Opinión | Disidencias
Adviento
Después de tantos años viviendo, estudiando y analizando las navidades y todos los brotes de felicidad real, impostada o psicótica que se producen en estos días he llegado a una conclusión definitiva y, aviso de antemano, incuestionable, irrebatible y sobre la que no acepto discusión alguna: me gusta la Navidad
Aparte del alcalde de Vigo, que empieza a colocar en las calles las luces navideñas allá por el verano; de Maduro, que declara la Navidad el uno de octubre; del Black Friday que, con sus ofertas, parece indicar que se inicia la carrera del consumismo desatado y que va creciendo de manera exponencial en los siguientes días y semanas; y de quien suscribe, que mantiene por toda la casa determinados adornos que no guardo en todo el año en sus respectivas cajas básicamente por pereza, Adviento es el periodo litúrgico de cuatro semanas que precede a la Navidad y que, en 2025, comenzó el pasado 30 de noviembre. Tras el preparados, listos, ya, empiezan los debates de cada año, los tontos con sus discursos que quieren amargarnos la existencia, los mediocres esparciendo su mediocridad, los aguafiestas a lo suyo, los cansinos con su cansina turra y, en fin, toda esa pléyade de changabailes obsesionados por arruinarnos la Navidad, por imponernos la basura de su versión sobre la misma, o por soltarnos su descreencia, vacío y ofensiva destructiva emocional de toda la vida.
Después de tantos años viviendo, estudiando y analizando las navidades y todos los brotes de felicidad real, impostada o psicótica que se producen en estos días he llegado a una conclusión definitiva y, aviso de antemano, incuestionable, irrebatible y sobre la que no acepto discusión alguna: me gusta la Navidad. Con todos los matices que haya que introducir mientras no vayan contra el sentido común. Me gusta el árbol, el pesebre, los adornos, las luces en la calles, en los balcones, en las tiendas y en casa, las coronas en las puertas, la flor de pascua, el acebo, los besos, si hay suerte, debajo de la planta, el espumillon, las bolitas o bolazos, los colorines o el blanco, los belenes de piezas napolitanas o directamente de la tienda de los chinos, de playmobil o lego o, incluso el caganer; me gustan Papá Noel, San Nicolas, Santa Claus, el Olentzero, el Tió de Nadal y todos sus sucedáneos, los regalos, el carbón, el celofán, los zapatos en el balcón y, por supuesto, los reyes magos, sean cuantos sean, del color que sean y quienes sean; me gustan las comidas y cenas de empresa y de amigos, la comida familiar de Nochebuena, aunque algunos lleguen perjudicados de todo el día de juerga, el marisco, los entremeses, el jodido consomé, el cochinillo, el besugo, los turrones, los polvorones (mejor de La Cubana, que los de Estepa se me añugan), el panetone, los roscos de anís y vino, el roscón de Reyes, el buen vino, el jamón, el lomo, la tabla de queso, la tarta de arándanos, el flan, el turrón de chocolate suchard, los ferreros, la fruta escarchada y, si es necesario, la recena, un desayuno de los buenos la mañana de Navidad y su posterior comida a reventar; me gustan los christmas, la tarjeta postal, el feliz Navidad, las felices fiestas, el ambiente que se genera, el buen rollo, la complicidad, el amigo invisible, los regalos que te gustan y los que no, la gente que vuelve y después se va, los mercados, los coros en las esquinas, los puestos de castañas, los besos de año en año, los abrazos aunque sean fingidos o no del todo, como deben ser; me gustan las películas navideñas, volver a verlas cada Navidad, como '¡Qué bello es vivir¡' y todas las demás, a pesar de las de la hora de la siesta en Antena 3, los cuentos, las historias, las recetas, los ambientes y el fuego del hogar.
Y me gusta todo eso y todo lo que no he incluido aquí, pero que tenemos por ahí, porque me recuerda a cuando era niño, a aquellos viejos tiempos de felicidad compartida, me recuerda a mí, a mi madre, a mi padre, a mi hermana, sentados a la mesa, viendo a Raphael en la tele con el tamborilero, cantando con la zambomba y la pandereta villancicos de letras indescifrables, sintiendo que celebrábamos algo especial, con un calor diferente, con una actitud sin igual. Si me apuran, también la misa del Gallo en la parroquia de San José de aquellos años perdidos.
Por eso, detesto a los agoreros de púlpito ajeno, a los políticos de todo a cien, a los ministros recauchutados, a los chupacabras que son demonios angelicales y sepulcros blanqueados, a los del famoseo y la farándula tuerta, a esos intelectuales de bolsillo, a los culturetas de pacotilla, a los ideólogos de la nada, a los charlatanes de feria que odian nuestras tradiciones y una cultura occidental que empezamos a alimentar casi con el biberón. Todos ellos majaderos de postín pretenden quitarnos la memoria de nuestros recuerdos y arruinar aunque sea una sonrisa, un buen rato, por unos días.
Pero aún les detesto más porque ellos no saben (bueno, lo saben y eso es lo que les mortifica) como sí sabemos todos que, al final de Adviento, la inmensa mayoría cree en la magia y en el milagro, no porque lo diga Rosalía o la peli esa de “Los domingos”, alcanzamos suavemente, casi rozando si quieren, aquello que reconforta el alma y nos reunimos en torno al pesebre donde, leyendo al profeta Isaías, “un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”. Jesús, se llamó. Nació en Belén, hace más de dos mil años, y aún sigue dando sentido a la vida, paz a los pueblos y refugio al que sufre. Tu mensaje, estimado pelmazo de siempre, es mercancía averiada, mientras que el suyo sigue dándonos esperanza.
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