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Opinión | A la intemperie

Abogado

¿De quién depende la Fiscalía?

Donde se habla de por qué Sánchez no merece ser indultado…

De Sánchez, depende de Sánchez. No lo digo yo, que también, lo dijo él, el propio Sánchez. Y se aplaudió a sí mismo. Sánchez es de mucho aplaudirse a sí mismo. Y de que le aplaudan. Sánchez es el vértice de una cuadrilla de forofos que aplauden a rabiar. Quizá sea eso lo que más le aleja del buen gobierno, lo que le convierte en un cáncer que corroe cuanto toca. También la Fiscalía, pero no solo la Fiscalía…

Un tal García Ortiz ha sido condenado. García Ortiz es un delincuente. Lo nombró Sánchez, y lo que es peor, fue el mismo Sánchez quien le metió en el charco hasta hacerlo delinquir. A García Ortiz le asomaba la camiseta del PSOE bajo la toga y en un ejercicio furibundo de forofismo se entregó a la guerra sucia desde el cargo que ocupaba con todas las armas a su alcance. Un tipo corto de luces sin otro mérito para ocupar su alta magistratura que el servilismo; hasta tal punto que tan desatado servilismo le llevó a olvidarse del cumplimiento de los deberes de su cargo. Ha quedado demostrado que para García Ortiz no había otro deber que el del relato; olvidó que los fiscales no tienen que atender a relato alguno, simplemente a cumplir con su deber. Un relato, por cierto, que ni siquiera era el suyo, sino el de su amo. Y por eso ha sido condenado, benévolamente, pero condenado. A estas alturas, aún sin conocer la sentencia, lo que más me intriga no es la argumentación que le condena, sino la argumentación de los votos particulares que le exculpan. Eso sí que tiene su misterio…

Es evidente que la convivencia política entre españoles está enrarecida. Las muestras de forofismo en políticos y demás mancebos del poder ponen de manifiesto que vivimos horas turbias. Enturbiadas, fundamentalmente, por el mismo que nombró al Fiscal General del Estado ahora condenado. No me preocupa tanto la toga que ha ensuciado García Ortiz, al fin y al cabo, poco más que un chorlito que fue a poner el nido donde no alcanzaba su entendimiento. Me preocupa que quien le nombró lo utilizara tan mezquinamente para sus mezquinas batallas políticas, que quien lo nombró se enrocara en sus míseras pasiones y no lo destituyera, y que quien lo nombró siga alentando la vejación de los jueces por su solo interés. Porque García Ortiz se va, pero Sánchez, su mentor, se queda. Que nadie olvide que el delincuente condenado lo ha sido por un delito doloso cometido al dictado en una guerra de carácter político. Sucia, por supuesto. Una operación de cloaca que utilizó las instituciones del Estado con descaro y, hasta ahora, con impunidad. Es más, Sánchez, en su delirio, creyó poder doblegar también al Tribunal Supremo. Casi, pero, de momento -y quiera Dios que por mucho tiempo- el poder judicial no depende de él. No del todo. Como no depende de él toda la prensa. De momento. Sin embargo, el daño a las instituciones ya está hecho, digan lo que digan los papagayos y papanatas, que de las dos razas hay en sus muy sumisas mesnadas. García Ortiz era solo un peón, uno más, pero especialmente cualificado, una muestra lacerante de un modo enfermizo de entender el poder, de una gangrena gaseosa que compromete gravemente la salud democrática de España y que pide amputación. Sánchez le nombró, Sánchez le incitó, Sánchez le defendió... y aún es capaz de indultarle. Lo que está claro es que quien no merece indulto alguno es el tal Sánchez.

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