Opinión | Disidencias
Franco
En España hay más antifranquistas que con Franco vivo, lo cual parece más cómodo, desde luego. Resulta que ahora, todo el mundo corrió delante de los grises o estuvo detenido o preso o represaliado, aunque ni siquiera hubieran nacido
Este 20 de noviembre se cumplen cincuenta años desde la muerte de Franco. No, no llegó entonces la democracia como algunos iletrados alegan. Hubo que desmontar una dictadura, un régimen que había durado desde 1939. Un régimen muy duro en los cuarenta, un poco más relajado en los cincuenta, más aperturista en los sesenta y llegando a su fin en los setenta. Esto lo sé, fundamentalmente, porque he leído más de medio centenar de libros sobre la guerra civil y Franco, porque he visto todas las películas que se hicieron entonces y ahora sobre esta etapa de la historia de España, porque he asistido a decenas de exposiciones y conferencias sobre ello y, porque, obviamente, también hubo en el seno de mi familia tanto represaliados por los dos bandos como las historias íntimas y particulares que nos contaron sobre el hambre, la represión, el miedo y la adaptación a las circunstancias.
Tras la muerte de Franco, ese proceso de reconciliación y vuelta a la democracia no se hizo por arte de magia o fruto de un milagro y, menos aún, por el trabajo de contrarios al franquismo que se repartían por el exilio, las tímidas protestas del interior y un silencio ominoso más propio de asimilados que de revolucionarios. La única y sonada revolución que parecía haber en España era la desatada por una banda terrorista que, con la excusa de luchar contra un régimen autoritario, defendía ideas más autoritarias aún y asesinaba y secuestraba a discreción de tal manera que, muerto Franco, llegada la amnistía, la Constitución, la democracia, la libertad, los partidos políticos y el Estado de Derecho aumentaron exponencialmente su actividad delictiva y, especialmente, el número de asesinados, secuestrados, extorsionados y exiliados de su propia tierra, lo que demostró que su ideología no cabía en una democracia, sino en un sistema criminal que siempre quiso dinamitar esa democracia y provocar un nuevo enfrentamiento civil. La voladura del búnker y del franquismo orgánico -el sociológico tardó más tiempo en extirparse- se le debe al rey Juan Carlos I, a Torcuato Fernández-Miranda, a Suárez, a diversos políticos que instalados en el franquismo creían firmemente en la apertura y a líderes como Felipe González o Santiago Carrillo que, representando a la izquierda, supieron responder como debían a la llamada de los españoles, que solo querían paz, prosperidad y futuro.
Hoy, ese futuro anda revuelto. En España hay más antifranquistas que con Franco vivo, lo cual parece más cómodo, desde luego. Resulta que ahora, todo el mundo corrió delante de los grises o estuvo detenido o preso o represaliado, aunque ni siquiera hubieran nacido. Unas quieren reventar a la derecha, otros siguen enarbolando aquello de los dos bandos y como creen que se sitúan en el bando perdedor, no hacen más que buscar argumentos y construir muros para ganar una guerra que perdieron todos y que acabó hace 89 años, lo que demuestra el grado de perversión, conflicto, ruptura y degradación al que ha llegado un país ciertamente quebrado y a la deriva. Un país en extinción, se mire como se mire, donde ya no sirven las explicaciones, donde ya todo se reduce a ellos o nosotros, un bulo de país, arenas movedizas, fango por todas partes, impunidad a raudales, indefensión que da miedo y, en fin, una España vuelta del revés donde se revisa la historia, la lengua, la gramática, el territorio, los piropos, las tradiciones, los escritos, la religión, el pensamiento y, lo peor de todo, la convivencia.
Este es el escenario creado por una minoría extremista y reaccionaria, da igual que sean de izquierdas o de derechas, porque el fin es el mismo: la exclusión de la gente normal, la señalización del que opine diferente y la normalización del enfrentamiento y la polarización. El asco que da España no es por su geografía o por la mayoría de la gente, sino por la ignominia de algunos gobernantes, muchos representantes políticos y sociales y un buen puñado de descerebrados que usan los resquicios del sistema para destruirlo. País Vasco y Cataluña no tienen solución. Digan lo que digan aquí o allí, porque siguen instalados en la desmemoria histórica, en la rebelión violenta, en el supremacismo chusco, en el discurso entre victimista y guerracivilista y en el adoctrinamiento sistemático desde la inanición intelectual. En fin, a pesar de los dolorosos y sangrientos asesinatos de los ochenta y los noventa, de los secuestrados y exiliados -se ha cancelado ya incluso la memoria de los Blanco, Múgica, Lluch, Ordóñez, Buesa, López de la Calle y así más de ochocientos-, posiblemente fueron nuestros mejores años de democracia, que se intoxicó en los dos mil y ahora está en la uci. No estamos mejor, no somos mejores, no hay nada que celebrar más allá de la muerte de un dictador que se murió de viejo y en la cama, porque desde aquellos primeros lustros gloriosos no hemos hecho más que equivocarnos y agrandar la brecha de un enfrentamiento que empezó casi al poco de echar a los franceses de España. Cuando murió Franco yo era un niño de la EGB al que le dieron una semana de vacaciones. Y no sé si seguimos de vacaciones o hemos perdido el rumbo.
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