Opinión
Califas (VI)
El emir Abd Allah I se convirtió en el máximo dirigente político y en el líder religioso del islam occidental.
De los cordobeses, me refiero a los califas, sabemos menos de lo que nos gustaría. Y eso que los cronistas cortesanos nos han legado un cierto número de noticias, más bien anécdotas, sobre ellos. Entre ellas puede espigarse el muy diferente temperamento de Abd al-Rahman III, de su hijo y sucesor al-Hakam II y del medio ambiente palatino en torno a su nieto, el desdibujado Hisham II. Impone la talla del primero. Subido a la tarima –era esto- del poder de Al-Ándalus, tanto como decir de la total península Ibérica, cuando era, apenas, un adolescente y fallecido octogenario –uno de los monarcas, con Jaime I de Aragón, más longevos; algún otro lo intentó y no llegó-. Comenzó siendo emir y pasó alrededor de treinta años trajinando, la mayor parte de las veces con las armas en la mano. No extraña la apreciación, elogiosa, de habérsele arqueado las piernas a resultas de las tantas horas pasadas a caballo.
Criado por su abuelo, el emir Abd Allah I, a falta de padre vivo, ejecutado por aquél debido a su impaciencia por llegar arriba. Se le enseñó a no fiarse de nadie, en un momento en el que el príncipe cordobés apenas controlaba más allá de las murallas de Córdoba, y es de suponer su suficiencia en conocimientos castrenses a fuerza de practicarlos y de ejercitarse en usar el palo y la zanahoria para someter a la mayor parte de los oligarcas territoriales, cuya fidelidad a la dinastía flojeaba o, definitivamente, había decaído. Sólo cuando acabó la tarea, con un esfuerzo titánico, tomó una de las decisiones más trascendentales adoptadas no sólo aquí, sino en todo el occidente europeo –porque las decisiones de la monarquía omeya occidental eran y se tomaban en Europa, mal que le pese al mundillo revisionista-: se proclamó califa (929). Subió de nivel. Se convirtió en el máximo dirigente político y en el líder religioso del islam occidental.
No somos capaces de calibrar en su debida escala lo que este gesto significó. Una decisión que afectaba directamente a unos enormes territorios y a un sinfín de gentes, a ambas márgenes del Mediterráneo y parte del Atlántico. Ya todos los creyentes, convencidos de la exclusiva legitimidad de unos príncipes huidos de la lejana Siria al lejano Magreb.
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