Opinión | Fragmentos de Badajoz
Rafael Lucenqui, el soldado pintor
Fue continuamente vejado y vigilado, además de sufrir amenazas como la de mandarle a Filipinas, atribuyéndolo a sus conocidas ideas políticas y su adhesión a Baldomero Espartero

Rótulo de la calle Rafael Lucenqui de Badajoz. Debería figurar 1807-1872. / P. C.
Rafael Lucenqui nace en Badajoz el 9 de mayo de 1807, no en 1809 como citan varios autores. Se bautiza al día siguiente en la catedral con los nombres de Rafael Antonio Gregorio María. Su padre, Antonio Luschinsky, lo hispanizó por Lucenqui, como también hizo Rafael después de casarse. Antonio había nacido en 1767 en una ciudad polaca llamada Kołomyja, que perteneció a una antigua región llamada Galitzia y que más tarde fue dividida entre Polonia y Ucrania. Llegó a España en 1795 y durante seis años formó parte de las Reales Guardias Walonas. En Badajoz contrae matrimonio en 1803 con Juana Francisca del Carmen Martínez Rodríguez.
Rafael, formado artísticamente junto a su padre, fue probablemente el último de la familia que se dedicó a la pintura, aunque con mejores cualidades artísticas, además de tener una obra mucho más extensa, sobre todo en la provincia de Cáceres. Se alistó voluntariamente en 1833 en la Milicia Veterana de Badajoz. Por real orden del 26 de junio de 1843 fue nombrado caballero de la Real Orden de Isabel la Católica por méritos de guerra contraídos en 1836, siendo teniente de la Guardia Nacional en Badajoz. Participó en la famosa batalla de La Cumbre (Cáceres), tras el levantamiento contra Espartero.
Rafael partió de Badajoz con las fuerzas que no quisieron seguir esta revolución a las órdenes de su general, Mariano Ricafort. El 12 de julio se practicó un reconocimiento sobre la localidad de La Cumbre, a unos 10 kilómetros de Trujillo, que lo ocupaba la columna de sublevación antiesparterista que salió de Badajoz al mando del coronel Vasalo. En las inmediaciones de este pueblo comenzó la batalla. Después de un duro combate de cuatro horas, las tropas de Ricafort derrotaron a la columna formada por 600 soldados. Los oficiales fueron propuestos para la cruz de San Fernando y a Rafael su ascenso a capitán por su buen comportamiento y, parece ser, se le entregaría también la cruz de San Fernando, una condecoración que solo se obtenía en el campo de batalla.
El 2 de agosto de 1843 entraron en la ciudad de Cáceres en medio de una compañía de infantería que le esperaba. Atravesó la ciudad sin poder mover la pierna, muy inflamada, a consecuencia de la herida que recibió en la batalla y el sofocante calor. Al llegar a sus inmediaciones, muchos vecinos empezaron a gritarle pidiendo su cabeza: «muera, muera, muera el ayacucho». Los ayacuchos eran militares que habían luchado en la Guerra de la Independencia de América, cuya última batalla importante perdida por España había sido la de Ayacucho (Perú), en 1824. Supuso el final definitivo del dominio administrativo español en América del Sur. El más destacado de los ayacuchos fue Espartero, quien fue acusado de golpista, dictador y más tarde de traidor a la patria. Gracias a la ayuda del entonces alcalde de Cáceres, Antonio Fariñas, se pudo detener a la muchedumbre. De no haberlo hecho, le hubiera costado la vida.
El 10 de septiembre de 1843 recibe orden de volver a Badajoz, con la obligación de presentarse diariamente al comandante general de la provincia y «vigilado por uno de sus esbirros». Regresó a Cáceres, quedando para el reemplazo hasta el 16 de octubre de 1847, cuando fue destinado a la compañía de granaderos del Batallón Provincial de Cáceres. Durante este tiempo, según él, fue continuamente vejado y vigilado, además de sufrir amenazas como la de mandarle a Filipinas, atribuyéndolo a sus conocidas ideas políticas y su adhesión a Baldomero Espartero. Por todo ello, Rafael solicitaba una remuneración económica en 1869. Entonces estaba fuera del servicio tras ser despedido en 1848, según él, por «causas puramente políticas». Su petición le fue denegada.
