Opinión | Disidencias
Pesebre
"He decidido hacer el pesebre cuando las escuelas dicen que no se puede hacer porque de algún modo ofende a quien cree en otra cultura. Realmente no encuentro una razón y me pregunto: ¿Pero cómo hace un niño que nace en un establo para ofenderte?"
La presidenta italiana Giorgia Meloni, con tan solo tres breves intervenciones, tiene toda mi atención. Tanta como para afirmar, aunque con mayor rotundidad y convicción que Pérez Reverte, que sí lo hizo, que escuchándola dijo que le entraban unas “momentáneas” ganas de ser italiano. A mí las ganas de ser italiano me entraron la primera vez que escuché cantar a Gianni Bella su tema 'De amor ya no se muere', una canción de 1976 que bailábamos con delectación, en la discoteca juvenil de la última planta del Casino de Badajoz cuando se encontraba en la calle del Obispo. Las ganas continuaron con el primero de varios viajes a Italia para experimentar el famoso síndrome de Stendhal y las posteriores visitas que me permitieron hallazgos inolvidables como la costa amalfitana, los paisajes toscanos, las clases en Bolonia, la cúpula de San Pedro, la Capilla Sixtina, la Venecia y 'La Tempestad', la Capri de Clark Gable, el Positano de 'Solo tú' o 'Bajo el sol de la Toscana' y, por supuesto, la Rímini de Fellini, todo ello apuntalado con esa bella lengua italiana que seduce y embriaga, que abraza y enamora.
Meloni dijo meses atrás que "sigo creyendo en Occidente. No como un espacio geográfico, sino como civilización. Una civilización nacida de la fusión de la filosofía griega, el derecho romano y los valores cristianos". ¿A ver quién es el listo que rebate semejante aseveración? No hay teoría ni corpus intelectual ni discurso político ni tratado literario, filosófico, científico o, sencillamente, existencial, capaz de ir más allá, de sostener con más fuerza una civilización, por más que pasen mil años o un millón, que esté atravesada por la filosofía griega y todo su legado, por el derecho romano y toda su arquitectura social y por los valores cristianos que han fomentado a lo largo de los siglos lo mejor de la cultura, de la convivencia y de los derechos humanos. Pero, Meloni, no hace mucho, y hablando de la ciudadanía italiana, destacando que no es un regalo ni un derecho, sino una recompensa que ha celebrarse, como debería ser en España, como habría de ser en todas partes, indicó que, siendo así, solo está al alcance de aquellos que respeten “nuestras normas, nuestras leyes y nuestra identidad”. Y aquí aparece el remate final: “Si te sientes ofendido por el crucifijo o el pesebre, este no es el lugar donde deberías vivir…” O sea, la cultura de nuestra civilización, de Europa, de Occidente, la tradición, la historia, el devenir de los tiempos y lo que hemos venido recibiendo, mayoritariamente, de nuestros padres, abuelos y antepasados, nos ha formado como ciudadanos y como personas y, en esa formación han intervenido, y de qué manera, los valores cristianos, es decir, el pesebre y la cruz.
Por último, vuelve a la viralidad una intervención de Meloni de años atrás cuando señalaba que “hago estupendos árboles de Navidad, soy ‘cinturón negro’ de árboles de Navidad. Sin embargo, este año cambio todo. Este año de “arbolista” me vuelvo “pesebrista”. He decidido hacer el pesebre cuando ya no lo hace nadie. He decidido hacer el pesebre cuando las escuelas dicen que no se puede hacer porque de algún modo ofende a quien cree en otra cultura. Realmente no encuentro una razón y me pregunto: ¿Pero cómo hace un niño que nace en un establo para ofenderte? ¿Cómo hace para ofenderte una familia que escapa para defender a aquel niño? ¿Cómo puede ofenderte mi cultura? ¿Por qué, se crea en Dios o no, en estos símbolos están resumidos los valores que fundaron mi civilización? Yo creo en el respeto porque me lo ha enseñado este símbolo. Creo en la laicidad del Estado porque me lo ha enseñado este símbolo. Creo en la sacralidad de la vida porque me lo ha enseñado este niño que nace. Creo en la solidaridad porque me lo ha enseñado este símbolo. Lo que soy está en este símbolo y quiero que mi hija lo sepa. Quiero que Ginebra sepa que la Navidad no es solamente regalarnos aquellas cosas costosas y comernos todo lo que hay. Yo quiero que Ginebra sepa que en Navidad celebramos estos valores y creo que también ustedes deben explicarle a sus hijos. Hagan el pesebre este año, junto a mí, todos juntos, agarremos el pastorcito y hagamos la revolución del pesebre”.
Estoy convencido de que millones de personas creen en esto, en el pesebre, en lo que significa ese símbolo, en todo lo que se ha construido a lo largo de los siglos sobre ese pesebre. San Francisco de Asís, allá por los inicios del siglo XIII, fue quien popularizó la representación del nacimiento de Jesús en Belén, el que primero levantó un pesebre para representar visualmente el misterio del nacimiento de un niño que se llamaría Jesús. El pesebre fue una revolución antes y después de Cristo, en los estertores del Imperio romano, en las comunidades de los primeros cristianos, entre las luces y las sombras de la Edad media, en los barcos, carretas, mulas, burros y caballos que recorrieron el mundo de uno a otro confín, aquellos mundos conocidos o por conocer, entre los que cruzaban el Atlántico, viajaban en el Mayflower o llegaban a la luna, en la Ilustración o en medio de la Europa convulsa o la América que nacía. Los grandes hombres y mujeres que han dado los siglos a través de la ciencia o el arte, el pensamiento o la exploración, siempre dibujaron su camino teniendo en cuenta el misterio y la revolución de aquel pesebre que hoy, más que nunca, continúa sosteniendo lo mejor de una civilización que es capaz de consagrar como un bien supremo la libertad, la igualdad, la justicia y la fraternidad. Puedes creer en árboles, luces, regalos, mercados, parabienes, dulces y otras maravillas, pero no podemos olvidar las palabras del médico y evangelista Lucas cuando escribe: “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”. La revolución del pesebre transforma a las personas y convierte la incertidumbre en esperanza.
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