Opinión | Cuaderno de viajes
Volver
No podría jurar si lo vi con mis ojos o con los de mis tíos, con los de mi padre, y acabé así construyéndolos en mi cerebro como un Exin Castillo, pero todo encaja
Volver. Pero no con la frente marchita, sino como dicen las últimas estrofas de la canción, ”…, sentir, que es un soplo la vida …, vivir". Volver, sintiendo, con premeditación, conscientemente. Dispuesta a tener el oído, el ojo, la piel…, presta para el privilegio de poder volver a casa. De que una casa nos espere, con su olor que en realidad es olor a ti mismo. Con su color, que no es solo aquel matiz de blanco magnolia que tanto costó conseguir. Casa es también tu ciudad o tu pueblo, el escenario donde transitar sintiéndose seguro, o donde reconocer una esquina donde te besaron o que dobló un día alguien que salió para siempre de tu vida.
La plaza de Alféreces donde merendabas con tu hijo esperando que la niña saliera de ballet. Hombres con bata azul grisácea en los ultramarinos Antúnez, donde tu abuela encargaba el bacalao, las legumbres, el casi todo y donde te “ves”, con el uniforme, muy chica, arrugando la nariz por el olor a sardinas, que muy requetecolocaditas, en una caja redonda, te miraban por un ojo solo.
La calle de los bares, con aquel Pichi, creyéndote muy mayor, con las primeras cervezas y sus pepinillos con anchoas, y donde le dabas lo poquito que llevabas en los bolsillos a Toto Estirado, sin saber que después sus cuadros se revalorizarían tanto.
La calle Menacho donde hace unos años te encontrabas a todo Badajoz haciendo sus compras, pero que para ti sigue siendo la de antes de antes, cuando el nombre era sinónimo de cine, y de teatro, y te arreglabas para ir, como si fuera una fiesta. Y en el bar de enfrente te tomabas un montadito y coincidías con los actores o con los mismos de siempre.
Las casas en las que vivieron tus padres, el colegio con la entrada de parvulitos, la puerta grande frente a la que hay coches en doble fila y desde la que puedo ver, al fondo, la luz de aquel patio grande. En mi cabeza se despliega, como un mapa mágico de Harry Potter, la cuadrícula del suelo, el jardín de rosas, el ruido sobre el techo los días de lluvia y el brillo de los charcos en el cemento, llamando ven ven, la riña de la madre Carmen cuando me escapaba a saltarlos, la comba, y la capillita en forma de gruta donde íbamos en mayo, cantando con flores a Maria.
En la palabra casa cabe también la tramoya, a veces desordenada, detrás del escenario. Detrás de tu tiempo se cuela el relato del espacio que recorrieron otros. Lo que te contaron sin saber del todo si fue real o imaginario. Se mezcla el olvido que fuimos con el del que fueron. Y una no sabe ya si vivió ese frío azul, de una madrugada cogiendo la Estellesa, para ir de veraneo a La Antilla, si sentía curiosidad y a la vez miedo como si detrás de esa cortina de terciopelo rojo que aparece nítida en la memoria, pasara algo malo o habitaran vampiros, o sólo era un pub que se llamaba Red Jacket, y si en la esquina de lo que hoy es El Corte Inglés se veían, haciendo guardia, los soldados del cuartel que ocupaba toda la manzana… No podría jurar si lo vi con mis ojos o con los de mis tíos, con los de mi padre, y acabé así construyéndolos en mi cerebro como un Exin Castillo, pero todo encaja.
Así que cuando vuelves, después de un largo tiempo lejos, y paseas los primeros días, al banco, al ayuntamiento, a hacer recados… se te ponen los ojos achinados, como ponen los miopes, como si llevaras puestas las gafas de pasado. Ves desde fuera y miras desde dentro, reconociéndote en los pasos y a la vez, sin acabar de situarte del todo, sintiendo desapego de lugares ahora desangelados, irreconocibles, con el cartel de se vende desesperado de tanta espera. Los desayunos de veinticinco años cerrados a cal y canto desde hace mucho, tras la persiana metálica, quedaron huérfanas las conversaciones, el periódico temprano, el ponme otro café cuando aparecía un amigo.
En el edificio de los Juzgados ya apenas se escriben sentencias, en las plantas vacías, en las salas de audiencias desmanteladas se pasean los espíritus atormentados de los condenados injustamente y de las víctimas que no consiguieron ser oídas, de los abogados y los jueces y los fiscales que se quedaron en el camino porque el corazón ya no daba para tanto afán, y tanta preocupación y tanto sobresalto y tanto sueño perdido.
La fachada de lo que fue la librería Rayuela donde con doce años rompí la hucha para conseguir una edición de tercera mano de 'Jane Eyre', sigue casi intacta, ¿habrá guardado las voces de los autores, susurrándose desde los estantes, cuando cerraron, seguirán contándose los unos a los otros sus historias, resignados a que ya nadie acuda a buscarles?
Pues todo eso, lo pasado, lo escuchado, lo amado, lo añorado, lo perdido, lo encontrado, lo que nos hizo crecer, lo que nos vio crecer, lo olvidado, lo borrado con ganas también, para siempre, que es mentira porque sale, aunque sea un poquito, aunque mires a otro lado, cabe en la palabra casa, sin importar si es la mía, la de ustedes, la del de enfrente, pueblo, barrio, gran ciudad… , a la casa a la que sin darnos cuenta, sin querer a veces, volvemos siempre.
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