Opinión | La atalaya
Califas (IX)
Nada se les negaba, sin la mínima conciencia de lo que hoy llamamos derechos humanos
Tengo una enorme curiosidad por saber algo más sobre la personalidad real de algunos personajes y, muy especialmente, de aquellos que resultaron determinantes en el fluir de la Historia. Y nadie me negará que los califas de Córdoba lo fueron y todo cuanto conocemos sobre ellos solo dibuja un perfil demasiado difuminado y fantasmagórico.
Algún cronista árabe dejó escrito que Abd al-Rahman III era caprichoso y cruel, cuando algo se oponía a sus deseos, incluso a los más mínimos. Describió la anécdota -tremenda- de la ocasión en que ordenó asesinar, en el momento y en su presencia, a una esclava de su harén que no quiso -hoy preguntaríamos los motivos- mantener relaciones sexuales con él. Se llamó a un sayón y la descabezaron. Al hacerlo cayó al suelo una perla, que la desdichada llevaba al cuello. El despechado déspota se la regaló al esbirro. Un detalle.
Es probable que no se tratara de una exageración y, si lo fue, que tuviese mucho de verdad. Da la medida de cómo eran y actuaban aquellos personajes. Tenían poder sobre todo. Se les permitía todo y, en el caso andalusí, sólo el juez supremo de la capital era capaz de reconvenirlos, de pararles los pies, al menos en ciertos aspectos y hasta unos determinados límites.
Nada se les negaba, sin la mínima conciencia de lo que hoy llamamos derechos humanos. Su arbitrariedad de comportamiento, fuera del ámbito religioso, era garantía de estabilidad y ésta era la base de la permanencia del sistema. Sólo si se tocaban las prerrogativas de los grandes clanes o si el ejército profesional – la guardia de los llamados “mudos”, porque eran esclavos de origen eslavo, no araboparlantes- dejaba de ser adecuadamente pagado y beneficiado.
Sabemos mucho de esos comportamientos gracias a la historia de los sultanes otomanos y por la conducta de sus jenízaros, la élite del ejército turco. Sultán hubo que perdió la cabeza -literalmente-, como la concubina cordobesa, por imprudente. Por hacer sentirse perjudicados a quienes eran los auténticos detentadores del poder. Porque, como se ha dicho, la sociedad árabe medieval estaba sostenida por mercaderes pero gobernada por guerreros. Eso fueron, en realidad, los grandes califas de la orilla del Guadalquivir.
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