Opinión | Cotidianidades
Bar Novo en Portugal
El último día que fui estaba lleno de españoles. Sé que eran españoles por el tono elevado de las conversaciones de los comensales, había desaparecido del comedor el murmullo casi musical que se escuchaba cuando solo lo frecuentaban clientes portugueses

Antonio, detrás de la barra del Bar Novo. / D. A.
Días de olor a chimenea de leña, a migas recién hechas, a amigos antiguos, los de toda la vida, esos que se entretienen con una baraja española desgastada, jugándose al tute o a la cuatrola el café de la tarde a 40 cartas ganadas. Días fríos de calditos calientes y platos de cuchara. Días de carne a la brasa, de olor a laurel, cilantro y romero. Días de arroz caldoso, sopa portuguesa y bacalao dorado. Un Portugal asociado a la comida caliente y abundante de restaurantes de pueblos pequeños. Pueblos lentos donde se detiene el tiempo, pueblos de hablar bajito, pueblos de melancolía placentera y calma diaria, también de poesía: Luis de Camoens, Francisco Rodríguez Lobo, Pesoa, «La flor da flor sin querer y sin querer uno piensa, lo que en ella es florecer, es en nosotros conciencia».
Ay, Portugal, por qué te quiero tanto cuando los días enfrían las calles y el rostro de los peatones; cuando las hojas de los árboles adornan las aceras formando un manto amarillo, como una alfombra gigante; cuando está a punto de comenzar diciembre y de empezar la Navidad, aunque en algunas tiendas ya se ve el brillo intermitente de las luces de la fantasía; cuando en la calle el termómetro marca una temperatura que crea la necesidad de aproximarte a la gente a la que quieres, mientras más cerca mejor.
Portugal de restaurantes familiares, de padres e hijos que te reciben con un apretón de manos y un abrazo, que te sientan a su mesa y te dan de comer con mimo por cuatro perras. Hosteleros que son amigos y que siempre están atentos a lo que solicitas y que te preguntan entre plato y plato si todo está a tu gusto. Lugares donde es mejor no elegir nada de la carta y dejarse llevar por lo que ellos te ofrezcan, porque siempre te van a dar lo mejor que tengan ese día en su cocina, como un regalo para el paladar y el bienestar del que consideran el hermano del país vecino, haciéndote sentir en lugar de cliente, amigo. Locales pequeños de pueblos pequeños y de gente grande. Un Portugal donde solamente hacen falta las zapatillas de estar en casa para estar como en casa. Ni el idioma ni la historia ni la distancia ni los precios son un impedimento para ir siempre que se pueda.
Sao Vicente es una freguesia de Elvas, un pueblo de unos 600 habitantes semejante a lo que aquí llamamos pedanía. Sao Vicente tiene un alcalde socialista, Joao. A Joao le conozco porque antes de ser alcalde fue camarero del Bar Novo, el día que fui al restaurante portugués estaba sentado como un cliente más con su mujer y su hijo, cuando me vio se levantó y me saludó tan atento como siempre.
Estoy escribiendo sobre el Bar Novo, sobre Antonio, el propietario, y Federico su hijo, al que he visto crecer y aprender el oficio entre plato y plato y los consejos de su padre. Creo que ya he escrito sobre este restaurante en otras ocasiones, no voy a buscarlo en internet para ver qué conté entonces, seguro que aquel día escribí cosas diferentes de las de hoy, porque aunque parezca que en Portugal el tiempo avanza a otro ritmo más pausado también cambia.
Estoy seguro de que he escrito antes del Novo. Después de tantos artículos es fácil repetirse. Decía Paco Umbral que el columnista siempre escribe el mismo artículo, el columnista escribe durante toda su vida las mismas cosas dichas de diferentes maneras, jugando con el lenguaje y las circunstancias de la actualidad. Yo últimamente siempre menciono algo que me sobrepasa, algo sobre lo que no entiendo cómo es: la macroeconomía, y aunque no quiero escribir sobre política y menos ahora que estamos en campaña electoral, en todos los artículos reflejo la indignación por la descompensación entre salarios y precios. Aunque no quiera hablar de política, como he escrito antes, la política está en todas partes, incluso en un texto costumbrista y de entretenimiento como este. La política forma parte de nuestra vida y condiciona nuestra forma de vivir. La macroeconomía, según los políticos, va bien pero veo que la gente no va tan bien.
Dejo estos comentarios que han vuelto a salir sin tener intención de hacerlo, hay cosas que se escriben solas sin que uno lo tenga planeado. Comentarios que no tienen lugar en el tranquilo pueblo de Sao Vicente y mucho menos en el Bar Novo del amigo Antonio y su hijo Federico. El Novo, es como mi segunda casa en Portugal. El último día que fui estaba lleno de españoles. Sé que eran españoles por el tono elevado de las conversaciones de los comensales, había desaparecido del comedor el murmullo casi musical que se escuchaba cuando solo lo frecuentaban clientes portugueses. El sábado la sala resonaba como si tuviera en cada una de las mesas un altavoz. Estaba toda la sala ocupada por pacenses, a pesar de que ese día en Badajoz había varios acontecimientos gastronómicos. En Ifeba se celebraba ‘La Espiga’, que es una feria para mostrar los productos agroalimentarios de calidad de la comunidad, hay catas, también talleres con cocineros muy conocidos, entre ellos el famoso Toño Pérez del restaurante Atrio de Cáceres. También había en el Hospital Centro Vivo, el gastrofestival ‘Sabor”’, con muchos de los mejores restaurantes de la ciudad, El Lugaris, el Dromo, Maná…
A pesar de la oferta gastronómica que ofrecía Badajoz, el sábado pasado el Bar Novo de Portugal tenía todas las mesas llenas y había gente esperando en la barra. Había tanto público que Antonio, el propietario, esta vez no se sentó con nosotros al final de la comida. En otras ocasiones venía con su andar renqueante llevando en la mano unas botellas de licor que ponía encima de la mesa para que cada uno se sirviera a su gusto. Antonio nos preguntaba por la actualidad de España, se interesaba por la política nacional y local, siempre sacaba la conversación de los toros, aunque entre nosotros no había ningún experto en ese tema y no podríamos responderle con precisión. Antonio había sido forcado. Los forcados portugueses son los que se colocan uno detrás de otro sin nada más que su fuerza y recibe la embestida del toro hasta inmovilizar al animal con habilidad, fuerza y mucha valentía. De una de estas embestidas le ha quedado a Antonio una visible cojera que se agudiza cuando sube la escalera de su restaurante. Antonio antes de dedicarse a la hostelería ha tenido una cuadrilla de calzadinha, esas piedras pequeñitas, como adoquines diminutos que colocan en el suelo. Nos ha contado que su cuadrilla colocó el empedrado que hay alrededor de la Catedral de Badajoz.
Este sábado nos sentamos en la puerta nosotros solos, notamos la ausencia de Antonio que seguía atendiendo a sus numerosos comensales. El restaurante Novo se ha españolizado, al menos ese día el Novo no tenía la calma portuguesa de otras veces. Volveré en más ocasiones, porque los amigos que se han forjado en el sosiego de tardes sin horas, llegando sin noción del paso del tiempo a botellas vacías y ceniceros llenos, siempre seguirán siendo amigos.
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