Opinión | La atalaya
Califas (VIII)
Siempre pueden atribuirse sus iniciativas más radicales a la influencia de sus consejeros
Del fuerte carácter que desarrolló el primero de los califas de Al-Ándalus nos hablan algunas de sus actuaciones, legadas por los autores árabes -descuéntese siempre una gota de exageración en sentido positivo o negativo-, generalmente posteriores. Siempre pueden atribuirse sus iniciativas más radicales a la influencia de sus consejeros. Monarcas hubo que alcanzaron una gran notoriedad debida más a las obras de unos buenos ministros que a sus propias cualidades. Léase Carlos III de Borbón. Que Abd al-Rahman III era implacable cuando la situación lo demandaba lo demuestra, entre otras, el modo en que se comportó durante la batalla de Simancas (939), en la que una coalición de príncipes del norte peninsular lo puso contra las cuerdas. No por debilidad o incapacidad, sino porque, ya ante el enemigo, hubo de enfrentarse a una sedición de grandes dimensiones en su propia guardia, el núcleo profesional del ejército cordobés.
Consiguió salir del apuro dejando el campo solo rodeado de un grupo de leales, para alcanzar Córdoba -calcúlese la distancia entre Simancas (Valladolid) y la capital del califato-, dejando al grueso de las tropas ejecutando una retirada más o menos ordenada. En ese momento, parte de su impedimenta -su armadura y el Corán con que realizaba sus rezos- cayó en manos del adversario. Se repartieron, por su valor simbólico las hojas del libro. Mientras, el Emir de los Creyentes llegó a su sede, perimetró la rebelión y esperó, impasible, el retorno del ejército.
Cuando las tropas llegaron procedió, como era de uso, a pasarles revista y las diezmó. Es decir, mandó que una parte proporcional de quienes lo habían traicionado fuera crucificada en la orilla del Guadalquivir, ante el Alcázar. Y, no contento con haber dispuesto una sentencia tan dura, bajó, a caballo, a contemplar la agonía de los oficiales sediciosos.
El cabecilla de ellos le escupió y a punto estuvo de acertarle en la cara al soberano omeya. Éste apartó la cabeza y dispuso que le cortaran la lengua al rebelde. No fue, que digamos, un rasgo de debilidad de carácter. Es bien cierto que las consecuencias del motín, de haber triunfado, hubieran sido enormes. Desde entonces no volvió a dirigir a sus tropas.
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