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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

Casa Simona, la memoria viva del Bar Felipe

A veces, el olor a sofrito se mezcla con el sonido de su risa desde la cocina, esa risa franca que anuncia que el guiso va por buen camino

Simona, con su hija María Jesús y su yerno Paco.

Simona, con su hija María Jesús y su yerno Paco. / P. G.

En la aldea de La Rabaza, donde la provincia de Badajoz roza el Alentejo y los caminos se cruzan con la historia, hay un lugar que huele a hogar, a aceite limpio y a guiso recién hecho. Se llama Casa Simona, y más que un restaurante, es una institución de frontera. Allí el tiempo no corre: se estofa, como los platos que salen de su cocina.

El negocio nació hace más de medio siglo bajo otro nombre, el Bar Felipe, cuando Felipe —que en paz descanse— y su mujer Simona decidieron abrir una pequeña taberna para dar de comer a arrieros, labradores y guardias que pasaban de un lado al otro de la raya. De aquellos días quedan las paredes encaladas, el mostrador de madera y el retrato de los fundadores, siempre presidiendo el comedor. Era un local humilde, sin más ambición que servir con honradez un plato caliente y un vaso de vino. Pero la fidelidad de los clientes lo convirtió en punto de encuentro y en emblema del lugar.

Cuando Felipe faltó, Simona siguió. No cambió el rumbo ni el carácter: mantuvo la misma cocina, los mismos horarios y, sobre todo, la misma manera de tratar a la gente. Hoy, con la ayuda de su hija María Jesús y de su yerno Paco, el local ha tomado el nombre de Casa Simona, pero conserva intacto su espíritu. Ellos se encargan de la barra y del comedor, mientras Simona, con su delantal de flores, sigue mandando entre cazuelas. A veces, el olor a sofrito se mezcla con el sonido de su risa desde la cocina, esa risa franca que anuncia que el guiso va por buen camino.

El ritual no ha cambiado. Los clientes de toda la vida —entre ellos muchos que cruzan cada semana desde Portugal— entran sin llamar, saludan a María Jesús y, más de uno, como yo, se asoma a la cocina para darle a Simona dos besos cariñosos antes de sentarse. Ella responde con una sonrisa y alguna frase entre risas: “¡Anda, siéntate, que hoy hay caldereta buena!”. Es un gesto sencillo, pero resume el espíritu del lugar: aquí todo se cocina con afecto.

La carta es corta, pero cada plato tiene historia. Los huevos fritos de corral se sirven con patatas caseras de las vegas próximas, doradas en aceite de oliva como se ha hecho toda la vida. El pollo de campo en pepitoria conserva esa textura melosa que solo se logra con paciencia. Las puntas de solomillo y las carrilleras en salsa son guisos de pan y silencio; el bacalao frito con pimientos es un guiño al recetario portugués, y la caldereta de chivito resume el paisaje entero de la comarca.

Los postres también llevan firma de Simona: el arroz con leche, el flan de queso y la tradicional serradura, todos elaborados en casa, con la misma receta de siempre. Son el final perfecto de una comida que nunca se mide por prisas, sino por el ritmo de la conversación.

El ambiente es tan auténtico como la cocina. Los fines de semana, senderistas, moteros y vecinos de toda la comarca llenan el comedor. Se oyen los saludos, el tintinear de las copas y el murmullo de quienes regresan, año tras año, a su mesa de siempre. En invierno, los braseros de picón calientan las mesas cubiertas con faldas de camilla, y esa mezcla de calor y charla convierte la comida en reunión. En verano, las puertas abiertas dejan pasar la brisa del campo y el rumor de los caminos. Desde la terraza se adivinan los montes del Alentejo, y a veces, cuando el viento sopla del oeste, llega el olor de las jaras.

Fuera, La Rabaza conserva el encanto de las aldeas fronterizas: unas pocas casas, un paisaje de encinas y vegas, y esa calma que solo conocen los pueblos donde el reloj parece haberse rendido. Muchos visitantes llegan por casualidad, siguiendo la recomendación de un amigo o atraídos por la fama del lugar. Pero casi ninguno se marcha sin prometer volver.

Casa Simona es más que un restaurante: es un refugio emocional, un testimonio vivo de la hospitalidad rural. Aquí no hay reservas online ni platos decorados con pinzas. Hay miradas, memoria y fuego lento. Hay manos que amasan, cazuelas que suenan y una cocinera que todavía se asoma a la puerta para saludar a sus clientes de toda la vida. En tiempos de prisas y pantallas, lugares así se vuelven tesoros.

El comedor, con sus manteles de cuadros y su vajilla de loza, huele a cocina de abuela. A veces, algún cliente portugués se arranca con un “obrigado, Doña Simona”, y ella contesta sin pensarlo: “De nada, filho”. Es un diálogo sencillo, heredado de generaciones que aprendieron a convivir en los dos idiomas de la frontera. Esa mezcla de acentos y afectos es parte del sabor de la casa.

Cada visita es un regreso. Se entra con hambre y se sale con el alma llena. Y al despedirse, cuando Simona asoma desde la cocina con el delantal aún manchado de harina y salsa, uno entiende que en este rincón de la Raya la comida no es solo alimento: es forma de vida, herencia y abrazo.

Porque en Casa Simona no se come: se comparte. Y eso, en los tiempos que corren, es quizás el mejor guiso que se puede servir.

Queda una última imagen: la tarde cayendo sobre la dehesa y el humo leve escapando por la ventana, como una señal antigua que dice a los viajeros que aquí hay mesa y calor. María Jesús recoge con calma, Paco anota las comandas del día siguiente y Simona, apoyada en el quicio, agradece en voz baja. Nada sobra y nada falta: pan, fuego y compañía. Así se entiende Casa Simona, heredera del Bar Felipe y dueña de un tiempo propio, ese en el que cocinar es también cuidar, y sentarse a comer es volver a casa. Siempre igual y siempre nuevo, como un abrazo.

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