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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Paradójica confirmación

En Badajoz, la aplicación del estatuto de limpieza de sangre fue solicitada por el cabildo catedralicio en 1511 durante el obispado de Alonso Manrique de Lara (1499-1516), pero no fue aprobado hasta 1570, aplicándose desde entonces hasta el siglo XIX

Que fue real e intensa la convivencia durante la Edad Media hispana entre cristianos, judíos y musulmanes lo confirma de forma paradójica la intensa política practicada, con gran aceptación popular, contra los conversos y sus descendientes. Una parte no desdeñable de los musulmanes y judíos hispanos se convirtieron al cristianismo, unos forzados, otros por conveniencia, otros por auténtica convicción, que de todo hubo y, al parecer, en todas las clases sociales. Pero ello no les garantizó la plena aceptación por parte de los autodenominados «cristianos viejos», familias a las que no les constaba (o querían que no constara) el tener ascendientes que no hubieran sido cristianos al menos desde los tiempos de la predicación apostólica.

Una manifestación flagrante de esta persecución, flagrante en cuanto es explícita y rotunda incluso en su denominación, es el fenómeno de los llamados estatutos de «limpieza de sangre». Por ellos, una corporación exigía que quien quisiera acceder a ella (municipal, catedralicia, orden religiosa, educativa, hubo varias y de variado tipo; incluso para embarcar a las Indias) tuviera que demostrar que su sangre estaba limpia, que no tenía mancha alguna de antecesores judíos ni musulmanes. Algo que hoy solo podemos tildar de racismo puro y duro, aunque en la época se consideraba que era de sentido común.

Para certificarlo, se abría un expediente, de limpieza de sangre se denominaba, cómo no, en el que se analizaba de forma exhaustiva toda la ascendencia del candidato en lo que concierne a sus creencias y ocupaciones, no fuera que practicara un indigno oficio propio de moros o judíos. Si el candidato se demostraba limpio, se le aceptaba; cualquier sombra de duda le terminaba expulsando. Estos estatutos se empezaron a implantar a mediados del siglo XV y duraron hasta el XIX. Es necesario apuntar que no todo el mundo, incluso entre los cristianos viejos, estaba de acuerdo con esta práctica; el papado en un principio se opuso y es modélica en este sentido la bula Humani generis de Nicolás V (1447-55) en la que promulgaba la igualdad de todos los cristianos por el bautismo, fueran cuales fueran sus orígenes familiares y religiosos.

En Badajoz, la aplicación de este estatuto fue solicitada por el cabildo catedralicio en 1511 durante el obispado de Alonso Manrique de Lara (1499-1516), pero no fue aprobado hasta 1570, aplicándose desde entonces hasta el siglo XIX. Son numerosos los expedientes de este tipo que conserva el archivo catedralicio. Hay que admitir que son una fuente excelente de noticias biográficas y sociológicas, aunque dé cierta grima el considerarlos. Pero también es verdad que del análisis de los coprolitos, excrementos fosilizados, se saca muchísima información de gran utilidad.

Lo triste es que el trasfondo mental que dio lugar a estos estatutos sigue vivo en algunos sectores de la sociedad. No hablo exactamente del racismo puro y duro, que también, sino de esa tendencia tan moderna de utilizar la expresión «no está en nuestro ADN» refiriéndose a lo que sea. Utilizar un elemento biológico, la sangre en el siglo XV, el ADN hoy en día, como explicación de características o adscripciones sociales y culturales, extrapolables a los individuos es el fundamento último, la base, del racismo más cerril. No negaré la importancia del ADN, pero es necesario recordar dos cosas. Es un componente común a todos, repito, todos, los seres vivos y únicamente de los seres vivos. No forma parte de los grupos sociales, organizaciones, entes políticos, corporaciones, que a fin de cuentas son entidades humanas, contingentes, construidas. Cuando se usa como metáfora o símil de realidades culturales, se está cayendo, aunque sea sin querer y sin saberlo, en actitudes preteridas que deberíamos saber que son perniciosas para el bien común.

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