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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Zahoríes

He sido un especialista, podría decirse que un tecnócrata, me he movido entre ellos prácticamente toda mi vida profesional, por lo que creo que estoy capacitado para decir que yo jamás dejaría el gobierno en nuestras manos

Posiblemente sea una narración apócrifa, pero una vez oí o leí, no recuerdo, que cuando una compañía minera quiere abrir una bocamina nueva contrata a un zahorí. Según la narración, lo hace a pesar de contar con excelentes y carísimos estudios de geólogos y de ingenieros de minas. Lo que no consigue la empresa es que los técnicos en geología y en minería se pongan de acuerdo, ni entre especialidades ni dentro de cada especialidad, sobre el mejor lugar en el que empezar la obra. Así, contratan al zahorí quien, una vez hecho lo que hagan los zahoríes, señala un lugar concreto. Aquí, y punto. Por lo visto, a la empresa tanto le da empezar en ese sitio o en otro cualquiera, el caso es empezar, en dinero costaría lo mismo. Sólo necesita alguien que les diga eso, aquí y punto, a excavar.

La anécdota viene a cuento, no por las compañías mineras, ni propiamente por los zahoríes, sino por los técnicos en la materia. Durante años he sido funcionario, burócrata, técnico, de no pequeño nivel, he participado en muchas reuniones, de esas donde se toman decisiones, he debatido con colegas de mi ramo y de otros sobre cuestiones y acciones a tomar por la administración pública. Muchos debates han sido acalorados, incluso tensos y rayanos en la violencia verbal. De las reuniones como tales jamás salía una decisión final, los técnicos nunca terminábamos de estar del todo de acuerdo en cuál debía ser. La decisión final la tomaba siempre el representante político de turno, y no siempre en la dirección que los técnicos apuntábamos. Algunas veces incluso en la contraria.

Contaré un caso concreto. Cuando por fin hubo una cantidad significativa de dinero en la Junta de Extremadura para restaurar, mantener, rehabilitar o simplemente arreglar la Catedral de Badajoz, se pidieron informes varios, hubo alguna reunión que otra. La cantidad no era suficiente para acometer todas las necesidades del edificio, era necesario optar por una intervención parcial. Los técnicos, unánimemente, estábamos de acuerdo por una vez: había que invertirlo en las cubiertas, que estaban en un estado lamentable. El entonces Director General de Patrimonio Cultural, un cargo político, decidió lo contrario, que se invirtiera en arreglar la fachada, que estaba fea, pero no corría peligro alguno ni arquitectónico ni patrimonial. Los técnicos, arquitectos, historiadores del arte, arqueólogos, nos pusimos hechos una furia, eso podía esperar, había que arreglar las cubiertas. El director aguantó, nos decía que si no se gastaba el dinero en algo que se viera, jamás habría más para acometer todo lo demás. No le creímos, nos enfadó, y al fin se contrató y ejecutó la obra de la fachada, para general satisfacción de la población. A toro pasado, el Director General tenía razón, nos equivocábamos los técnicos. Debo reconocerlo. A trancas y barrancas siguió habiendo financiación y desde la primera obra hasta hoy se ha conseguido mantener y rehabilitar la catedral. Allí luce para quien quiera verlo.

Todo esto que digo no es por contar una historia local y concreta, quiero ver hasta qué punto puede tener una aplicación general. En estos momentos en los que se cuestiona de una manera tan bárbara, atroz e insistentemente a los políticos, cuando hay quien reclama un gobierno de tecnócratas y especialistas, quiero romper una lanza a su favor. No sólo son nuestros representantes, sino también nuestros zahoríes, sirven. He sido un especialista, podría decirse que un tecnócrata, me he movido entre ellos prácticamente toda mi vida profesional, por lo que creo que estoy capacitado para decir que yo jamás dejaría el gobierno en nuestras manos. Al final, no sabríamos abrir la bocamina, no sabríamos restaurar la catedral, seguiríamos discutiendo hasta la saciedad las opciones, que es lo que hacemos y sabemos hacer, por lo que nos pagan. Ahora bien, tomar decisiones, eso es un acto político y para tomarlas también hay que saber. Para eso las empresas mineras contratan (apócrifamente) zahoríes, para eso elegimos políticos para confiarles temporalmente, siempre de forma provisional, el gobierno.

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