la radio libre!

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