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Opinión

Escritor

Juan

Juan ha sido, para muchos, el aparcacoches de la calle Padre Rafael en Badajoz durante los últimos catorce años

Juan.

Juan. / M. A. C. B.

La primera vez que le vi, ya consiguió inspirarme el deseo de conocer su historia. Juan tiene un magnetismo inusual: su barba blanca y sus ojos verdes, que no rehuyen la mirada, son lo primero que te atrae. Pero lo que te hace quedarte, es su silencio. Reza un proverbio que el necio no sabe lo que dice y el sabio no dice lo que sabe, y Juan calla con la sabiduría que le otorga su increíble capacidad para observar.

Juan ha sido, para muchos, el aparcacoches de la calle Padre Rafael durante los últimos catorce años: un hombre correcto, siempre atento, al que nunca le he escuchado una mala palabra o una voz más alta que otra. Alguien que se busca la vida sin hacer daño a nadie y que si puede, te ayuda, aunque no obtenga unas monedas de vuelta.

Sin embargo, para unos cuantos que sabemos algo más de su vida anterior, es mucho más que eso. Es, para empezar, la prueba de que la vida te puede dar una hostia y, de la noche a la mañana, arrasar los pilares que te sustentan; de que querer no es poder y poder no es querer, porque la complejidad de la existencia no cabe en una taza de Mr. Wonderful; de que, a pesar de todo, uno puede elegir cómo vive su descenso a los infiernos, y de que es posible hacerlo con integridad y humanidad, aunque esas sean cualidades que a veces compliquen la vida en la calle.

Hay más dignidad en un padrastro de Juan, que en todas las medallas, títulos, y cuentas bancarias de algunos prohombres. Hay más humanidad en una sola sonrisa de Juan, que en todo el Congreso de los Diputados. Pero hace semanas que esa sonrisa peligra por una decisión aparentemente inocente y aséptica, como lo parece siempre el progreso: su calle, la calle Padre Rafael, pasa a ser plataforma única y, por lo tanto, ya no se podrá aparcar.

«No es tan fácil», dice Juan cuando alguien intenta hacerle ver lo obvio: que en Badajoz hay muchas calles. «Casi todas en las que se puede, están cogidas, y yo no quiero tener que discutir con nadie», concluye con la mirada perdida en el luminoso de Lamagrande. Ahora deambula por las calles aledañas intentando encontrarle un sentido a las agujas del reloj.

Juan se ha quedado sin trabajo, esa es la realidad, y no tiene ningún derecho a reclamar porque su relación laboral, los servicios prestados, las horas trabajadas, son invisibles al sistema, en cuyos márgenes se puede sobrevivir siempre y cuando uno comprenda que si cae, no habrá red que amortigüe la caída.

Por eso, si te cruzas con Juan estos días, no vuelvas la cara ni hagas como que no le ves. Seguramente no puedas darle un trabajo; tal vez no puedas darle ni siquiera una moneda, pero mírale a los ojos, dale la mano y dile que para ti no es invisible. Quizás eso le ayude a transformar este momento tan duro en una razón para empezar de nuevo.

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