Opinión | A mesa puesta
Bar Nuevo Chicago 1932: una barra con memoria en el barrio de la Estación
El Bar Nuevo Chicago 1932 demuestra que la hostelería, cuando se hace con constancia, es más que un negocio: es un servicio al barrio y un espacio de identidad compartida

El dueño de El Chicago, Jose, detrás de la barra sirviendo una cerveza muy fría. / P. G.
El barrio de la Estación de Badajoz guarda una de esas direcciones que no necesitan presentación. Basta con pronunciar 'Chicago' y muchos pacenses saben de qué hablamos. El Bar Nuevo Chicago 1932 es mucho más que un local de hostelería: es un pedazo de historia colectiva. Nació en 1932 en la calle San Pedro Alcántara, en pleno Casco Antiguo, abierto por el abuelo de Jose y de Juani; allí resistió hasta 1937, cuando la familia lo trasladó a la calle Torres Naharro, en la barriada de la Estación. Desde entonces ha sobrevivido a guerras, trenes que iban y venían, generaciones de clientes y modas que pasaron de largo.
En 1986, los hermanos Jose y Juani tomaron el relevo. Jose asumió el timón del bar y fue imprimiendo su sello personal, mientras Juani se situó al frente de la cocina. Desde hace seis años, Jose lleva el negocio en solitario, acompañado por su hermana Mary, que mantiene viva la tradición familiar desde los fogones. En cada aniversario se recuerda la historia del bar con sencillez, agradeciendo a quienes lo han mantenido vivo casi un siglo.
Hace ya dos años que dejaron de servir desayunos. El horario actual arranca a las doce del mediodía y se extiende hasta las cuatro y media, para volver de siete y media a once y media de la noche. Jose, que prefiere centrarse en las birras y las tapas, ha hecho de ese tramo horario su terreno natural. A esa hora el bar se llena de ruido amable, de vasos que chocan y tapas que van y vienen: croquetas, patatas bravas, tortilla, rabitos de cerdo en tomate, prueba de cerdo… Son los aperitivos que mandan en la barra, los que conocen de memoria los clientes de siempre. A su lado, los botellines de cerveza muy fríos, con esa escarcha que los hace inconfundibles. No hace falta carta extensa ni artificio: la cocina es clara, reconocible y hecha con mano de oficio.
En sus grifos se comparten cervezas de verdad y vermuts a la mejor altura. La carta de birras es otro de sus orgullos: unas cuarenta referencias que van desde las clásicas hasta etiquetas artesanas que rotan según la temporada. No hay pretensiones, solo criterio y constancia: la caña bien tirada, el botellín frío y el vermut servido con respeto. La música marca el pulso: rock duro y heavy metal de los 80 y 90, los sonidos que acompañan a Jose desde siempre y que aquí se escuchan con el mismo respeto que se sirve una buena caña. Entre guitarras y confidencias, el murmullo de la barra se mezcla con las conversaciones de quienes se sienten en casa.
La cocina de su hermana Mary es tradicional, heredada directamente de su madre. En los fogones combina oficio y cariño, manteniendo el sabor de siempre con un punto de orgullo familiar. Carrilleras estofadas, morcillas en salsa, torreznos de Soria, zamburiñas, boquerones, huevos fritos con papas, hamburguesas de retinto y de Angus… forman parte de una carta que ha sabido crecer sin perder raíz. Pero si hay dos platos que definen la casa, son el bacalao a la nata y el solomillo al oporto, señas reconocibles que explican por qué muchos acuden desde otros barrios solo para comerlos.
La decoración habla el mismo idioma que la música: portadas de discos, pósteres y recuerdos de las grandes bandas de rock duro y heavy metal cubren las paredes, mezclándose con fotos antiguas del barrio ferroviario. Cada rincón tiene su historia, desde la barra viva hasta las mesas que han visto pasar miles de conversaciones. El protagonismo lo tienen el ambiente y la memoria, ese hilo invisible que une los acordes de un solo de guitarra con las voces de los clientes de siempre. En el Chicago se mezclan generaciones de vecinos, grupos de amigos y amantes de la buena cerveza, de las tapas honestas y del sonido eléctrico que lo envuelve todo.
A mediodía, el sol entra por los ventanales y se refleja en las botellas alineadas, como si el tiempo se tomara un descanso. Afuera, la estación marca el pulso; dentro, Chicago mantiene su ritmo propio, sin estridencias. Hay quien dice que este bar es el corazón del barrio. Aquí se han cerrado tratos, se han celebrado nacimientos y se han brindado alegrías. Cada historia tiene su rincón en esta barra de acero, testigo de casi un siglo de confidencias.
El Bar Nuevo Chicago 1932 demuestra que la hostelería, cuando se hace con constancia, es más que un negocio: es un servicio al barrio y un espacio de identidad compartida. En una época en que lo nuevo se consume rápido, Chicago recuerda que lo clásico, lo bien hecho, lo que respeta al cliente, no pasa de moda. Por eso, el 1932 no es una fecha muerta, sino una promesa viva: seguir siendo punto de encuentro, barra de confianza y memoria colectiva. Mientras en Torres Naharro, 4 siga abierta la puerta del Nuevo Chicago, siempre habrá un sitio donde sentirse en casa.
Cuando cae la tarde y el sol se filtra entre las vías, Chicago se ilumina con esa luz dorada que convierte cualquier esquina en recuerdo. En la barra, un último café marca el fin del día y el principio de la tertulia. Afuera pasa un tren, adentro suenan las guitarras. Todo sigue igual: barrio, vida y rock servidos en vaso corto.
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