Opinión | Disidencias
Piedra
Generó uno de esos pequeños escándalos que a los medios locales y a las buenas gentes de Badajoz nos tienen entretenidos durante un tiempo prudencial
Cantaba Vicente Fernández aquello de “una piedra en el camino me enseñó que mi destino era rodar y rodar”. En la mitología griega, Sísifo es condenado a empujar una enorme piedra colina arriba para, estando a punto de llegar, rodar hacia abajo y repetir la faena una y otra vez para toda la eternidad. Lucrecio asociaba este castigo con el afán de los políticos por alcanzar el poder como algo vacío y Camus, directamente, lo relacionaba con el absurdo de la vida. Tengo la sensación de que durante toda mi vida me he encontrado con una piedra en el camino y, aunque no he tenido que cargar con ella, sí puedo establecer algunas asociaciones indicadas por el cantante mexicano, el poeta romano y el filósofo francés.
Sin embargo, no nos pongamos dramáticos. Solo quiero escribir de una piedra, sencilla, simple, nada del otro mundo, que sí, efectivamente, se ha cruzado en mí durante muchísimo tiempo, ha afectado a la política y me da que el absurdo no le es ajeno. En la calle Cristóbal Oudrid, nacido en Badajoz en febrero de 1825 y compositor, entre muchas obras, de 'El sitio de Zaragoza' o 'La salve Marinera' -un fragmento de la zarzuela 'El molinero de Subiza'-, descrita en el 'Callejero de Badajoz', de Justo Cabezas, como “muy estrecha, su anchura a veces no llega a los dos metros y tiene unos doscientos metros de longitud, sosteniendo 29 y 46 números. Parte de San Blas y termina en la avenida del Pilar. Hasta Doctor Lobato es peatonal; el acceso desde San Blas está impedido para los vehículos para una antigua piedra central”. Ya hemos encontrado la piedra en el camino. Una piedra de mármol sin origen ni valor claro. Cuentan que fue una de tantas que el Ayuntamiento recogió en el siglo XIX de los derribos de varios edificios del interior de la Alcazaba y reutilizó como postes para las primeras luminarias urbanas de gas. Al llegar el alumbrado eléctrico, volvieron a reaprovecharse, colocándose en algunas esquinas del centro para reforzarlas contra las ruedas de los carruajes (creo que aún hay algunas que pueden verse por el casco antiguo). Pilastras de origen visigodo o árabe reaprovechadas en edificios medievales, según han venido asegurando algunos expertos.
Pero, hete aquí que allá por el año 2003, a principios de septiembre por más señas, la piedra de Cristóbal Oudrid desapareció como por arte de magia en el transcurso de unos derrumbes y acometidas de agua a propósito de las obras de viviendas que actualmente allí se ubican. Dicha desaparición generó uno de esos pequeños escándalos que a los medios locales y a las buenas gentes de Badajoz nos tienen entretenidos durante un tiempo prudencial a falta de otra cuestión de interés que suele llegar con insólita rapidez y se va con la misma insustancialidad. Lo surrealista de la piedra es que nadie sabía quiénla había arrancado (y eso que hasta tres empresas estaban implicadas las obras), la volvieron a poner casi de inmediato peo del revés y con algunos rasguños más que evidentes (cuando la encontraron estaba entre los escombros), las autoridades municipales desconocían los hechos, pero pedirían responsabilidades y los especialistas en la cosa pusieron el grito en el cielo. De hecho, la escandalera llegó hasta el punto de que Aqualia prometió retirarla, restaurarla y devolverla a su sitio. Dicho y hecho. Bueno, no tan deprisa.
El primero de agosto de 2007 (¡¡sí, cuatro años después!!) se anunció la inminente reposición de la piedra. Una piedra que durante esos años había perdido valor histórico ya que, al parecer, no sabemos si los mismos u otros expertos, resolvieron que la piedra no tenía importancia artística, patrimonial ni histórica. En definitiva, la piedra de mármol de Borba, se dijo, solo poseia un valor sentimental y formaba parte de una de tantas leyendas urbanas que riegan el Badajoz eterno. ¿Piensan que todo terminó aquí? De ninguna manera. Las cosas no suelen correr tanto. Sería en abril de 2008 cuando la piedra del camino volvió a su sitio de la calle Cristóbal Oudrid. Al día de hoy, seguimos sin conocer su origen, su valor o su trascendencia social, pero es una piedra que ha visto, entre otras, la procesión del descendimiento, que ha tenido tan cerca la Peña Flamenca que incluso oía los cantes y las saetas, por ejemplo, las de Domingo el Madalena, que vivió los míticos carnavales y copas de La cuadray, sobre todo, El Arrabal, que ha comprado en los ultramarinos Delgado, de Paco el Cerillo, que cada 28 de mes ve pasar a los feligreses de San Judas Tadeo y que a diario me encuentro en mi camino. Esto último es lo que más me preocupa porque, si pienso en la canción, recuerdo que “también me dijo un arriero que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar” y si pienso en Sísifo me alineo con Camus y ya estamos de nuevo liados con eso del absurdo.
Como la historia de la piedra, como tantas historias que nos ocurren en la ciudad o en la vida, que no sirven más que para perder el tiempo, echar unas risas, generar un debate iluso o escribir un artículo en pretérito imperfecto.
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