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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

Hijas del olvido

El proyecto más personal de Roberto Palomo es ‘Hijas del olvido’, una obra íntima y conmovedora que transita por el amor, el dolor y la ausencia

Hace cincuenta años que acababa de morir Francisco Franco y se procedía a iniciar sus funerales de Estado en el Valle de los Caídos, que se produjeron el 23 de noviembre de 1975. A él acudieron todas las autoridades políticas, religiosas y militares del régimen aunque la representación diplomática de altos dignatarios tuvo un bajo perfil, con un lugar de honor para el dictador chileno Augusto Pinochet. Dios los cría y ellos se juntan, que diría alguien por aquello de que dos individuos que han provocado tanta muerte, dolor y sufrimiento en su pueblo, en la mayoría de la población, se reuniesen en esas circunstancias. No es casual. Tampoco que ambos se fueran de rositas, es decir, sin ser juzgados por las atrocidades que cometieron. Resulta curioso que fuera un juez español (Baltasar Garzón) el que lo intentara, sin éxito, en el caso del dictador chileno. Quizá Pinochet no fue juzgado por la misma razón que en España no se ha juzgado a nadie que hubiera tenido responsabilidad en la dictadura franquista, al menos hasta ahora. Es el famoso modelo español de transición, en el que se sacrifica la justicia en aras de la estabilidad. Tal vez eso valió cuando nuestra democracia estaba al borde del precipicio y en cualquier momento se podía venir abajo una estructura montada sobre el aparataje de la dictadura, incluida, por supuesto, la monarquía.

Juan Carlos I, «el rey emérito», ese al que le gusta cazar elefantes en safaris, tener muchas amantes y llevar una vida disoluta y ostentosa con un dinero «regalado» por sus amigos de Arabia Saudí, se pone ahora digno y publica sus memorias (‘Reconciliación’) porque siente que le han robado la historia. Lo hace ahora, a los cincuenta años del fallecimiento de su mentor, Franco, y de su coronación como rey, para lavar una imagen que, por mucho que haga, seguirá siempre ennegrecida, aunque use el mejor detergente propagandístico. Este Borbón tiene el sello de la dictadura y, por ejemplo, jamás se ha dirigido a las muchas víctimas que originó la represión franquista. Sería como tirar piedras sobre su propio tejado, en su visión. Se dice que le molestó que el gobierno de Zapatero aprobara en 2007 la primera ley de memoria histórica, cuando a él le había puesto Franco. El aprecio y respeto mostrado por Juan Carlos I al dictador Francisco Franco queda más que patente en sus memorias, con elogios a su persona, y fue una constante durante todo su reinado. Él, que tanto se ha jactado de ser el posibilitador de que en España tengamos democracia, sabe que, en el fondo, no es verdad, que la democracia se consiguió gracias a la gente que luchó por ella en los sindicatos, los partidos políticos, los barrios, las fábricas… Nadie nos regaló nada a los españoles y mucho menos un monarca que solo ha mirado por sus propios intereses y los de su familia, bastante disfuncional, por cierto. La historia ya le está juzgando y no sale muy bien parado Juan Carlos de Borbón.

Frente a ese relato de poderosos, de una élite con pocos escrúpulos y codiciosa, merece mucho más la pena poner la vista en otras historias, que nos hablan de dignidad y coraje. Conozco al fotoperiodista y fotógrafo documental extremeño Roberto Palomo desde hace varios años y sé de su profesionalidad y talento. Su compromiso con los más vulnerables se ha fraguado en sus trabajos fotográficos por medio mundo, pero ahora se ha centrado en una historia familiar que da un salto en el tiempo de ochenta y nueve años. El proyecto más personal de Roberto Palomo es ‘Hijas del olvido’, una obra íntima y conmovedora que transita por el amor, el dolor y la ausencia. Se trata de la semblanza de su bisabuelo, que desapareció en el verano de 1936, en Feria. Nunca jamás se supo qué ocurrió con él, más allá de los rumores que circulaban por el pueblo y que decían que le pegaron un tiro y lo tiraron a un pozo. Este suceso se ubica en un contexto nacional, el de la guerra civil, y afectó de manera directa a las dos hijas del desaparecido, la abuela y la tía abuela de Roberto Palomo, en cómo vivieron este duelo, ese silencio, y en cómo les cambió la vida radicalmente. Ellas tenían en su cabeza que su padre fue asesinado, mas nunca se supo nada hasta que, en 2021, se exhumó el pozo de la finca Salamanco Chico, próxima a Feria. Allí encontraron los restos de una veintena de individuos. Un pequeño trozo de hueso certificó que el bisabuelo de Roberto, Silvestre Indias Carvajal, estaba entre esas veinte personas. El destino hizo que su tía abuela María no conociese nunca a su padre, ni vivo ni muerto, pues ella no había nacido cuando él desapareció en agosto de 1936 y un mes antes de la aparición de los restos de su padre ella murió. Por tanto, a pesar de tanto dolor, hubo un final feliz: se encontraron los restos del desaparecido y hoy descansan ese padre y sus dos hijas en el cementerio de Feria.

Además de una exposición que se pudo ver en el Hospital Centro Vivo, de Badajoz, Roberto Palomo ha elaborado, gracias al micromecenazgo, un documental y ha editado un maravilloso fotolibro, que incluye diferente documentación: de la guerra de Marruecos (Silvestre Indias estuvo allí), de los plenos del Ayuntamiento de Feria, pues su bisabuelo trabajó como alguacil, horas de conversación con su abuela Silvestra y su tía abuela María, fotografías históricas o imágenes tomadas por el propio Roberto. Ver estos materiales nos emociona a cualquiera al empatizar con estas señoras sencillas y humildes, auténticas hijas del olvido. Historias como la que ha rescatado Roberto Palomo de su familia son muy necesarias, en estos tiempos en los que, desde la ultraderecha, desde partidos como Vox, se blanquea la figura de un dictador, Franco, y de su ignominioso legado. Las víctimas de desapariciones forzosas tienen derecho a saber qué pasó con su familiar para que no vuelva a repetirse jamás. Y es que, ya lo sabemos, recuperar la historia, aunque duela, siempre merecerá la pena.

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