Opinión | EL EMBARCADERO
Una espera de 50 años
No es justo que un Estado como el de Marruecos ocupe ilegalmente una superficie que no le pertenece y lleve a cabo un proceso de borrado sistemático de la identidad saharaui, obligando a este pueblo al desplazamiento forzado y amenazando así su existencia
Recuerdo haber visto de pequeño, en casa de mis padres, un viejo atlas en el que se mostraba que las islas de Cabo Verde pertenecían a Portugal y que el Sáhara Occidental era territorio español, con sus dos ciudades: Villa Cisneros -hoy Dajla- y El Aaiún. Esto, junto a un reloj que trajo mi padre de su estancia allí durante dos años para hacer la mili y fotos suyas que reflejan esos recuerdos y vivencias en la que fuera colonia española, me trasladan a la memoria este rincón del norte de África, que vuelve a estar de actualidad.
Durante este otoño de 2025 no solo se cumplen cincuenta años de la muerte del dictador, de Francisco Franco, sino también de una traición por parte de España: del abandono del Sáhara Occidental en manos de Marruecos. Medio siglo de la Marcha Verde (Marcha Negra la llama el pueblo saharaui), del éxodo hacia los campamentos de refugiados de Tinduf (Argelia), de los posteriores bombardeos marroquíes con armas químicas (otro genocidio) y de la constitución de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) por parte del Frente Polisario. El Sáhara sigue siendo ese asunto pendiente, esa indecencia que acarreamos como sociedad en España y que ningún gobierno ha afrontado con arrojo y una perspectiva de derechos humanos. Como en todo robo, hay responsables: quienes por acción u omisión se benefician de su resultado. En la cuestión largamente irresoluta del Sáhara Occidental se cruzan intereses geoestratégicos, económicos y políticos en los que entran en juego fosfatos, petróleo, gas, arena, bancos pesqueros, empresas multinacionales, casas reales… y países como Francia, Estados Unidos, Israel, Argelia o Mauritania, entre otros. Por eso, el derecho de este pueblo a la autodeterminación y el respeto a los derechos humanos de su ciudadanía es un empeño que está igual de vigente, o incluso más, máxime sabiendo que una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, del pasado 31 de octubre, califica la propuesta marroquí de autonomía del Sáhara Occidental como «la solución más viable al conflicto». La materialización de una infamia.
Los diferentes gobiernos españoles han venido apoyando la ocupación marroquí del Sáhara Occidental desde hace tiempo pero, sobre todo, desde la carta de 2022 de Pedro Sánchez en la que dice que la autonomía saharaui dentro del reino de Marruecos es la solución más seria, creíble y realista para resolver el conflicto. Como español, me avergüenzo de que sigamos decepcionando, de nuevo, al pueblo saharaui, teniendo en cuenta que España continúa siendo la potencia administradora del territorio y, por tanto, el ente que debería velar por que en él se respetaran los derechos humanos y se produjera una salida a esta disputa según se estableció: mediante un referéndum en el que los saharauis pudieran decidir su futuro. Resulta muy penoso que todo se centre en esos malditos intereses y no en la realidad legal: el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación. Pero, como ocurre otras veces, es distinto lo que hacen los dirigentes políticos y la sociedad civil, como muestra el veterano programa Vacaciones en Paz, que permite que cada verano miles de niños y niñas saharauis tengan una tregua de la miseria, del calor extremo y de la precariedad, con su subida a un avión que los lleva a pasar el verano con sus familias españolas de acogida.
Mientras los negocios, los pactos y las supuestas «soluciones prácticas» intentan hacer creer que lo mejor es darle autonomía al Sáhara Occidental, dentro de Marruecos, bajo la estela de una realpolitik, ¿quién piensa de verdad en la gente de este espacio geográfico? ¿Cómo se vive 50 años esperando volver a casa? La población saharaui sigue luchando por algo que debería haber quedado resuelto hace mucho tiempo. La descolonización está pendiente y hay mucho sufrimiento detrás, el de las personas que abandonaron su patria en 1975 y continúan guardando la llave en las jaimas de los campamentos de Tinduf, sobreviviendo como pueden a la inmensa precariedad de un lugar inhóspito y a múltiples secuelas y traumas. Y también el de quienes no han conocido esta tierra sino por el relato de sus mayores y han recibido el legado de una lealtad a una causa justa, que se sigue postergando. Han transcurrido cincuenta años de esta afrenta y para muchos saharauis es como si el tiempo no pasara; están atrapados en una espera interminable. Siempre he admirado esa resistencia y bravura del pueblo saharaui intentando vivir, ya sea en Tinduf o en los territorios ocupados, con dignidad, valentía, fuerza, alegría y siempre enarbolando alto sus ideales y su lucha. Pero no es justo, no lo es que un Estado como el de Marruecos ocupe ilegalmente una superficie que no le pertenece y lleve a cabo un proceso de borrado sistemático de la identidad saharaui, obligando a este pueblo al desplazamiento forzado y amenazando así su existencia.
Sostengo fotografías en las que aparece mi padre, junto a otros soldados y nativos, en Villa Cisneros o El Aaiún, y vislumbro a una tierra que ha de perseguir su proceso de emancipación y libertad. No podemos fallarles más al pueblo saharaui y las personas que creemos en la justicia y el derecho internacional hemos de acompañarlos. Como sociedad tenemos una responsabilidad incumplida, una asignatura pendiente para alcanzar aquello que plasma un poema del saharaui Saleh Abdalahi: «Salir a la superficie / con el aire de un mañana distinto, / que no conoce de espera».
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