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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (VII)

Hay que esperar a la edificación de El Escorial, por Felipe II y en pleno siglo XVI, para encontrar un ejemplo parangonable

La personalidad de Abd al-Rahman III se ha abordado siempre desde el respeto que inspiró a los historiadores su largo reinado y su enorme labor para unificar Al-Ándalus en su sola mano. Impresionó lo que aparentó ser para todos un carácter muy fuerte, muy decidido e implacable en el logro de sus metas militares y políticas. Y también lo hizo por sus empresas arquitectónicas, cuya consideración se ha ampliado gracias a las investigaciones arqueológicas de los últimos veinte o treinta años. De hecho, sabíamos de la magnitud de la obra acometida para dotar a la mezquita mayor de Córdoba de un alminar capaz de patentizar su calidad de príncipe de los Creyentes (929) y, por encima de todo, por la fundación de la ciudad palatina de Medina Azahara. Hoy sabemos con conocimientos más matizados, gracias a, como poco, dos generaciones de investigadores -la mayoría, pero no todos, nacionales- que en realidad esas grandes obras no lo fueron de modo aislado. El primer califa cordobés estabilizó su poder y emprendió un programa propagandístico de características colosales. Prácticamente, hay que esperar a la edificación de El Escorial, por Felipe II y en pleno siglo XVI, para encontrar un ejemplo parangonable.

No solo planeó -mandó trazar y edificar- una ciudad-palacio -ahora sabemos que no lo hizo sobre un área yerma, sino sobre una residencia previa de menores hechuras-, para equipararse con los grandes monarcas orientales, cuyo ejemplo siguió a pie juntillas. También fue el auténtico inventor de la segunda ampliación de la aljama cordobesa, que concluyó y se atribuyó en exclusiva su hijo y sucesor, el también califa al-Hakam II. Se trató de un enorme programa de rasgos y dimensiones imperiales. Había de quedar claro, para sus súbditos y para sus enemigos -sobre todo los musulmanes- quien era el líder de la comunidad de los creyentes. Por cierto, la proclamación califal se hizo después de la toma de Bobastro, pero, también, y no creo que con menor contenido simbólico, después de la caída de Mérida en sus manos. Antes que la entonces capital regional, Badajoz, y que la antigua sede de los reyes visigodos, Toledo. La obsesión por la lucha entre moros y cristianos ha hecho errar algo el tiro.

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