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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

¿Cómo paramos esta lacra?

Uno de los escollos para parar esta lacra es ver la corrupción como casos aislados, manzanas podridas, y no en su visión de conjunto, con perspectiva

Que la corrupción partidista es un problema estructural en nuestro país ya lo sabemos pero, siendo este un asunto muy serio que merece un análisis profundo para atajar esta desvergüenza, no podemos dejar atrás algo curioso, que roza lo chistoso. Y es cómo llaman a las mordidas que se llevan los cargos públicos en los últimos casos de corrupción: de las chistorras, las lechugas o los folios de la trama Koldo-Ábalos hemos pasado a los empastes, las muelas o la piñata. Esta era la terminología que utilizaba una recién descubierta trama corrupta que encabezaba el ya dimitido presidente de la Diputación de Almería y del PP en esta provincia andaluza, Javier Aureliano García Molina.

Esta semana hemos sabido que Santos Cerdán, pocos días después de que Pedro Sánchez recuperara la Secretaría General del PSOE, en 2017, comenzó su primer contrato de esa trama corrupta y cuando Sánchez ganó la moción de censura al PP de Rajoy, en 2018, con un discurso muy virulento contra la corrupción, José Luis Ábalos, que estaba ahí aplaudiendo en el Congreso, ya estaba haciendo trapicheos, según la UCO. Veremos cómo acaba este culebrón, con un Ábalos que empieza a tirar de la manta. Por otra parte, el tema de las mascarillas y la corrupción indica que, aunque en algunos casos hayan sido negocios legales, hay una miseria moral en el hecho de que haya gente próxima a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, como su pareja y su hermano, que aprovechara esa influencia para lucrarse en un momento de pandemia. Es algo que debería escandalizarnos y pienso que no ha habido suficiente reproche moral contra esas prácticas miserables.

Hemos normalizado la ausencia de Juan Carlos I en los actos por el 50 aniversario del inicio del proceso democratizador moderno en España porque no convenía por sus corruptelas, haciendo una especie de paripé con la imposición por parte de Felipe VI del Toisón de Oro a su madre, la reina consorte Sofía, agarrándose así simbólicamente a algo porque el referente está en el exilio por sus numerosos escándalos. Encima, Juan Carlos de Borbón tiene el descaro de afirmar en una entrevista televisiva en Francia que no se arrepiente de sus equivocaciones; vamos, que actuaría igual.

Sin embargo, si algo ha llamado la atención esta semana ha sido el fallo del Tribunal Supremo por el que se condena al fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, y que demuestra, entre otros aspectos, la falta de independencia del Poder Judicial, en varios sentidos. Por un lado, con ese ‘conchabeo’ del máximo representante del Ministerio Fiscal con el gobierno que lo nombró, un craso error; y, por otro, con un Consejo General del Poder Judicial que difícilmente mantiene un equilibrio entre vocales conservadores y progresistas y que, casi siempre, se escora a la derecha. ¿Cómo se puede salir de ahí, de esa contaminación partidista de la justicia? Resulta llamativo cómo se comunica el fallo sin conocer la sentencia, en un caso tan complejo como este, y justo el día que se cumplen 50 años de la muerte del dictador. Nada es casual. ¿Es este un mensaje? ¿Nos puede hacer pensar que el Poder Judicial tiene una pátina franquista que no acaba de eliminarse? Además, no podemos olvidar una curiosa paradoja: se comunica el fallo sin la sentencia, al parecer porque temen que se filtre, en un juicio que, recordemos, se le hace al fiscal general porque se supone que ha revelado secretos. ¿Qué clase de magistrados son esos, incapaces de guardar un secreto? ¿Qué autoridad moral tienen?

Pararse a reflexionar en algunos de estos casos nos recuerda cómo casi todo está corrompido, pierde su forma, su credibilidad, está medio podrido y lo aceptamos como si fuera normal. Y no, no lo es. Uno de los escollos para parar esta lacra es ver la corrupción como casos aislados, manzanas podridas, y no en su visión de conjunto, con perspectiva. Decía uno de los grandes expertos en corrupción, Alejandro Nieto García, catedrático de Derecho Administrativo, que «la corrupción acompaña al poder como la sombra al cuerpo». Aunque no está solo ahí, próxima al poder; también afecta a otras esferas, cuando, por ejemplo, intentamos saltarnos la cola y que nos vea antes nuestro amigo médico o tratando de evitar pagar el IVA en una factura de un trabajo doméstico. La gran pregunta sería esa: ¿quiere de verdad la clase política acabar con la corrupción o pretenden sacar partido de estas corruptelas, de esta corrupción moral, de este partidismo polarizado? Tal vez no, porque viven de estos problemas. Es algo desmoralizante, pues existe desde todas las partes aunque, en mi opinión, se suele ser mucho más crítico con la corrupción que afecta a los partidos de izquierda que a los de la derecha. Desde luego, la solución no pasa por aquello de: «dentro de lo malo, optamos por el mal menor» o «como los otros son peores…». En este fallo sistémico, disfuncional, cobran especial relevancia esos fontaneros de los partidos y esos individuos, como podría ocurrir con José Luis Ábalos y Santos Cerdán, que entienden que su trabajo no está suficientemente compensado por lo que meten la mano en la caja, por esos desvelos y ese sacrificio realizado. Por suerte, hay que acordarse también de la gente honesta y decente en la política, por ejemplo, de alcaldes y concejales de pequeños pueblos que se desviven por su localidad sin apenas recibir una remuneración a cambio. Y me quiero quedar con esto, para finalizar: con los buenos políticos que están dispuestos a decir no a realizar favores, a ocupar un lugar incómodo, a menudo ingrato, y a dedicar lo más valioso, su tiempo, a asumir responsabilidades y a gestionar lo común de manera honrada

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