Opinión | Cuaderno de viajes
Canadá
Hoy en día es un lugar desde donde admirar las ballenas y sobre todo conocido por estar situado en la Bahía de Fundy donde tienen lugar las mareas más altas del mundo
Espero que a la llegada de esta se encuentren bien.
La frontera.
Bienvenue au Canada.
La hoja de arce roja ondea en el cielo azul de agosto. Un enorme cartel amarillo pide reducir la velocidad por la presencia de alces. Nos desviamos y entramos en carreteritas que se hacen curvas a propósito para que vayas despacio, para que acomodes la respiración a los giros del volante, el pulso se va haciendo lento y la prisa se queda atrás, perdiéndose de vista en el retrovisor. Un recodo que se ensancha hasta la orilla para poder detenerse y mirar. En medio, una isla que ahora es territorio de Estados Unidos pero casi se puede tocar. Es Saint Croix Island, donde se ubicó el primer intento de colonización francesa en América del Norte en 1604, liderado por P. Dugua, en la región que llamaron ‘Acadia’, aproximadamente a 6 kilómetros aguas arriba de la desembocadura del río en la bahía de Passamaquoddy. Con menos de una centena de hombres llegaron a la isla y construyeron viviendas, almacenes y fuertes para defenderse de los nativos, sin advertir que las condiciones climáticas serian tan duras. El invierno los sorprendió temprano con nevadas intensas. El frío y la ausencia de comida y de agua potable hizo que la mayoría de la población muriera de escorbuto o hambre. Los pocos que sobrevivieron, enfermos o muy débiles lograron abandonar la isla en cuanto llegó la primavera para trasladarse a Port Royal en la actual Nueva Escocia.
Causa escalofrío estudiar los planos, tan primorosos y detallados y los escritos donde describían el proyecto de lo que creían sería una nueva vida, y que resultó ser un tormento y el final para muchos.
Seguimos hasta St. Andrews by-the-Sea. Bella y luminosa. Pequeña, con poco más que una calle para pasear con tu baguette bajo el brazo y una sensación extraña que tienen en común los lugares fronterizos, ese aire que lleva aromas del país de al lado, sin que llegue a contagiarse, pero que se siente. Aquí además se nota algo más. Los restaurantes, los saludos al cruzarte con una señora muy que requete elegante que pasea a su perro, los escaparates de las pequeñas tiendas …., recuerda, como un perfume sutil, a Francia y a la vez a Inglaterra. A apenas unos kilómetros de Estados Unidos, a una le reconforta cerrar los ojos y casi creer que ha vuelto a Europa.
La Poste, la plaza con los plátanos podados para hacer un entramado de sombra, pastelerías con croissant y pain au chocolat, conviven con hotelitos donde se sirve el té a las cuatro, y edificios con el encanto colonial británico del siglo XVIII, con sus puertas de colores como si fuera un pequeño barrio de Londres. Fue fundada en 1783 por lealistas del Imperio que huían de la Revolución Americana. Hoy en día es un lugar desde donde admirar las ballenas y sobre todo conocido por estar situado en la Bahía de Fundy donde tienen lugar las mareas más altas del mundo.
Nuestro hotel lo regentaba un señor atractivo, elegante, que servía scotch bajo lamparitas verdes, en su bar de madera oscura y cuero, mientras contaba su vida, salpicada de nombres de artistas y personajes legendarios, con los que había recorrido el mundo, pero siempre volviendo a casa.
Unos kilómetros más allá está Saint Stephen. Ese día había un acto de fraternidad entre los dos países. Un desfile encabezado por un gaitero y por el alcalde y los mayores del lugar, y seguido por vecinos de distintas edades marchaban agitando banderas de Canadá por el puente en cuya mitad se sitúa la frontera. Al otro lado, un estandarte alto con una enorme bandera de los Estados Unidos apenas dejaba ver la cara de los que se situaban detrás, también el alcalde, los músicos, los veteranos de guerra, personas mayores y muchas familias. La policía y el ejército de a cada lado de la raya, al margen, pero alerta. La música se detiene y suenan los himnos. Todos se despojan de sus gorras, bajan la cabeza en señal de respeto hasta que ambos terminan. En ese momento los brazos se extienden y los alcaldes se dan la mano. Un estruendo de aplausos rompe la solemnidad del momento. Y el pueblo olvida a sus dirigentes y miran al vecino, se funden en abrazos, como si fueran familia, se intercambian banderines, se preguntan por la familia, los niños juegan entre sí y, sin discursos, elevan dos copas en un brindis que habla de amistad y cercanía. Una enorme tarta con los colores de cada país. Un policía canadiense tiene la boca llena de merengue y aun así ríe a carcajadas el comentario de un agente estadounidense. Desde lejos el puente es una fiesta. El sol se pone sobre el río St. Croix, feliz, en esta tarde de agosto.
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