Opinión | La atalaya
Califas (XI)
El príncipe era un niño y no podía asegurar el gobierno del andamiaje político de la monarquía omeya occidental
Poco puede decirse de la personalidad del tercero de los califas de Córdoba. De al-Hixam II, hijo de al-Hakam II y nieto de Abd al-Rahman III. Su carácter es una incógnita para los historiadores. No tanto por él mismo, sino por el papel de marioneta a que, según los historiadores, quedó reducido por obra de su madre, Subh (= Aurora), una señora movida por su ambición, con una actuación, al enviudar, acorde con la lógica del harén. Es cierto que su hijo había sido proclamado sucesor cuando el padre, ya mayor para la época, sufrió el ataque de apoplegía que unos dos años después lo llevó a la tumba.
Pero el príncipe era un niño y no podía asegurar el gobierno del andamiaje político de la monarquía omeya occidental. La solución al problema fue de libro. De manual de instrucciones, en la mayor parte de las monarquías islámicas del momento y, desde luego, de las mediterráneas orientales. Con la actuación de un personaje, emergente desde hacía tiempo, el famoso Almanzor, carente de la menor legitimidad jurídica, y el apoyo del ejército -el general Galib-, del estamento religioso e, incluso, de la marina de guerra -el almirante Rumahis- se eliminó al único candidato con posibilidades de alcanzar la tarima del poder: Al-Muguira,tío de al-Hixam, cuyo interés por ascender no parece haber existido. El control del sistema quedó en manos de los conspiradores, manejados con inteligencia y falta de escrúpulos por el ambicioso funcionario aludido. La operación fue un éxito. ¿Qué podía hacer el infeliz califa/niño sino someterse a los designios de su madre y de su “hayib” (= chambelán)? Carente del menor apoyo, mientras no se variase la estética del gobierno y siguiese apareciendo como titular de la autoridad.
Se evitó una guerra civil generalizada, no algún incidente militar, y todo quedó en manos del valido, quien inició una política militar agresiva, hacia el exterior, y conservadora, hacia el interior. Al-Ándalus había quedado libre del peligro fatimí, cuando este califato conquistó Egipto y trasladó su cabeza a El Cairo. El momento de mayor supremacía andalusí de toda la larga historia del islam ibérico. Una paradoja. Se pudo haber reconquistado el norte, si hubiese habido intención.
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