Opinión | La atalaya
Califas (X)
Las campañas hacia el Norte se emprendían por botín más que por ideología
A al-Hakam II se le ha endosado una personalidad más pacífica que la de su padre Abd al-Rahman III y yo me pregunto si este punto de vista está suficientemente justificado. Es completamente cierto que las circunstancias iniciales del reinado de cada uno de ellos fueron radicalmente distintas. La tranquila sucesión de aquel no tuvo nada que ver con la de su progenitor. No hubo de emplearse en una interminable campaña para someter oligarcas regionales díscolos. Todo estaba pacificado. Incluso los principados neogóticos del norte se mantenían relativamente tranquilos, más preocupados de sus rivalidades y sometidos a la hegemonía militar andalusí. Solo permanecía, amenazante y cercano, el peligro de los fatimíes, al otro lado del estrecho de Gibraltar. Eran, sin la menor duda, la gran inquietud del alcázar cordobés. Aunque, en principio, eran musulmanes, en su condición de chiíes ismaelíes casi encarnaban una religión diferente, basada en un libro común: El Corán. Suponían un reto de primera magnitud para la ortodoxia malikí de los omeyas occidentales, en sentido ideológico y por la no separación entre el poder civil y el religioso. Su técnica propagandística era muy efectiva y estaba consiguiendo unir a su causa a algunas de las más importantes tribus norteafricanas, restando una enorme área de influencia al califato europeo.
El, en teoría, pacífico al-Hakam hubo de intervenir a gran escala en el Magreb lejano. Desde que su padre tomó Ceuta, los señores de Al-Ándalus no se habían visto en la necesidad de hacerlo. La campaña la dirigió el general Galib -el militar con más alta graduación en la historia árabe de la península Ibérica- y se ganó no solo por la fuerza de las armas, sino regando el terreno con dinero y llenando el bolsillo de los dirigentes imaziguén -llamarlos beréberes es, ahora, muy políticamente incorrecto- El encargado del riego fue Muhammad b. Abi Amir, al que se conoce por al-Mansur o Almanzor – en versión castellana- (=el Victorioso). No fue el segundo califa un soberano tan pacífico. Las campañas hacia el Norte se emprendían por botín más que por ideología -en contra de la opinión difundida-. Hacían falta prisioneros para ser mano de obra. Y mujeres, claro.
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