Opinión | La escotilla
Contaminación lumínica
El cielo nocturno es a la vez una cura diaria de humildad y una afirmación de nuestro ser y nuestra vitalidad
Uno de los problemas de las ciudades, de todo el planeta, realmente, es la contaminación lumínica, ese exceso de iluminación que impide ver la bóveda celeste durante la noche. Es algo que se ha ido agravando con los años. Incluso las medidas de ahorro energético implementadas en casi todo el mundo sustituyendo bombillas por leds han contribuído al problema, pues ha permitido emitir más luz con menos gasto. Recuerdo que en 1996 se pudo ver con toda claridad al cometa Hyakutake desde la plaza de San Andrés y desde el patio de mi casa no era difícil, en noches claras, ver tanto la Osa Mayor como la Menor. Ya no, si acaso desde dentro de la ciudad sólo puede verse la luna, algún planeta luminoso y, acaso, estrellas de primera magnitud. Ahora, para ver constelaciones y la Vía Láctea hay que alejarse muchos kilómetros de la ciudad, cuando antes bastaba con salir del estricto recinto urbano.
Y muchos se preguntarán cuál es el problema, salvo para los aficionados a la astronomía que no somos tantos. Entiendo que lo es y grave para todos. Principalmente porque hemos perdido, o estamos perdiendo, uno de los grandes referentes de la Humanidad en la comprensión de su lugar en el universo. Cuando se ve la bóveda celeste se es consciente de nuestra pequeñez, casi soledad en una inmensidad que nos supera, pese a lo cual también se es consciente de nuestra existencia. El cielo nocturno es a la vez una cura diaria de humildad y una afirmación de nuestro ser y nuestra vitalidad. Eso lo hemos perdido, casi por completo. Igualmente, hay elementos de nuestra cultura heredada que serían incomprensibles sin el firmamento; por ejemplo, los signos del Zodiaco, tan del gusto de neopaganos y cultivadores de alguna corriente New Age, no son más que constelaciones que mucha gente ya ni ha visto ni ha podido ver. Tengo entendido también, pero de esto sé nada o menos, que hay estudios que indican que la contaminación lumínica afecta a nuestra salud física y mental, aparte de afectar negativamente a la fauna y la flora con la que compartimos planeta. Es, se mire como se mire, un problema.
La iluminación urbana ha tenido el efecto perverso de minimizar nuestro mundo, limitándolo al mero entorno visible y muy cercano.Lo que nos rodea nos es asequible y asumible, podemos con ello. Esto a su vez propicia que aumente nuestra arrogancia como especie y como individuos, como si tuviéramos poca.
Escribo esto en un momento en que las luces navideñas, en esta carrera entre ciudades para ver quién pone más y mejores, maximizan la contaminación. Esto en sí no es un problema, esta iluminación es temporal y desaparecerá. La luz es, por razones obvias, símbolo de vida; pero para serlo requiere el contrapunto de la oscuridad nocturna. En Badajoz, además, la iluminación navideña ha adquirido un elemento de misterio anticipatorio del que nadie más gozará: para el futuro no nos interesará saber cuántas luces y cuáles pondrá el Consistorio, sino qué desastres ocurrirán al colocarla. El año pasado fueron las farolas, este, el derrumbe y el alivio porque no hubiera habido daños personales, ¿qué ocurrirá el año que viene?. Expectante me hallo.
Con todo esto no defiendo que desaparezca la iluminación urbana, solo pido que se racionalice y tengamos la justa y necesaria, que recuperemos el derecho a la noche y a ver la parte visible del universo. Debería ser un objetivo colectivo prioritario. Por mi parte, además, quisiera que mis nietos puedan llegar a ver la Osa Mayor y Orión.
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