Opinión | Disidencias
Yakarta
Quiero ver qué hay en esas vidas, en esas casas, en esas familias, en esas almas y comprobar por qué, aunque no lo crean, aunque no lo acepten, aunque no lo sepan, aunque no les importe, están tristes
No sé si porque noviembre es un mes triste, porque Hacienda ha pasado por mi casa a cobrarse el segundo pago de lo suyo, de lo que dice que es suyo, porque te acuerdas de los difuntos, porque hay demasiados eventos relacionados con la solidaridad lo cual demuestra que hay mucha ayuda por prestar y eso nos lleva -como dicen todos los indicadores serios y no la propaganda chusca de siempre- que cada vez hay más pobres o los sueldos no llegan para todo o los precios han menguado el número de productos que echamos al carro del supermercado, pero tengo la sensación de que, tal vez (y con ello no deseo situarme en la trinchera o debatir con alguien porque hasta de esto empiezo a estar ya cansado), solo tal vez, no estemos viviendo nuestro mejor momento como sociedad, como personas.
No sé si es porque cada vez te llegan más noticias de gente a la que quieres que muere o enferma, porque nos vamos haciendo mayores y, si bien vas aprendiendo a relativizarlo todo y ya poco o nada puede perturbar la opinión que tienes sobre esto o aquello, la verdad es que lo importante no deja de generar en tu interior una diaria desazón que no sabes explicar, que no sabes superar, que no sabes olvidar o porque, sencillamente, la vida pasa y el paso por esta vida consiste en encontrarle un sentido a lo que no siempre lo tiene, afrontar conflictos, sumar pérdidas y ausencias y descubrir que la felicidad, él éxito o la alegría apenas es un chispazo que incluso puede cortocircuitar toda tu minúscula, perecedera y atrabiliaria existencia.
El caso es que ves a la gente, nos vemos todos, saliendo, entrando, trabajando, en paro, luchando, perdiendo, alguna vez ganando, cayendo, levantándonos, ahorrando, construyendo, derribando, gente que llega, gente que se va, mirando, no queriendo mirar, soñando y sin soñar, yendo y regresando, una especie de tiovivo diabólico, de espiral de silencio y ruido, agujeros negros en el camino, familiares, amigos, conocidos, adversarios, enemigos, lugares comunes, silencios, simples, intensos, coléricos, histéricos, airados, hipertensos, caminantes, sedentarios, en fin, que no quiero seguir describiendo a estas tribus urbanas envueltas en celofán, adornadas en papel de regalo, que creen vivir en áticos y no salen del subterráneo.
Gente que nada contracorriente o cree estar subida en una montaña rusa de circunstancias que no entiende. Gente que se revoluciona en un vaso de agua, que ha traicionado su ideología por una buena paga, que ha mentido a su yo de ayer por un salir vivo de esta. Gente polarizada, envilecida, vendida al por mayor, empobrecida sin remedio, anclada en subterfugios, en entelequias, en debates estériles, en discursos de guerrilleros de pacotilla, en lectura de tebeos, en religiones vacías, en dioses en minúscula, en líderes sin alma, en un mundo donde se dejan llevar aunque sea al infierno, un mundo que no hace prisioneros, donde solo escalan los que no tienen escrúpulos y son los débiles los que aguantan el peso de una contienda donde, al final, todos pierden.
Me gustaría que el genio de la lámpara me concediera tan solo un deseo: poder observar a través de una imaginaria mirilla y descifrar a toda a esa gente que camina por la vida. Quiero ver qué hay en esas vidas, en esas casas, en esas familias, en esas almas y comprobar por qué, aunque no lo crean, aunque no lo acepten, aunque no lo sepan, aunque no les importe, están tristes. No nos consuela la cerveza de mediodía cuando quienes nos mandan comen en restaurante de tres estrellas y no necesitan un año de espera. Ni la subida del salario mínimo cuando los serviles alcanzan sueldos que ni en cien vidas veremos. Ni un paisaje coloreado cuando en la intimidad del hogar, a fin de mes, frente al espejo o antes de bajar del coche para continuar con el esperpento, te das cuenta de que todo es una mentira y tú no eres más que un peón, ni siquiera torre o caballo o alfil, un peón que será devorado en la primera jugada.
Un peón o una marioneta que manejan unas manos que jamás vemos quién es su dueño o un árbol de hojas secas que el viento mece, casi siempre suavemente, para engañarnos, para hacernos creer, que siempre formaremos parte del árbol cuando, un buen día, sin darnos cuenta, alguien nos ha talado, nos ha cancelado, ha decidido que nuestra vida ya no aporta, no sirve, no suma, cuando ya no somos de los nuestros o de los suyos, porque siempre nos perdimos en los eufemismos y en la dialéctica mientras nos empapaban de doctrina, de simulacro y de teatro malo.
Yakarta, la serie estrenada por Movistar, la, probablemente, mejor serie española del año, con unos Javier Cámara y Carla Quílez descomunales, plantea una historia simple de personas normales con sus vidas rotas, emponzoñadas por recuerdos turbios, envasadas en circunstancias que asfixian, abocadas a convivir con la desesperación, la perversa rutina, los futuros inciertos y los amores truncados. Yakarta es la búsqueda de una felicidad inexistente, que jamás llega, por la que uno trabaja a destajo y va descubriendo por el camino aquello que un solitario y triste imitador de Julio Iglesias le dice a un desolado Joserra, el fracasado jugador de bádminton: "De tanto correr por la vida sin freno/ me olvidé que la vida se vive un momento./ De tanto querer ser en todo el primero/ me olvidé de vivir/ los detalles pequeños". Somos vidas con mochilas cargadas de sueños no cumplidos y, mientras el mundo nos frena, igual encontramos sentido a todo fijándonos en los detalles pequeños que suelen ser los que valen la pena.
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