Opinión | EL EMBARCADERO
Fachapobres
Vemos a Abascal como el señor aristocrático que se yergue altivo, por encima de los de a pie, recordando su estatus, su fuerza varonil y su poder sobre los demás
El señorito de los tiempos del caciquismo y de ‘Los santos inocentes’ ha regresado a los campos extremeños. Se ha encarnado en la figura de un machirulo ibérico que, con su poncho y a lo ‘Pasión de gavilanes’, cabalga a lomos de un caballo por el parque natural de Cornalvo, pastoreando rebaños de merina negra en la dehesa. El salvapatria, el guardián de las tradiciones y las «buenas costumbres», el que pretende limpiar España de inmigrantes empobrecidos como hace su mentor Donald Trump en Estados Unidos, Santiago Abascal, el líder del partido ultraderechista Vox, ha vuelto a usar su imagen a caballo, recordándonos las épocas de servidumbre, miseria y opresión que se vivieron aquí durante décadas. Vemos a Abascal como el señor aristocrático que se yergue altivo, por encima de los de a pie, recordando su estatus, su fuerza varonil y su poder sobre los demás. ¡Ay de quien ose cuestionar esos privilegios! La historia, tan sabia ella, ya nos recuerda lo que les pasó a los campesinos hambrientos que, en Extremadura, intentaron el 25 de marzo de 1936 revertir la brutal desigualdad ocupando pacíficamente fincas de terratenientes tras las promesas incumplidas de reforma agraria: represión, matanza, terror y emigración desde agosto de 1936.
Ese vídeo, que han lanzado a las redes sociales en mitad de la campaña electoral del 21D, tiene un claro objetivo: lograr viralidad, que se hable de Abascal, cuando poca gente conoce a su candidato a la Presidencia de la Junta (Óscar Fernández), y poner a Vox como el partido alfa de la derecha en España. Ya lo hizo en las elecciones andaluzas de 2018 con unas imágenes similares, que nos retrotraen a un pasado oscuro y casposo. Quizá le pueda funcionar ante un determinado público pero, sin duda, genera mucho rechazo social en una tierra como Extremadura, tan maltratada históricamente por caciques y señoritos latifundistas que mostraban su poderío despótico a caballo o cazando. Con todo esto, no acabo de entender que alguien de clase trabajadora y popular compre su ideario y acabe votando a Vox. Aunque sí, lo sé. Se traduce en el fenómeno ya conocido de los ‘fachapobres’, es decir, de gente con pocos recursos, funcional, obediente y manipulable, que no se ve como lo que, es sino como lo que sueña ser, que siempre se identifica con el señorito que nunca le invitará a su mesa. Es la viva representación de quien sueña con el sillón dorado del poder y las riquezas, aunque jamás lo dejarán entrar en el salón de palacio. Se siente más cercano al oligarca que le ignora, mientras da la espalda a quienes comparten sus mismas penurias pero apuestan por la conciencia de clase. Esto no es un chiste, sino más bien una tragedia social, el resultado grotesco de un sistema que no educa, sino que margina y que transforma la ignorancia en obediencia.
El ‘fachapobre’ resulta incómodo pero es necesario definirlo como lo que es: alguien de clase trabajadora o popular que defiende ideas de derecha o de extrema derecha aunque le perjudiquen directamente. Además, admira la autoridad y el orden, apoyando la represión incluso si es él quien recibe los golpes. La alienación derivada de un individualismo propio del sistema capitalista hace que se prefiera a ignorantes antes que a personas leídas y que se desprecie lo colectivo, así como los movimientos sociales y las protestas. Nadie les enseñó que gracias a esas luchas sociales se conquistaron derechos como la reducción de la jornada laboral, el salario mínimo, las pensiones, el divorcio, el aborto o el matrimonio igualitario. A pesar de que hay motivos para manifestarse, siendo pobre o de clase media (el acceso a la vivienda, un salario digno, la educación y la sanidad públicas…), no lo hacen. Cuando salen a la calle suele ser para, junto a la banderita, vociferar para que Pedro Sánchez se vaya o contra la «invasión migratoria», de aquellos que, según ellos, vienen a España a quitarnos el trabajo y a recibir ayudas. Saben en el fondo que todo es mentira pero siguen erre que erre. Pura y barata falacia. Manipulación y mentiras. En lugar de poner el foco en los ricos, en los multimillonarios y sus prácticas mafiosas y fraudulentas en muchos casos, lo hacen en sus iguales, en gente del barrio que trata de sobrevivir como puede. Vamos, un clásico: la guerra entre pobres. Es decir, en su propio delirio, actúan con mezquindad hacia quienes comparten su misma realidad y defienden a los ricos a rajatabla. Lo más patético es cómo repiten un discurso de odio, de clasismo, de racismo y de xenofobia hacia otros como ellos.
El secreto para frenar este populismo ultra tan nocivo, en plena ola global reaccionaria, no es fácil. Al parecer, está de moda ser facha, ser fascista, de ideología política reaccionaria, llamémoslo como queramos, aunque eso te perjudique. Sin embargo, la vía para contrarrestar esta tendencia podría hallarse en potenciar el estudio de la filosofía y la historia, entre otras disciplinas, y en practicar una pedagogía social que nos recuerde que siempre hay que alzar la voz y denunciar el discurso antiderechos y discriminatorio. No hay que dejarles pasar nada cuando algo atenta a las libertades y derechos, a nuestros valores como sociedad democrática. Si no se actúa de manera organizada, se acaban normalizando determinados mensajes que menoscaban nuestro sistema político democrático que, con sus defectos, es el mejor de los existentes hasta el momento.
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