En 1848 la reina Isabel II le había concedido licencia absoluta para retirarse. Se le concedió, pero no la remuneración económica, por llevar solo diez años de servicio. El motivo de pedir la baja era que estaba imposibilitado para continuar a consecuencia de la lesión de su rodilla derecha. Le ocasionaba una inflamación estacional, de la que no se había podido curar ni con la ayuda de los médicos. Volvería al servicio si se recuperaba, «pues no contaba con otro patrimonio que la espada».
Los médicos del Hospital Civil Militar de Cáceres certificaban que Rafael tenía una artritis traumática, debida al abandono de los medios terapéuticos y las marchas forzadas para llegar a Cáceres. Esto hizo que su lesión se hiciese crónica, sufriendo frecuentes agudizaciones que le impedían hacer una vida normal. Finalmente, se le concedió la remuneración en 1854, teniendo en cuenta sus «cualidades, patriotismo y decisión por la causa de la libertad». Se le reconocerían los empleos, grados, honores y condecoraciones militares que acreditase haber obtenido en 1843 y 1844.
Tras abandonar definitivamente su carrera militar por su lesión de rodilla y, supongo que harto del trato que sufrió en el Ejército, se establece definitivamente en Cáceres. Tenía su domicilio en la entonces calle Rabo de Gato, número 4, hoy calle Clavellinas. Allí pintó para la plaza Mayor de Cáceres el famoso cuadro de la Virgen de la Paz, conocido como «la Virgen de los Partos», por la devoción que le profesaban las mujeres que deseaban quedar embarazadas.
Estaba ejerciendo de catedrático de Dibujo en el Instituto de Segunda Enseñanza desde 1844 hasta 1869. Esta cátedra desaparecería temporalmente. La Diputación de Cáceres, en su sesión del 31 de octubre de 1868, citaba una instancia de varios artesanos de la ciudad pidiendo restablecerla a cargo de Rafael y se le pagaría un sueldo anual de 6.000 reales. El periódico cacereño El Noticiero del 2 de octubre de 1908 citaba que se le recordaba con cariño, por el entusiasmo con que atendía su clase. A ella contribuyó con 2.500 reales de su sueldo para la adquisición de materiales.
Había contraído matrimonio en la Catedral de Badajoz el 26 de enero de 1826 con María Concepción Romero Rodríguez. De este matrimonio me consta una hija: Rafaela Anselma Lucenqui Romero. Nacida en Badajoz, fue bautizada como expósita (de padres no conocidos) el 22 de abril de 1828 en la catedral. En su partida figura que había sido entregada en la Real Casa Hospicio. Sin embargo, el 22 de mayo de 1841, se anotó en la partida que era hija de Rafael Lucenqui y de Concepción Romero, tras reconocerla como hija legítima. Esto era habitual en matrimonios que no podían hacerse cargo de ellos al nacer. No tuvo buena relación personal con su mujer. Ella, «pobre de solemnidad», desde Badajoz, le reclamaba judicialmente en 1850 «para que se le acuda con medios de subsistencia compatibles al estado de abandono en que por su separación voluntaria la tiene». Daba un poder a Eusebio Bolaños, procurador de Cáceres, para que «siga la expresada demanda, previo el acto de conciliación a que asista con facultad de conformarse o no por el fallo del juez de paz. Y en caso de no avenencia, siga en juicio en todas las instancias y tribunales».
Rafael Lucenqui Martínez, siendo ya viudo, fallece en Cáceres a los 64 años de edad el 23 de marzo de 1872.
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