Opinión | Jueves sociales
Pilar Galán
El voto de los jóvenes
Dice muy poco de quienes patean en el hemiciclo esa actitud bárbara y chulesca del y tú más con que se contesta o se toma la palabra
No sé si nos hacemos los ingenuos o realmente somos tan ignorantes como para vivir ajenos al mundo que nosotros mismos hemos creado. ¿De verdad creemos que los jóvenes no tienen interés en la política? A lo mejor nos interesa creerlo para no levantar la cabeza y dejar de mirarnos el ombligo, en esa postura que nos permite no ver y, sobre todo, no sentirnos culpables.
Pero a los jóvenes sí les interesa la política, lo que no les interesa son los políticos. Por eso pierden la noción del tiempo tecleando en las redes en busca de cualquier insustancial que no promete nada más que fiesta continua o se hace dueño del discurso del odio. Es lo que escuchan desde pequeños: todos son iguales, el poder corrompe, la derecha es mala, pero la izquierda es peor o al contrario, y el centro no existe, por eso lo mejor es alejarse hacia los extremos, ser ultra, estirar la goma hasta que esta se rompa y nos haga daño. Si abren un periódico, los titulares escupen bilis sobre uno u otro, si ven los informativos, las cámaras les muestran el rostro de la desfachatez y la corrupción en todos los bandos.
Las redes están llenas de salidas de tono, bromas burdas y golpes de efecto de quienes deberían no solo respetar a los oponentes, sino también la lengua que hablan. Dice muy poco de quienes patean en el hemiciclo esa actitud bárbara y chulesca del y tú más con que se contesta o se toma la palabra. Me acuerdo de esas imágenes tan jaleadas en los foros cada vez que alguien dice de forma arrogante que los jóvenes no saben discutir o hablar en público. Les hemos enseñado lo peor de la democracia: un rey que no ha estado a la altura, muchos políticos que han utilizado su cargo en su propio beneficio y una forma de tomar la palabra no para hacer buen uso de ella sino como objeto arrojadizo.
Por eso es hipócrita que la sociedad se lleve las manos a la cabeza o se pregunte qué estamos haciendo mal para que los jóvenes se hayan radicalizado o directamente no quieran saber nada de política. Entre voces, descalificaciones mutuas, casos de corrupción y mítines pensados para brillar en las redes sociales más que para presentar promesas sólidas, qué difícil convencer de que no todos son iguales, de que ejercer el derecho al voto es una conquista y una obligación, y que una cosa es aplaudir a un fantoche o a un provocador en TikTok y otra, sufrir sus consecuencias durante cuatro años en la vida real, esa donde hay que pagar el alquiler, encontrar un trabajo, acabar los estudios, convertirse en adulto y decidir por sí mismo, justo lo que tratan de evitar los que les dicen que votar no sirve de nada o que hay que elegir al mejor de los peores, esa idiotez, esa falacia.
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